Pruébame y Sedúceme Capítulo 17
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Capítulo 17

D iez minutos después, salgo de la habitación. No entiendo por qué demonios sonrío tanto. Es ridículo y vergonzoso, pero aun así no me detengo. Tomo el ascensor y observo los números subir con lentitud.

Diez, quince… y finalmente, diecisiete.

Las puertas se abren e inclino la cabeza cuando solo me topo con un pasillo iluminado.

—¿Lorenzo?

No obtengo respuesta, avanzo hasta encontrar una puerta abierta y en ese momento, una suave brisa acaricia mi rostro. Parpadeo varias veces, inmóvil. Este no es otro piso, no. Es la azotea. O al menos una parte privada de ella.

Mis ojos se abren con asombro.

—Dios mío.

Las luces de la ciudad se extienden hasta donde alcanza la vista. El cielo parece poder tocarse con las manos desde esta altura, y la ligera música instrumental llena el ambiente. Pero eso no es lo que más me sorprende.

Sino las velas, decenas de ellas. Todas y cada una rodeando la mesa y una hilera de luces colgantes ilumina la pérgola de cristal que cubre parte del lugar.

Parece salido de la película.

—Qué…

—¿Te gusta?

Mi corazón da un salto. Volteo y miro a Lorenzo. Lleva una camisa blanca, y eleva las comisuras de tal manera que me hace volver a apretar las piernas.

—Lorenzo… ¿Qué es todo esto?

Él sonríe un poco más.

—Una cita.

—¿Una cita? —muerdo mis labios, sin poder evitarlo—. ¿Con velas, flores y toda esta… locura?

—Quería impresionarte —admite—. ¿Lo hice?

Dirijo mi atención hacia él, luego a las flores, las velas y la ciudad entera bajo nuestros pies.

¿Impresionarme?

Lo siguiente.

—Creo que mi corazón acaba de sufrir un infarto.

Lorenzo suelta una carcajada.

—Eso quiere decir que hice un buen trabajo.

No sé qué decir o hacer. Es la primera vez que me ocurre algo como esto. La primera vez en treinta años que me sorprenden de tal manera. ¿Qué debo hacer? ¿Cómo debo reaccionar?

—¿Tú hiciste todo esto? ¿Por qué?

Noto como sus ojos parecen brillar.

—-Tenía la idea rondando en mi cabeza desde la noche anterior, y pensé que sería algo especial para ambos.

—Se acerca despacio—. También porque tú te mereces una cita de verdad, Giovanna.

—Su mano encuentra la mía. Poco a poco, se acerca e inclina hacia mí—.

No quiero que nuestra relación empiece entre dudas, celos y malentendidos, quiero hacerlo bien. Por ti.

Hacerlo bien, por ti.

Lorenzo entrelaza sus dedos con los míos y me conduce hasta la mesa.

—Vamos, no quiero que se enfríe.

—¿Hay más?

—¿Creías que iba a invitarte a una cita y alimentarte solo con flores?

Suelto una risa. Él aparta la silla para mí y espera hasta que me siente en esta para moverse. Un gesto tan anticuado y a la vez olvidado, que me fue imposible no sonreír de vuelta.

—No tenía idea de que eras de los que hacen esto.

—¿Ser caballeroso?

Siento mis mejillas arder.

—Sí —digo.

Termino de hablar y un hombre vestido con el uniforme del hotel aparece con una bandeja, comenzando a dejar platos en la mesa. Veo los platos unos cuantos segundos, y pregunto sin poder evitarlo:

—No me digas que también cocinaste esto.

No es una idea descabellada. No me parece imposible que este hombre haya cocinado aquellas comidas para impresionarme. Lorenzo me dedica una expresión inocente que no creo en lo absoluto.

—Digamos que tuve algo de ayuda.

—¿Eso significa que sí?

El silencio del acusado abunda en el sitio. Bajo los hombros en sospecha.

—Eso significa que no responderé esa pregunta —responde, ladeando su sonrisa—. Come primero, ya después podrás regañarme cuanto te plazca.

Las elaboraciones son sencillas y deliciosas. Una pasta fresca con salsa cremosa de limón y camarones. Durante un rato largo solo hablamos de trivialidades. Me doy cuenta de que los minutos junto a Lorenzo, aquellos en los que no hablamos más allá de ambos, pasan rápido.

Por otro lado, él no deja de sorprenderme, y al parecer él piensa lo mismo de mí.

Ambos odiamos las películas de terror, y me río varias veces cuando es incapaz de recordar algunas letras de canciones.

Como si aquello no fuera suficiente, Lorenzo se define a sí mismo como alguien «pésimo con la tecnología» .

Deseo que las horas se paralicen y que nada pueda arruinar este momento.

Inevitablemente, la conversación regresa a la competencia.

—Por cierto, debo agradecerte —afirmo mientras corto un trozo de pan. Él arruga la frente, por lo que continúo—. Tus consejos me sirvieron muchísimo. En el momento, solo pensé que estabas bromeando con nosotros. Ahora entiendo que quisiste ayudarnos.

