Pruébame y Sedúceme Capítulo 14
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Capítulo 14

M i espalda choca con la puerta al cerrarla.

Él le pone el seguro y yo intento recuperar el aliento entre risas.

Todavía no puedo creer que hemos llegado hasta este punto.

Si alguien me hubiera dicho por la mañana que terminaría besándome con Lorenzo Moretti, me habría reído hasta desfallecer en su cara.

Pero ahora mismo no tengo ganas de carcajear.

Mi corazón sigue arremetiendo con fuerza, y con el simple recuerdo de aquellos ojos verdes sobre mí no pude evitar recordar cómo habíamos salido del restaurante, casi corriendo. Recuerdo nuestras risas, el silencio cargado de tensión en el trayecto y sobre todo, el ascensor.

Siento mis mejillas arder.

Dios .

Ese jodido… ascensor.

Lorenzo no había dejado de besarme y tocarme, mientras yo había pasado la mitad del tiempo preocupada porque la puerta se abriera y alguien nos encontrara. Aunque al ver la hora, la preocupación se desarmó cual papel en agua caliente.

Probablemente todos están dormidos, incluso Stephannie.

La sola idea de que ella descubriera aquello me hace querer desaparecer.

—¿En qué estás pensando?

La voz del rubio me trae a la realidad. Se acerca y sus labios rozan mi frente, después mi mejilla hasta finalmente besarme otra vez. Siento que el mundo se reduce a aquel instante. A su cercanía, a la calidez de sus manos y a la forma en que logra que olvide cualquier pensamiento coherente.

Retrocedemos unos pasos sin apartar nuestros labios hasta que el borde de la cama choca contra mis piernas. Mi respiración vuelve a acelerarse cuando las manos de Lorenzo tocan mis senos por encima de la ropa. Sin embargo, se detiene poco después.

—¿Ocurre algo, Giovanna?

—Nada.

La respuesta no suena nada convincente.

Lorenzo toma una de mis manos entre las suyas, y mis ojos van a parar a su rostro. En estos no hay preocupación.

—Todo está bien —murmura—, no hay prisas.

Asiento, aunque prefiero no responder.

No es la prisa lo que está carcomiendo mi mente, sino más bien el hecho de que hace mucho que no tengo sexo.

No sé qué hacer. Él sonríe y deposita un beso delicado en mis labios para luego empezar a quitarse la camisa.

Mis ojos recorren su pecho, y bajan hasta llegar al bulto en sus pantalones.

Muerdo mis labios, sintiendo una corriente atravesar mi centro.

Estoy excitada, y puedo percibir la humedad empapando mis bragas.

Me quito la camisa y la tiro a un lado, cruzando mis brazos al sentir sus ojos sobre mi brasier. Lo que no dura mucho, porque sus manos toman mis brazos y hace que los coloque a ambos lados de mi cuerpo. Sus labios vuelven a buscar los míos, bajando por mi cuello hasta detenerse en mi pecho.

Sus dedos van hasta el seguro de mi brasier, y lo desabotona, haciendo que mis pechos queden expuestos ante él. Cierro los ojos al sentir sus manos tocarlos, tratando de soportar las ganas de gemir.

—Eres perfecta, Giovanna… —Un escalofrío me demanda atención cuando su aliento se choca con mis pezones—. Jodidamente perfecta.

Con la lengua acaricia uno de ellos, antes de llevárselo a la boca y comenzar a saborearlo. Abro los ojos y lo miro, pero sus ojos ya están sobre mí. El éxtasis en su rostro me cautiva, y no puedo evitar jadear al sentir sus dedos pellizcar el otro pezón.

—¡Ah!

Su boca devora con hambre mi busto, hasta que se para y toma una de mis manos para llevarla a su excitación.

—¿Puedes sentirlo? Todo esto lo provocaste, toda tú. No miento cuando te digo que me vuelves loco.

Mis dedos dudan por breves segundos, pero no lo suficiente, porque lo siguiente que hago es desabrochar sus pantalones. Lorenzo termina de quitárselos, con todo y ropa interior.

Mierda.

La única luz proviene de la lámpara sobre la mesa de noche.

Un subidón de calor recorre mi espalda al ver su polla, totalmente erguida. El calor comienza a llenar el cuarto, tal vez por eso termino de quitarme las últimas capas de ropa que me separan de estar igual que él. Trato de regular cómo respiro, hasta que distingo que desvía la mirada.

