Pruébame y Sedúceme Capítulo 12
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Capítulo 12

E terno.

No encuentro otra forma de describir el vuelo. Cuando finalmente el avión aterrizó en California, sentí que mi cuerpo se relajaba por volver a pisar tierra. Aunque los nervios seguían ahí. Claro, no sería sencillo deshacerme de ellos.

—¿Seguimos vivos?

La pregunta de Kevin hace que Rodolfo y Marco suelten un bufido. Yo niego con la cabeza mientras me levanto del asiento. Detrás de mí, Marco suelta una carcajada ante una respuesta que no logré escuchar por parte de Rodolfo.

Estados Unidos.

¿En verdad estoy aquí, a punto de participar en una de las competencias más importantes de toda mi vida? La verdad es que aún no puedo creerlo. Le doy gracias al cielo por haber practicado unas cuantas veces inglés, que no hablo con fluidez, pero sí lo suficiente para no morir en el proceso.

El aeropuerto es enorme, demasiado. Aun así, no me detengo a apreciarlo.

Después de atravesar migraciones y esperar casi una eternidad por las maletas, terminamos arrastrando el equipaje hacia la salida principal.

Tal y como lo prometió, Lorenzo Moretti está ahí, esperando.

El hombre está apoyado contra una camioneta gris.

Lleva consigo una camisa oscura y una chaqueta ligera sobre los hombros.

En el momento en que nos ve, deja salir una sonrisa.

Esa jodida sonrisa.

—Dios mío, es real.

Marco casi se tropieza con su propia maleta al acercarse. Yo le lanzo una mirada, a lo que solo se encoje de hombros.

—Bienvenidos a California, me alegra verlos a todos.

El rubio los saluda sin excepción.

—Me alegra verte, Giovanna.

Cuando llega a mí, por alguna razón olvido cómo comportarme con total normalidad. Mis manos tiemblan, por lo que las escondo a mis espaldas.

—Yo igual.

Eso es todo. Dos míseras palabras, y aun así siento que dije demasiado. Lorenzo ladea el rostro, pero antes de que pueda decir algo más, Marco aparece y llama su atención preguntando alguna estupidez con respecto al coche.

La suerte no me duró demasiado. Termino en el asiento del copiloto, y desde que Lorenzo pone el auto en marcha, no consigo sostener contacto visual con algo más que la ventana.

Me mantengo callada, rezando para que el viaje sea lo suficientemente rápido, y que Rodolfo logre reprimir las tonterías de Marco y Kevin.

Stephannie, por otro lado, está con la mirada fija en su teléfono.

Bueno, nació en Estados Unidos, por lo que venir aquí no es algo nuevo para ella. Atesoro el hecho de que haya venido para hacerme compañía y darme aliento. Incluso si eso amenaza sus vacaciones.

No tardo demasiado tiempo en ver las diferencias de California con Florencia. Aquí, todo parece moverse con mayor rapidez, algo muy distinto a la vida que conozco. Y si la ciudad me ha sorprendido, el hotel mucho más.

El Grand Pacific Gold es un edificio moderno de cristal y piedra blanca que se eleva varios pisos hacia el cielo.

Por un instante, pienso que Lorenzo se ha equivocado de lugar.

Es el primero en acercarse a la recepción y giro la cabeza en cuanto entrega su tarjeta.

No quiero imaginarme cuánto costará una sola noche aquí.

El rubio regresa de la recepción con varias tarjetas magnéticas en las manos y comienza a repartirlas una por una.

—Piso ocho.

Cuando finalmente extiende la última hacia mí, sus dedos rozan los míos por un instante. Aparto la mano velozmente y la vuelvo a esconder a mi espalda.

—Descansen un poco —continúa él—, tienen un par de horas.

Arrugo la frente y al notarlo, una sonrisa juguetona aparece en su rostro. Quiero preguntar de qué se trata, aunque acabo por abstenerme.

—Es una sorpresa, así que los espero aquí a las siete.

Lorenzo sale con la misma naturalidad de siempre y no hago más que negar con la cabeza mientras todos comienzan a dispersarse.

Minutos después, Stephannie y yo entramos al ascensor.

Durante unos segundos ninguna dice nada, lo cual debe haber sido mi primera señal de advertencia, porque cuando permanece callada mucho tiempo, significa que está preparando algo.

—Mierda, que es guapísimo.

Cierro los ojos.

Ahí estaba .

—No empieces.

—Pero si es verdad.

—Sabes perfectamente lo que te digo, Stephannie.

—Vamos, Giovanna.

Presiono el botón de mi piso.

—No pienso tener esta conversación.

Ella suelta una carcajada.

—Por Dios, eres exagerada. —Me observa durante un momento—. ¿Sabes algo? No pude evitar fijarme en cómo te miró durante todo el trayecto hasta aquí.