El rubio niega de inmediato.

—No tienes que agradecerme nada, no hice nada especial.

—Claro que sí, nos ayudaste.

Asiente sin más, derrotado ante mi insistencia. Luego toma el último bocado de pasta con el tenedor y se lo lleva a la boca. Ahí, cuando abro los ojos al recordar, llevo una mano a mi cara y trato de cubrirme al sonrojarme.

—¿Giovanna, sucede algo?

Niego repetidas veces.

Bueno, estoy mintiendo. Sucede de todo.

¿Pero cómo puedo decirlo sin sonar extraña?

—Lorenzo, es de noche.

—Sí… ¿y qué con eso? —vocifera, dejando al lado el cubierto y frente a él, un plato vacío.

—Comiste. —Mis ojos viajan hasta su plato, y su mirada sigue la mía—. No diste mordiscos. Comiste por completo.

—¿Hmm?

Señalo su plato y luego suelta una carcajada.

—Tienes razón, vaya que tienes razón.

Sin embargo, sus ojos verdes no están iluminados con la misma alegría de siempre. Como si el simple hecho de ver aquel plato hubiera traído consigo un fuerte recuerdo.

¿Por qué Lorenzo no come de noche?

Aunque me ha dicho que aquello se debe a una costumbre de su infancia, puedo sospechar que algo me está escondiendo.

—¿Por qué no comes de noche? —cuestiono, sin pensarlo demasiado—. Sólo… si quieres decirlo. No quiero presionarte.

—No me presionas.

Sus dedos juegan con la copa de vino durante varios segundos.

—Mi padre se marchó sin más cuando yo tenía doce años.

Esa mañana decidió que no quería aquella vida, o a nosotros.

Mi madre, mis hermanos y yo nos quedamos solos.

—Su voz es tranquila, como la de alguien que está relatando algo que ha repetido cientos de veces para convencerse a sí mismo de que no duele—.

Yo era el mayor y tenía dos hermanos pequeños y una madre que se había derrumbado por completo.

Así que me tocó ser el hombre de la casa antes de tiempo.

Mi pecho se aprieta.

—No es tan terrible como suena. Estábamos bien económicamente, y mis abuelos paternos nunca dejaron que pasáramos hambre.

De todas formas, me concentré en estudiar y ayudar en casa en lo posible.

No quería depender de ellos, solo me recordaban a mi padre.

—Sus ojos se pierden por momentos en las luces de la ciudad—.

Algunas noches mentía con que había cenado para que mi madre y mis hermanos comieran con tranquilidad.

Me aseguraba de que estuvieran bien. Con el tiempo, solo me acostumbré.

—Pero eras un niño, no es justo.

Sonríe.

A pesar de todo, siempre sonríe.

—Sobrevivimos al abandono de mi padre, y eso es lo importante.

Mi madre salió adelante, mis hermanos. Todos.

Sin su ayuda. —Baja la mirada hacia el plato vacío—.

Pero la costumbre quedó conmigo. A veces paso todo el día sin comer y ni siquiera me doy cuenta.

Mi cuerpo aprendió a ignorar el hambre —suelta una carcajada amarga—.

Es irónico, ¿no? Soy crítico gastronómico.

Paso saliva y no dudo en buscar su mano libre apoyada en la mesa. Él me corresponde y la lleva hasta su boca para darle un casto beso.

—Aunque, algo raro me sucede últimamente… —sigue relatando, pensativo—. Mi apetito está volviendo. —Ese brillo, ya volvió—. No sé qué me has hecho, Giovanna, pero ahora me acuerdo de desayunar, almorzar y cenar. Desde que apareciste, tengo ganas de todo.

Su pulgar acaricia mis dedos, y contengo las ganas de llorar.

Llorar por todo. Por el Lorenzo de hace años, y el de ahora.

—No es justo —murmuro.

—¿Qué cosa?

—Que digas este tipo de cosas hermosas —reconozco y muerdo mis labios—. No sé cómo reaccionar. Jamás me había sentido así.

Giovanna Greco. No, Giovanna jamás, pero jamás, había albergado este sentimiento en el pecho.

—Entonces reaccionaré por los dos.

Bufo.

—¿Y cómo harás eso?

—Sencillo. —Se levanta de la silla y estira una mano hacia mí—. Bailando.

Lo detallo como si hubiera perdido la cabeza.

—Lorenzo, no sabes bailar. Será un desastre.

—Por mí, perfecto. —Me levanto de la silla y acerca su cuerpo hasta que puedo sentirlo cerca—. Algunos dicen que los mejores recuerdos nacen de los desastres.

De pronto, no es el grandioso profesional de la gastronomía el que permanece frente a mí; es el niño que había pasado hambre para ver bien a su familia.

El mismo que había aprendido a vivir olvidándose de sí mismo.

Y el mismo que ahora, con aquella sonrisa cálida y sus ojos verdes, me está ofreciendo su mano.

No la pienso soltar por nada del mundo.