Capítulo 13 #2
Toma una cuchara y prueba la comida, sin librarse de mis ojos sobre él. Esta vez, se queda callado, lo cual resulta peor.
—¿Qué?
Vuelve a probar.
—Estoy pensando.
—Pues podrías dejar de hacerlo y decirme qué está mal.
—¿Por qué asumes que está mal?
Parpadeo.
—No lo sé, quizá porque eres tú.
Lorenzo suelta una risa, y durante varios segundos me sorprende darme cuenta que no lo había visto reír tanto.
—Has mejorado, está bien.
Una parte de la tensión que llevaba durante horas desaparece.
¿No era otra de sus bromas?
—¿Me hablas en serio?
—Muy en serio.
Apoyo ambas manos en la encimera y dejo salir el aliento atorado en mi garganta.
—¿Tienes pensado qué hacer si no ganas?
—¿A qué te refieres?
Se encoge de hombros y deja la cuchara a un lado.
—Eres talentosa y sé que eres capaz de llegar lejos en esta competencia, pero si no llegas a ganar… —Fija la mirada en la mía—. ¿Estás segura de ser lo suficientemente fuerte para aceptarlo?
—¿Aceptar qué?
—Que las cosas no siempre salen como queremos.
Aprieto las manos.
—¿Y eso qué significa?
Sostiene mi atención durante varios segundos.
—Significa que existen más oportunidades. Aunque no ganes, estar aquí ya te abre puertas que antes no existían. Has venido a California y vas a competir frente a chefs importantes. Te verán personas que pueden cambiar tu carrera.
—¿Y?
—Y que una derrota no significa nada.
Siento mi mandíbula tensarse. Conozco perfectamente este sentimiento opresivo en mi pecho y no me gusta nada.
—Ahora parece que el que cree que voy a perder eres tú.
Simulando ser sensible, arruga la frente.
—Eso no fue lo que dije.
—No hace falta que lo digas —bufo—. Vine aquí sabiendo perfectamente cuáles podían ser las consecuencias. —Mi voz es dura, pero no me importa—. Sé que puedo fracasar.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. —Me reincorporo por completo—. Si en verdad lo supieras, entenderías que no pienso rendirme antes sin intentarlo.
—Nadie te está pidiendo que te rindas.
—¡Entonces deja de hablar como si ya estuviera derrotada!
Su expresión se endurece mínimamente, y yo tomo aire antes de volver a hablar.
—Haré todo lo necesario para ganar, si tengo que quedarme despierta toda la jodida noche, lo haré. Si tengo que sacrificar mi sueño, descanso o tiempo libre, también lo haré.
—Giovanna, escúchame.
Niego.
—No, tú escúchame. No vine hasta aquí para conformarme con una participación. —Mi pecho sube y baja con rapidez—. Y definitivamente no crucé medio mundo para escuchar que existen otras oportunidades.
—No lo dije con mala intención.
Su respuesta es tranquila, y eso solo consigue irritarme más.
—Pues lo parece.
El rubio me observa, y entonces, para mi sorpresa, suelta una risa.
Refunfuño.
—¿Qué es tan gracioso ahora?
Él niega con la cabeza antes de responder.
—Por un momento se me olvidó que ya no estamos en Florencia. —Sus ojos recorren mi rostro—. California parece haberte vuelto más peligrosa y afilada de la lengua.
Gruño de vuelta, recibiendo otra sonrisita.
Aparto la mirada y miro hacia un punto fijo frente a nosotros mientras siento mis mejillas sonrojarse. ¿Por qué está sucediendo? ¿Es por mi arrebato de niña?
—Giovanna, mírame.
No lo hago, porque sé perfectamente que, si lo miro directo a la cara, el enojo se me pasará. Mis dedos se cierran alrededor del borde de la encimera, mientras él no hace más que avanzar hacia mí. Un paso tras otro. Mi corazón late con mayor fuerza, casi a punto de explotar al sentirlo frente a mí.
—Giovanna.
Me doy por vencida y levanto la vista, solo para darme cuenta de que está mucho más cerca de lo que pensaba. Su iris verde permanece clavado en mí, casi como si estuviera buscando o esperando algo.
Yo no puedo controlar mis impulsos de pensar que, a pesar de rondar los cuarenta, es muy guapo.
Pero… ¿Por qué carajos pienso eso?
—¿Tú también lo crees?
Estrujo mi entrecejo.
—¿Creer qué?
Una mueca pequeña y amarga aparece en su rostro.
—Lo mismo que los demás.
—Lorenzo…
—¿Tú también crees que soy así? —no respondo, y él toma la oportunidad para continuar—. ¿Un monstruo sin sentimientos?
La cocina permanece en silencio. Yo le doy vueltas a su pregunta. Claro que no lo considero un monstruo.
¿Por qué creería eso?
