Pruébame y Sedúceme Capítulo 15
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Capítulo 15

E l primer indicio de que estaba despierta fue un leve dolor en la parte baja del cuerpo. Gruño entre dientes y me remuevo entre las sábanas, hundiendo el rostro en la almohada.

Me duele el coño.

Mis ojos se abren de golpe ante el recuerdo de la noche anterior. El calor no tarda en subir desde mi cuello hasta las orejas. Lorenzo Moretti es un jodido salvaje en la cama, y yo no me había quedado atrás. Cierro los ojos y al volver a abrirlos giro la cabeza hacia el lado derecho de la cama.

Parpadeo al verlo vacío.

Me incorporo de inmediato, ignorando el leve malestar que protesta en cada músculo de mi cuerpo. Miro alrededor de la habitación. No hay rastro de él, ni su abrigo, sus zapatos o absolutamente nada que indicara que había pasado ahí la noche.

Una sensación desagradable se instala en mi pecho.

Aunque, siendo sincera, no tengo derecho a sentirme así.

¿Qué era lo que esperaba, exactamente? No somos pareja, mucho menos hablamos de sentimientos. No prometimos nada, solo habíamos tenido sexo.

Sexo, y nada más.

Aprieto los labios. Dejo escapar una bocanada de aire y me paso una mano por el rostro. Conseguí precisamente lo que menos necesitaba antes de una competencia internacional.

Una jodida crisis existencial.

Lanzo un rápido vistazo al reloj en la pared. Aún es temprano, por lo que tengo tiempo para prepararme. El sonido de la cerradura de la puerta me hace fruncir el ceño, por momentos rezo para que no se trate de Steph, y segundos después cuando esta se abre, el alma vuelve a mi cuerpo.

O eso creo, porque ante mí está Lorenzo con varias bolsas en sus manos. Me quedo petrificada, sin saber muy bien qué hacer, cuando él me sonríe con naturalidad, como si no acabara de provocarme cinco minutos de sufrimiento innecesario.

—Buenos días.

Siento unas ganas enormes de arrojarle la almohada, preguntarle por qué se había ido sin decir nada. O por qué parece haberse cambiado de ropa.

Lorenzo cierra la puerta con el pestillo y camina hasta la cama.

—Fui a comprar comida para el desayuno.

Parpadeo.

¿Desayuno? ¿Este hombre se ha levantado a comprar el desayuno?

Deja las bolsas sobre la silla cercana antes de acercarse y depositar un suave beso en mis labios. Un gesto tan sencillo que, de alguna manera, consiguió desarmarme más que cualquier otra cosa.

—También compré medicamentos.

Arrugo el entrecejo.

—¿Medicamentos? ¿Para qué?

Lorenzo me observa.

—Para el dolor.

Mi cerebro tarda varios segundos en conectar las piezas. Cuando finalmente entiendo, aprieto las sábanas sobre mi cuerpo aún desnudo.

—Ayer vi que estabas algo hinchada y sensible ahí, entonces…

—¡Entiendo! Está bien —contesto, con el rostro sumido en calor—. No digas esas cosas… tan tranquilo.

Intento protestar incluso más, pero me mantengo callada. Aunque no por mucho, porque el sonido traicionero de mi estómago resuena en toda la habitación.

Cierro los ojos.

No, por favor, no.

El rubio me observa y luego eleva sus comisuras, toma una de las bolsas y me la acerca. El aroma del pan recién horneado escapa al abrirla.

—Vamos, come antes de que empieces a morderme a mí.

Luego, me entrega una botella de zumo de naranja junto a un par de pastillas. Tomo las pastillas y me concentro en la comida. Durante varios minutos solo hay silencio, porque mientras yo desayuno, él no hace nada más que observarme.

Levanto la vista después del tercer bocado.

—¿Qué?

—Nada, solo me gusta verte comer.