—Nadie miró a nadie, Steph.

Ella levanta ambas manos en señal de rendición.

—Está bien, está bien. Como digas, ya me callo.

—Gracias.

Las puertas se abren en el piso cuatro y sale caminando hacia atrás con una sonrisa imposible de obviar.

—Será mejor que hayas traído algo lindo en esa maleta, porque te quiero ver con eso puesto.

—¿Por qué…?

Desaparece por el pasillo. Resoplo cuando las puertas vuelven a cerrarse. Pocos segundos después, llego al octavo piso. Camino hasta la puerta de mi habitación y abro la puerta. Dejo la maleta junto a la cama y me echo en un suspiro.

No es un sueño, estoy aquí.

Dentro de tres días cocinaré frente a algunos de los chefs más importantes del mundo, con el Monroe a miles de kilómetros de distancia.

La idea debería tranquilizarme, pero hace todo lo contrario.

Mis ojos se desvían hacia la maleta a un costado, luego hacia la tarjeta magnética que aún sostengo entre los dedos, después recaen en la ventana de la habitación.

—Cálmate, Giovanna.

Lo digo en voz alta, pero no funciona.

Cierro los ojos, vuelvo a escuchar la voz de Stephannie.

«Te miró durante todo el trayecto».

Exagerada, esa es la palabra. Lorenzo había estado conduciendo, eso es todo. Nada más, no hay razón para pensar en ello. Ni una sola. Y aunque la hubiera, tampoco importa.

No crucé un océano entero para pensar en Moretti. No acepté esta competencia por eso. Vine a California por una sola razón: Ganar.

Repito aquella palabra varias veces dentro de mi cabeza. Ganar. Ganar. Ganar.

Como si hacerlo pudiera ordenar el caos que llevo por dentro.

∞∞∞

Tal y como había dicho, Lorenzo estaba esperándonos en el lobby del hotel a las siete en punto.

A diferencia de otras veces, tiene un aire fresco y tranquilo.

Una camisa blanca de mangas cortas con los primeros botones del cuello abiertos, y unos jeans azul oscuro que reemplazaron los trajes que solía vestir.

—Bien, ¿todos listos?

Antes de bajar, y por desgracia, termino haciéndole caso a Stephannie.

O al menos, un poco. Me puse uno de mis vestidos favoritos, de esos que solía usar durante los veranos más calurosos de Florencia.

Rojo intenso, de tirantes y cómodo.  Y ese rojo, por alguna razón, hace que resalte mucho más de lo normal.

Decido colocarme un abrigo encima para disimular la pronta pena que me aborda.

—¿Nos dirás al menos a dónde vamos? —pregunto.

Lorenzo me mira.

—No.

Una carcajada de Marco resuena en el ambiente.

—Me cae bien este hombre.

Minutos después, ya estamos yendo hacia el coche. Y, para mi desdicha, nuevamente ocupo el asiento del copiloto. Comienzo a sospechar que el universo me odia, aunque decido no darle demasiadas vueltas.

El vehículo arranca mientras varias conversaciones inician detrás de nosotros. Marco habla de la comida, Kevin de que casi se moría en el avión y Rodolfo intenta que ambos dejen de hablar.

¿Stephannie? Ella no hace más que reírse.

—¿Lograste descansar?

Parpadeo varias veces. El rubio sigue con la vista al frente, pero espera mi respuesta.

—Sí.

—Me alegra.

Sus ojos miran por el espejo del auto, y se encuentra con los míos por accidente. Giro la cabeza hacia la ventana al instante en que siento mis mejillas arder. ¿Acaso me estoy ruborizando?

El simple hecho de pensarlo es absurdo.

Ya no tengo diecisiete años, ni veinte. Estoy a pocos meses de cumplir treinta y tres años, y aun así, parezco incapaz de mantener una conversación sencilla con un hombre sin sentir aquel extraño cosquilleo en el rostro.

Aunque, ahora que lo pienso, esto no pasa seguido, mucho menos con cualquier hombre.

Aprieto los ojos con fuerza, dejando de lado los pensamientos ridículos y me concentro en observar las luces de la ciudad, los edificios y la cantidad absurda de carteles luminosos.

Todo aquí parece enorme, mucho más de lo que acostumbro.

Vuelvo a mis sentidos cuando el auto se frena en un edificio lleno de destellos y música. Arrugo el ceño.

—¿Qué lugar es este? —pregunto.

—El mejor bar de la ciudad.

¿Un bar?

—Pensé que sería buena idea divertirnos un poco antes de comenzar a trabajar en serio.

Nadie protesta sus palabras, ni siquiera yo.

Bajamos del coche y al entrar, lo primero que me golpea es la música. Es distinto, todo ahí dentro lo es. Las luces, la gente, su forma de hablar y vestir. Incluso la forma de moverse. Es nuestro primer día en Estados Unidos, y no he dejado de comparar cada cosa con Italia.