—No —contesto, sin pensar demasiado—, no eres un monstruo. Eres exigente, terco y controlador cuando se te mete algo en la cabeza.
—Vaya, eso me alivia.
—Pero no eres un monstruo —sentencio.
Su mirada permanece fija en mí. Estoy tan cerca que puedo distinguir la ligera fatiga en sus ojos, el aroma de su colonia, y la forma en que su quijada se tensa.
Siento el calor subir nuevamente hasta mis mejillas. La distancia entre ambos parece cada vez más pequeña, o podía ser solo mi imaginación.
—Cuando te enfadas eres más sincera.
—No estoy enfadada.
Su ceja se arquea.
—Claro que no.
Pongo los ojos en blanco, pero termino por reírme de todas formas. Lorenzo no deja de mirarme, casi como si fuera algo raro. Algo valioso, y que no esperaba encontrar.
—Lorenzo…
Dejo salir su nombre de mi boca en un susurro. Y el momento en que sus ojos descienden hasta mis labios para volver a subir basta para que el oxígeno se esfume del cuarto.
—Esto es una mala idea.
No estoy segura quién de los dos lo ha dicho. Tal vez ambos estamos pensando lo mismo. Ninguno da un paso atrás. Su mano se eleva despacio, queriendo darme el tiempo suficiente para apartarme antes de rozar mi mejilla de manera suave y cuidadosa.
Mi respiración se quiebra por completo.
—Giovanna, perdóname por lo que estoy a punto de hacer.
Mi nombre suena diferente, mucho más íntimo y vulnerable.
Después de unos interminables y a la vez fugaces segundos, con la presión de su boca sobre la mía, me besa.
Tan breve que durante un instante pienso que lo he imaginado, que es una fantasía más que mi cerebro genera contra mi voluntad.
Cuando se separa, se ve tan perdido y desconcertado, casi embelesado; como yo.
Maldice por lo bajo.
—Lo siento, no debería haber hecho eso.
Parpadeo unas cuantas veces, solo para toparme con que él ya está retrocediendo.
—Espera.
—Fue un error.
Se da media vuelta, pero antes de que pueda salir de la cocina, soy yo quien lo detiene. Mi mano se aferra a su muñeca para dejarlo inmóvil.
—Lorenzo, mírame.
Trago saliva con fuerza. No sé qué carajos estoy haciendo, o por qué lo detengo en primer lugar. Solo me dejo llevar por ese sentimiento en el pecho que no me abandona.
Debo estar loca.
Pero eso, por ahora, tampoco me importa.
El rubio vuelve el rostro, y antes de que pueda decir otra cosa, soy yo quien se acerca y lo besa. Siento que se tensa debido a la sorpresa, aunque sólo fuera por un segundo. Al siguiente, responde el beso.
Ambos respiramos con dificultad al separarnos unos pocos centímetros.
No sé qué decir, no pienso con claridad.
Lorenzo apoya su frente contra la mía.
—Estás temblando. —Su mano encuentra mi palma y la lleva directo a sus labios—. Tanto que parece que fueras a salir corriendo.
Su pulgar acaricia mis nudillos con tal lentitud que mi corazón golpea con más fuerza.
—No voy a correr.
La distancia entre nosotros es inexistente. Logro sentir su respiración mezclarse con la mía. Durante un instante, veo que en su mente comienza a debatir consigo mismo.
—Eso es lo que me preocupa —admite, sus labios rozan mi frente—. Si me quedo aquí un minuto más, voy a olvidarme de que mañana es un día importante para ti.
Aquellas palabras suenan a rendición. No le quito los ojos de encima, e incluso podría admitir que me siento una felina en plena cacería. Percibo que parece estar luchando una batalla que no sabe ganar. Estoy segura de que puede escuchar mis latidos.
—Yo…
—Me estás volviendo loco.
La confesión cae sobre nosotros con fuerza.
—Lo has hecho todo este tiempo —reconoce cuando su mirada recorre mi rostro con lentitud—. Te juro que intenté ignorarlo, no pensar en ti —sonríe en plena derrota—, pero fue imposible.
Con su mano halla mis dedos y se entrelazan con los suyos. Siento como mi pulso se acelera todavía más.
—Si no quieres esto, si deseas que me detenga, dilo ahora mismo, Giovanna. —Su voz era un murmullo—. Porque si sigues mirándome así, no estoy seguro de poder controlarme.
Ninguno de los dos aparta la vista, ni un miserable segundo. La distancia desaparece tortuosamente lento, dando paso a un par de besos suaves que recorren desde mi mandíbula hasta mi cuello.
Uno, después otro.
—Lorenzo.
Su nombre abandona mis labios. Él libera una exhalación temblorosa. Por un segundo creo, esperanzada, que escuchar su nombre salir de mi boca fuera un problema para su cordura.
—Dime que me detenga.
Pero no lo hago.