Pruébame y Sedúceme Capítulo 13
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Capítulo 13

—¡J oder!

Bufo por quinta vez en lo que va del día. Lo que debía estar siendo una experiencia increíble, se ha convertido en un auténtico infierno. Dejo el cuchillo en la tabla y cierro los ojos.

Todo empezó esta misma mañana.

En el preciso momento en que Moretti se presentó al día siguiente en la puerta de mi dormitorio, supe que algo importante se avecinaba. La verdad es que esperaba muchas cosas, menos que nos llevara a conocer uno de sus restaurantes.

Aerum.

Incluso ahora, varias horas después, sigo impresionada. El edificio ocupa una esquina completa. Cristal, acero y cerámica oscura. Es elegante y el tipo de lugar que grita lujo sin levantar la voz.

—No puede ser real… —había murmurado Marco al entrar.

Nadie se burló de él, porque todos estábamos pensando exactamente lo mismo. El interior era todavía más impresionante. Salones amplios, lámparas suspendidas sobre las mesas y una cocina abierta que parecía sacada de una revista de ensueño.

Recuerdo haberme detenido unos segundos, observando cada detalle.

—¿Cuántos restaurantes como este tienes? —preguntó Rodolfo.

—Actualmente, doce.

—¿Doce?

Él asiente.

—La sede principal es esta, aunque actualmente está fuera de servicio por remodelación. Luego siguen las sucursales en Tampa y Los Ángeles. —Todos escuchamos atentamente, enmudecidos—. Las restantes están en España, Francia, Japón, Singapur y Australia.

Marco casi se atraganta con su propia saliva.

—¿Me estás diciendo que esto existe en medio mundo?

—Más o menos.

Yo me quedo observando. Sé que Lorenzo tiene dinero y que es conocido, pero lo que no me esperaba es que hubiera construido una cadena gastronómica internacional. Es otro nivel. Mucho más grande de lo que imaginé alguna vez alcanzar.

—Ahora, síganme.

Nos lleva directamente hasta la cocina principal. Las estaciones están impecables, al igual que los hornos industriales. Mis ojos recorren con detalle el equipamiento, que estoy casi segura que cuesta más plata de la que probablemente vi junta en toda mi vida.

—Durante estos dos días, podrán utilizar esta cocina todo lo que quieran antes de la competencia para practicar.

Claro está, recibirán mi ayuda —carraspea—.

Quiero que sean conscientes de algo, se enfrentarán a equipos de élite, pero eso no significa que ustedes no sean capaces.

Lo son, solo hay cosas que perfeccionar…

—Una sonrisa aparece en su rostro, antes de mirarme—. Y ahí entro yo.

Todo parece perfecto.

Al principio, creí que solo observaría. Que daría algún consejo ocasional que nos ayude a agilizar la tarea en la cocina. Algo sencillo y razonable.

Qué ingenua fui.

Porque Lorenzo Moretti visualiza una cocina exactamente igual que un depredador a su presa. No se le escapa nada.

Absolutamente nada.

—Están perdiendo demasiado tiempo. Deben organizar su estación y tener en mente lo que preparan, si no se les acabará el tiempo antes de que puedan presentar algo.

—Sus ojos fueron de Marco a Rodolfo—. La temperatura es demasiado alta, lo que hará que se queme cualquier cosa que coloques, y el corte…

es irregular. Aun si la diferencia es mínima, puede cambiar el sabor de cada bocado.

Y eso fue apenas durante la primera hora. Las siguientes fueron peores. Lorenzo no dejaba de corregir, y a medida que avanzaba la mañana, todos comenzamos a sentirnos igual de agotados. Y yo… yo estaba empezando a odiar el hecho de cocinar un risotto.

Concretamente, un jodido risotto de hongos silvestres y trufa negra.

Según el rubio, este es el plato perfecto para una lección de cocina. Según yo, es una forma refinada de tortura.

—Otra vez.

Presiono la dentadura.

—Es la cuarta vez, Lorenzo.

—En realidad, la quinta.

Le lanzo una mirada asesina mientras remuevo el arroz. Él ni siquiera pestañea.

—Hazlo un poco más despacio.

Bufo, pero hago caso. Si algo he aprendido es que tengo la razón la mayor parte del tiempo. Cuando termino el plato, lo coloco frente a él con una satisfacción que dura exactamente tres segundos. Lorenzo toma una cuchara y prueba, para luego negar con la cabeza.

Mi paciencia muere en ese preciso instante.

—¿Qué tiene ahora?

—La textura sigue siendo incorrecta.

Miro el plato, luego a él.

—¿Incorrecta, cómo?

—Está demasiado pesado.

—Es un risotto —suelto una bocanada de aire—, tiene la consistencia de un risotto.

—Si a eso le llamas a este bloque de cemento, entonces sí.

Marco escupe una carcajada ante el comentario, por lo que estoy a punto de arrojarle la cuchara.

—No es para tanto.

Todos se quedan callados, y el crítico frente a mí arquea una ceja.

—¿No es para tanto? ¿Estás segura?

—Completamente.

Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.

Y, de alguna forma, esa sonrisa hace que me arrepienta al instante de haber abierto la boca.

Lorenzo se quita el abrigo y lo dobla cuidadosamente sobre una superficie cercana.

Camina hacia la estación y toma los mismos ingredientes que yo había utilizado: arroz arborio, caldo de reducción, hongos, mantequilla, parmesano y trufa.