Parpadeo al verlo dar varios pasos, sin comprender. Lorenzo toma un pequeño frasco de vidrio que había dejado junto a la lámpara. Es entonces cuando deseo que la tierra me trague.

—¿Mermelada?

Muerdo mis labios mientras destino mi atención a la pared contraria, aunque no por mucho tiempo. Oigo cómo abre el frasco, sumerge un dedo y lo lleva directo a su boca.

—Deliciosa —espeta, haciéndome tragar saliva—. Aunque creo que puede saber mejor.

Frunzo el ceño y empiezo a pensar que está demente al momento en que agarra más mermelada con sus dedos y la frota sobre mis pezones, parte de abdomen, y por último, mi coño.

Deja la mermelada a un lado de la cama, y ante mí, comienza a recorrer con su boca todo el rastro, jugando varios segundos con mis pezones erectos, hasta bajar por mi ombligo y detenerse frente a mi centro húmedo.

—Lorenzo, no… —Su lengua da la primera lamida, haciendo querer cerrar las piernas cuando él las separa con fuerza—. ¡Ah!

Empieza a moverla de arriba a abajo, deteniéndose en mi sensible clítoris para atormentarlo. Yo no puedo parar de gemir, mucho menos cuando siento uno de sus dedos entrar. Su ritmo es constante, por lo que no pasa mucho hasta que el orgasmo me hace temblar.

Miro con los ojos entrecerrados la manera en que mira sus dedos llenos por mis flujos antes de llevarlos a la boca.

—Ahora sabe exquisito.

Respiro con dificultad, y cuando Lorenzo se frena un momento para buscar algo en sus pantalones, me permito disfrutar de lo que está sucediendo.

¿Hace cuánto no me siento así?

El sonido de un envoltorio al romperse llama mi atención. Poco después, abre mis piernas y lleva su polla hasta mi entrada, donde juega con su sensibilidad sin meterla.

Se inclina hacia mí y nuestros labios vuelven a devorarse.

Entrelazo mis brazos en su cuello y me dejo llevar mientras siento que poco a poco llena mi interior.

Aprieto mi agarre cuando mi cuerpo me grita que ha llegado al fondo.

Lorenzo se queda quieto por segundos, repartiendo besos por mi mejilla.

—Perdóname si no soy tan suave, me estás apretando tanto que… joder… Siento que no podré dejarte en paz toda la noche.

Para su sorpresa, rodeo sus caderas con mis piernas.

—No hace falta que seas suave, Lorenzo. —Sus ojos arden al escucharme—. Fóllame tanto como te plazca.

No termino de hablar cuando sus embestidas toman fuerza y me despojo de toda idea de no gemir. Dejo que los jadeos llenen la habitación, sintiendo el miembro de Lorenzo entrar con fuerza para luego salir con lentitud varias veces.

—Joder…

Toma una de mis piernas y la coloca sobre su hombro, siguiendo el ritmo hasta que el sonido del respaldo con la pared comienza a hacerse evidente. Sus ojos no se apartan de los míos, y cierro los párpados cuando anticipo un segundo orgasmo.

Lorenzo no se detiene, gracias al cielo no lo hace.

—¿Tienes idea de lo hermosa y erótica que te ves ahora mismo? —Otra estocada y jadeo—. ¿Puedes verlo? ¿Mi polla golpeando tu interior caliente?

—Lorenzo…

Sus arremetidas aumentan, y su respiración se vuelve cada vez más acelerada. Está al borde del orgasmo.

—Dilo, Giovanna. Dime que dejarás que sea el único que te haga llegar al orgasmo. Dímelo y te juro que pasaré el resto de mi vida adorándote, como la diosa que eres [7] .

Cierro los ojos ante todas las sensaciones, no sé qué hacer ni responder. Ahora mismo solo gimo sin control, llevada por el placer, a punto de explotar.

Ambos lo hacemos.

Lorenzo da la última estocada, y en cuanto saca su polla de mi interior me arrodillo ante él y abro la boca. Frunce el ceño, pero no dura demasiado. Se deshace del preservativo antes de verter todo su semen en mi cara.

—¡Oh!

Su cuerpo entero tiembla, y yo paso la lengua por el borde de mis labios, tomando un poco del semen hasta llevarlo a mi boca. Lorenzo suspira, y toma mi cara en sus manos para luego besarme.

En ese instante comprendo dos cosas: nada volverá a ser igual entre ambos.

Y la noche apenas acaba de empezar.