Pongo los ojos en blanco. Tengo ganas de decirle que lo que ha dicho sonó raro, pero termino sonriendo. Le dedico una mirada indiscreta, frunciendo el ceño nuevamente al notar su ropa.

Estoy segura que no es la misma de la noche anterior.

—Espera.

Lorenzo arquea una ceja.

—¿Qué sucede? ¿Te duele algo?

Niego varias veces, por lo que él asiente calmado.

—¿Por qué llevas otra ropa?

—¿Eso? Debo irme pronto.

—¿Irte?

Repite la afirmación con la cabeza.

—Los jurados tenemos que llegar antes que todos los demás, cosas de control, nada más.

Ah, claro.

La competencia.

Por un momento olvidé que el mundo sigue existiendo fuera de esta habitación. Vuelvo la mirada al hombre frente a mí. Luego de una noche desenfrenada de sexo, está totalmente como nuevo.

Quizá requiero un poco de su resistencia.

—Debió ser complicado volver hasta tu hotel, cambiarte y regresar tan temprano.

Todo por mí, aunque esto no lo digo en voz alta.

—No realmente.

—¿No?

Lorenzo niega varias veces, hasta llevar uno de sus dedos a la comisura de mis labios, limpiando una migaja de pan.

—Mi habitación está justo al lado.

—¿Al lado?

—Sí

—¿Literalmente al lado?

Lorenzo sonríe.

—La puerta del frente.

El trozo de pan en mi mano pierde toda importancia. Ahora mismo solo quiero hacer preguntas.

—¿Siempre estuviste ahí? ¿Desde el primer día?

—Sí.

Muerdo mi labio. Demasiadas piezas comienzan a encajar en mi cabeza. Pero antes de poder evitarlo, una cuestión sale de mi boca:

—¿Tú acaso… organizaste todo esto? —Su entrecejo se estruja—. ¿Planeaste acostarte conmigo?

La sonrisa divertida desaparece poco a poco de su rostro.

—No —contesta con rapidez—. A lo mucho intenté pasar más tiempo cerca de ti.

—¿Y lo demás?

—Lo demás ocurrió solo. —Su mirada sostiene la mía—. Nada de lo que pasó anoche estaba planeado, Giovanna.

Sus dedos buscan los míos sobre las sábanas.

—Créeme. La noche de ayer fue tan inesperada para mí como para ti. —Noto que aprieta con suavidad mi mano—. Y fue una de las mejores noches en años. Sentirte, besarte y estar junto a ti fue maravilloso.

La sensación incómoda que me había acompañado desaparece por completo. El hombre delante mío no ha huido. No se ha arrepentido o buscado una salida.

Al contrario.

Me mira como si irse fuera lo último que quisiera hacer.

∞∞∞

El lugar donde se realizará el concurso es en nada más ni nada menos que las propias sedes de La Corona Gastronómica.

Las instalaciones parecen más un estudio de televisión que una cocina profesional.

Incluso después de escuchar la explicación varias veces, sigue costándome creer que estoy aquí.

El personal camina de un lado a otro. Periodistas, camarógrafos y cocineros provenientes de distintos rincones del mundo.

—No vomites —murmura Stephannie a mi lado.

—Gracias por tu apoyo —bufo.

—Para eso están las amigas.

Pongo los ojos en blanco.

No tengo tiempo a protestar, porque a los minutos nos conducen hacia una zona de registro donde varios asistentes reparten uniformes. Al llegar mi turno, tomo el mío. Por instantes permanezco quieta. Mi nombre está bordado eternamente sobre el pecho.

Giovanna Greco.

Debajo, en letras más pequeñas, aparece el nombre del Monroe, provocándome una sonrisa.

Es una tontería, un simple uniforme, pero a la vez es demasiado. Verlo en persona lo hace mucho más real.

Realmente estoy compitiendo.

Realmente llegué a este lugar.

—Te queda bien.