No hay nada diferente a lo que ya ocupé. Sin embargo, desde el momento en que comienza a cocinar, es evidente el cambio. Sus movimientos son precisos y fluidos, como si el plato formara parte de él. Todos lo observamos, y veinte minutos después, coloca el plato terminado sobre la encimera.

—Prueben.

Todos le obedecen, llevando sus cucharas a la boca, y en cuanto llega mi turno, siento como si hubieran tirado un balde de agua fría encima de mí.

Maldición.

Está muchísimo mejor. La textura del arroz es cremosa, y los sabores están perfectamente equilibrados. Es el mismo plato, los mismos ingredientes, la misma jodida receta. Pero parece una versión completamente distinta.

Ahora entiendo por qué este hombre tiene restaurantes por todo el mundo.

Siento la mirada de Lorenzo, esperando mi veredicto. Hago un esfuerzo extra por admitir lo que tanto quiere escuchar.

—Tienes razón, está mejor.

Su sonrisa se agranda apenas, pero lo suficiente como para resultar insoportable. Ruedo los ojos, él deja una mano sobre la encimera y nos observa. Ahora, no parece estar analizándonos como hace minutos.

—¿Saben cuál es la diferencia entre ustedes y los equipos que encontrarán en esta competencia?

Marco refunfuña por lo bajo.

—¿Que ellos no necesitan repetir un risotto cinco veces?

—Que ellos creen que ya son los mejores.

—Guardamos silencio—. Ustedes todavía tienen ganas de aprender, y eso es mucho más valioso.

Son buenos, y también pueden llegar a este nivel —señala el plato frente a él—.

No es magia, tampoco nací sabiendo cocinar.

Lo único que deben evitar es que el miedo los controle.

—Su mirada se clava en mí—. Especialmente a ti, Giovanna.

Parpadeo, sin comprender del todo a qué se refiere.

—Cuando estás concentrada eres excelente.

Pero todo se va cuando empiezas a pensar demasiado, lo he notado, cometes errores que normalmente no cometerías.

Como chef, tienes el control de la cocina en tus manos —continúa—.

Administra el tiempo, da órdenes claras y confía en tu equipo.

No prestes atención a los demás y solo haz lo que mejor sabes hacer: cocinar.

Aquellas palabras tienen mayor efecto que cualquiera de las correcciones en las últimas horas. Primero, porque no suenan como crítica.

Asiento.

—Lo intentaré.

—No —interrumpe y arqueo una ceja—, lo harás.

Ahí está otra vez. Esa seguridad que Lorenzo simula tener en todo. Toma su abrigo y nos lanza una mirada final.

—Continúen practicando, yo tengo una reunión a la cual asistir. Cuando crean que es suficiente, pueden tomar un taxi a las afueras del restaurante y cargarlo a mi nombre, ya me conocen. Yo vendré luego a cerrar el local, así que no se preocupen.

Las horas siguientes son casi interminables. Preparamos el dichoso risotto unas cuantas veces más, alternando algunas técnicas y opciones de presentación. Cuando levanto la vista hacia el reloj digital en la pared, ya es de noche.

—Estoy cansado y creo que puedo comerme un oso ahora mismo.

—Vayan al hotel. —Todos me observan ante mi anuncio—. Me quedaré un rato más.

—Giovanna.

—Vamos, solo un poco más. —Me cruzo de brazos—. Quiero disfrutar de esta cocina lo más que pueda.

Miro el desastre en mi estación y tomo el teléfono que había dejado justo a un lado de una bandeja. La pantalla lleva iluminada varias horas, pero no tuve oportunidad de ver de qué se trataba. Sonrío al ver el remitente del mensaje. Al menos alguien se ha divertido hoy.

Abro la conversación y me encuentro con varias fotos de Stephannie en cafeterías, y un video donde parece estar intentando convencer a un vendedor ambulante de bajar el precio a un collar tejido.

Niego con la cabeza.

Pero lo que me hace soltar una carcajada es el mensaje que hay debajo de todo, el cual había llegado hace pocos segundos.

Stephannie:

Tienes que salir de esa cocina, o terminarás por adoptar a un cuchillo, Giovanna.

Mi sonrisa se vuelve más grande.

Giovanna:

Lo consideraré.

Mentira.

Ambas sabíamos que no lo haría. Guardo el telefono y observo el emplatado frente a mí. Sigue sin convencerme, por lo que lo descarto y vuelvo a empezar.

—No creí que fuera cierto cuando me dijeron que seguías aquí.

Me congelo en mi sitio. No hace falta volverme para reconocer a esa voz. Levanto con lentitud la vista, y me encuentro con los ojos verdes de Lorenzo. Sigue llevando la camisa oscura de la mañana. Su rostro derrocha cansancio, aunque podría asegurar que no tanto como el mío.

—¿Y quién te lo dijo?

—Se dice el pecado, mas no el pecador, Giovanna.

Bufo. Sé perfectamente quién, o más bien, quiénes fueron.

Lorenzo da unos cuantos pasos y observa la estación frente a mí llena de ingredientes, algunas de las anotaciones que había dejado en notas, y por último, el plato terminado.

El risotto.

—Así que es cierto, pensé que solo estaba exagerando.

Frunzo el ceño. ¿De qué habla?

—¿Alguna vez te ha parecido que soy una persona razonable?

Lo veo levantar lentamente sus comisuras.

—No.