Levanto la vista, Steph me observa con una sonrisa en el rostro. Una vez que todos estamos listos, nos guían hacia las cocinas asignadas. En el preciso instante noto algo raro, o mejor dicho, preocupante. Miro a los demás equipos, luego al nuestro.

La diferencia es evidente. La mayoría de los equipos cuentan con brigadas de diez personas. Nosotros no, solo somos cuatro personas. Entonces comprendo por qué Lorenzo nos había ayudado la noche anterior y pienso en los consejos que nos había dado.

Nos acomodan frente a nuestra estación mientras las cámaras comienzan a moverse por el lugar. Un murmullo recorre el salón y entonces, aparecen ellos: los jueces.

Reconozco a varios al instante, algunos son auténticas leyendas retiradas.

Chefs galardonados, empresarios y críticos reconocidos.

Personas cuyos nombres aparecen constantemente en revistas especializadas.

Mi mirada viaja a todos hasta detenerse en Lorenzo, y por segundos siento que observo a una persona distinta.

Ya no está el hombre que había compartido el desayuno conmigo o el hombre que me hizo reír hace apenas unas horas.

Su expresión es distinta, seria y neutral.

Los hombros rectos, la mirada fija y la postura típica de alguien que viene a juzgar.

Aquel era Lorenzo Moretti.

El sonido de un micrófono llama la atención de los presentes y en breve, un hombre de traje aparece en medio de todos.

—Bienvenidos sean todos a la primera edición del desafío internacional.

—Los aplausos no tardan en llenar el recinto—.

Desde La Corona Gastronómica queremos agradecer a cada uno de nuestros patrocinadores, invitados especiales, y por supuesto, al prestigioso panel de jueces que nos acompaña este año.

Las cámaras enfocan la mesa del jurado.

—Durante esta competencia, seis restaurantes representados por sus respectivos líderes competirán en tres rondas eliminatorias antes de la gran final.

Una enorme pantalla se ilumina detrás de él. Los nombres empiezan a aparecer uno por uno. El público vuelve a aplaudir.

—Al final de cada ronda eliminatoria, dos equipos abandonarán la competencia y solo dos restaurantes llegarán a la gran final.

El ganador obtendrá el trofeo oficial del concurso, reconocimiento internacional respaldado por Michelin, y además, la oportunidad de trabajar junto a uno de los miembros del jurado en un programa exclusivo de formación profesional.

Aquellas palabras provocan que el vocerío del público se extienda por el lugar. Todos sabemos lo que significa, no es solo un trofeo. Es mucho más que eso.

Uno de los jueces agarra el micrófono, y todo el lugar vuelve al silencio.

—No buscamos perfección, sino identidad. Queremos ver qué tienen para ofrecernos. Queremos conocer su cocina, sus ideas, y sobre todo, su talento. Así que no escatimen en nada. Mucha suerte a todos.

El presentador retoma la palabra.

—El día de hoy servirá como presentación oficial. Tendrán treinta minutos para elaborar un plato libre que represente quiénes son como cocineros —menciona, esbozando una sonrisa—, y para tranquilidad de todos, nadie será eliminado en esta ronda.

Señala el reloj digital suspendido sobre las cocinas, los números aparecen en rojo brillante.

30:00.

Mis ojos van hasta la audiencia, donde mi amiga sonríe al verme, susurrando «Tú puedes, campeona» . Le devuelvo la sonrisa, porque a pesar de la situación, siempre logra sacarme una y aligerar la tensión.

—Participantes, su tiempo comienza… —levanta una mano—, ahora.

29:59.

Los segundos corren y no pierdo tiempo, me volteo hacia mi equipo.

—Bien, ¿tienen alguna idea?

Todos intercambiamos miradas. Rodolfo, Marco y Kevin tenían el foco fijo en el pequeño cuaderno de notas en mis manos.

—Necesitamos algo rápido y que hable de nosotros al mismo tiempo —reconoce Rodolfo, sin dejar de observar hacia la despensa a nuestras espaldas.

Marco asiente de inmediato.

—La pasta está descartada, no tenemos suficiente tiempo.

—Sí, con treinta minutos nos arriesgamos demasiado —afirmo.

Seguimos en el punto de partida, y el reloj avanza cual depredador hambriento. Siento como poco a poco la presión trepa por mis hombros. Las cámaras parecen multiplicarse a mi alrededor, y por un instante, me cuesta respirar.

Mantén la calma .

La voz de Lorenzo aparece en mi mente con claridad.

Confía en ti misma.

Cierro los ojos, y cuando los abro de nuevo, Rodolfo habla:

—¿Y si hacemos una bruschetta? Es algo rápido y versátil para trabajar. Algo sencillo, pero con sabores resaltados. —Los dos cocineros restantes prestan atención—. Solo piensen, tomate confitado, burrata, uno de los aceites infusionados de Marco, una reducción balsámica…

Mis ojos recorren a mis compañeros. La idea que tiene Rodolfo es simple, rápida y deliciosa. Solo le falta algo.

—Albahaca fresca. —Todos me miran, levanto las comisuras mientras escribo—. Necesito mucha albahaca fresca. Será el sabor fresco que una todo el plato.

Ya tenemos el plato, solo tenemos que movernos.

Reparto la lista de los ingredientes a Kevin, y mientras él se encarga de buscar todo, yo me decido en quién haría cada cosa. Respiro y vislumbro la estación. Ya no estoy en la cocina del Monroe, mucho menos en mi casa.

—Bien, escuchen con atención —pido en cuanto los ingredientes están sobre la mesada—.

Kevin, te encargarás de los tomates confitados y la reducción balsámica.

Marco, te encargarás de condimentar la burrata y el aceite aromático, debe ser espectacular.

—Estos asienten y yo miro por último a Rodolfo—.

Tú te encargas del pan y yo de las salsas y detalles.

Los minutos se consumen, y la tensión aumenta con cada segundo.

A nuestro alrededor las demás brigadas trabajan sin descanso, casi como si fueran robots.

Suelto un suspiro y me concentro en la salsa frente a mí, que debería ser perfecta; lo suficiente como para no caer en algo básico y que cautive el paladar de los jurados.

Que les deje en claro quiénes somos, y que nos tomamos en serio esta competencia.

Una bruschetta diferente.

Cuando faltan cinco minutos para que termine el tiempo, la bruschetta está prácticamente lista.

Los tomates confitados brillan bajo una fina capa de aceite aromático de hierbas, debajo una burrata cremosa bañada en balsámico y albahaca recién cortada.

Tomo las pinzas y coloco las últimas hojas con cuidado.

Respiro.

Está listo.

—¡Tiempo!

El reloj digital queda en cero, y la voz del presentador nos deja en claro que todo ha terminado. Dejo las pinzas en la mesa, mientras los chicos sonríen al ver el plato.

—Todos los jefes de equipo, por favor tomen sus platos y formen una fila frente al jurado.

Tomo el plato y me uno a la fila. Somos los últimos, por lo que espero en silencio mientras uno a uno, los participantes avanzan hacia los jueces. Un nuevo temor recorre mi cuerpo al simple hecho de pensarlo.

¿Cómo puedo ver la cara de Lorenzo sin parecer un tomate?

Suspiro.

—-¿Ya la viste?

—¿A quién?

—Valery Meier.

Frunzo el ceño al escuchar los susurros de dos cocineros a mis espaldas. Y por alguna razón, el nombre me parece familiar.

—¿La chef alemana?

—Sí, la misma que obtuvo en su restaurante una estrella Michelin.

—¿Qué hay con eso?

La persona a mis espaldas suelta una risita antes de continuar.

—¿No lo sabes? Es la ex de Lorenzo Moretti.