Suelto un bufido.

Aquello se ha convertido en una costumbre, o una mala manía.

—¡No puede ser!

El grito de Steph hace que me sobresalte. Al parecer, había reconocido una de sus canciones favoritas, por lo que no duda en desaparecer hacia la pista de baile.

—Y ahí va… —murmura Rodo. Marco y Kevin no tardan en ir tras ella.

—Bueno, debo asegurarme de que no les pase nada a estos tres.

Sonrío ante las palabras de Rodolfo, quien también camina hacia la pista de baile. Aprovecho y me acomodo en una de las mesas vacías. Lorenzo no está cerca, por lo que supongo que debe estar haciendo algo fuera. Relajo mis hombros.

—Ey.

Una voz suena cerca de mi oído, por lo que me volteo tan rápido dispuesta a lanzar el primer golpe.

—¡Dios!

Lorenzo levanta ambas manos.

—Sí, soy yo.

—Casi te pego.

—Lo habría merecido, lo siento por asustarte.

Él toma asiento a mi lado, y por varios minutos, vemos la pista. Mi amiga ya arrastró a Marco al centro.

—No estés nerviosa.

Dirijo mi atención completamente a él.

—Eso es imposible. —Me cruzo de brazos—. Voy a participar en una competencia internacional, y sé perfectamente que no será fácil.

¿Fácil? No, será jodido. Bastante jodido.

Aun dudo si será suficiente todo lo que sé.

Lorenzo apoya un brazo sobre la mesa.

—Por suerte, tienes ayuda.

Frunzo el entrecejo.

—¿Ayuda?

—Para ser más claros, mi ayuda.

Lo observo.

—Eres parte del jurado.

—Y seré completamente imparcial cuando llegue el momento de puntuar.

—Entonces…

—Pero nadie dijo que no pueda darte algunos consejos antes de la competencia.

Aleteo las pestañas inconscientemente.

—¿Consejos?

Lorenzo se encoge de hombros.

—Solo corregir algunos errores, sobre todo al momento de cocinar. No soy tramposo, aunque ya debes saber de mi reputación.

—¿Tu reputación? Creo que no te ayuda mucho que digamos.

Alza una ceja.

—Ahora tengo curiosidad.

Lo miro durante un segundo antes de hablar.

—Pues, ya sabes. Lorenzo Moretti, el crítico más jodido de todos.

Su carcajada es inmediata, de esas que hacen inclinar la cabeza hacia atrás.

—Vaya, interesante —ladea la cabeza—. Sigue.

¿Con que eso quieres? ¿En verdad?

—Eres capaz de destruir un restaurante con una sola línea, y pareces ser un monstruo sin emociones.

—Eso suena terrible.

—Es terrible.

El rubio apoya su espalda en el respaldo del asiento, y asiente.

—Definitivamente, mi reputación no ayuda. Dime algo, Giovanna.

—¿Qué?

—¿Parezco un jodido imbécil? ¿Es eso?

La pregunta me toma desprevenida.

Durante la semana que compartimos en Florencia, había conocido partes de él que no aparecían en ninguna revista gastronómica.

Había conocido al hombre que se levantaba temprano para caminar por la ciudad.

Al que preguntaba cada cosa, y escuchaba más de lo que hablaba.

Había conocido partes de él que jamás imaginé que poseía.

Pero también sé que aquello no es suficiente.

—No lo sé. —Su frente se frunce—. No te conozco lo suficiente para responder algo así.

Ambos permanecemos en silencio, hasta que él sonríe.

—Te sorprenderías, Giovanna. —Mi corazón comienza a latir con más ruido en su bombeo—. Me conoces más de lo que todos creen saber de mí.

Trago saliva, y maldigo para mis adentros al sentir de nuevo ese maldito calor en mis mejillas. Desvío la vista hacia cualquier otro lugar, aunque es difícil que no se dé cuenta de mi estado. Miro hacia la barra, la pista, lo que sea. Cualquier lugar menos esos ojos verdes.

Por suerte, la música cambia y las luces disminuyen un poco.

Pronto, una melodía mucho más suave comienza a llenar el sitio.

Varias parejas se acercan al centro de la pista.

Nadie salta ni grita, solo bailan al ritmo de la balada.

Miro a Steph al fondo entre la multitud, ella está bailando con Marco, mientras Kevin intenta seguirle el ritmo a su compañera.

No logro ver a Rodolfo, pero eso ya no importa.

Seguramente debe estar bailando con alguna chica, mientras yo estoy aquí, sentada.

Aprieto mis manos, y entonces hago algo completamente estúpido. O eso es lo que creo.

—¿Giovanna?

Me levanto, me quito el abrigo y lo dejo sobre el asiento.

El aire fresco acaricia mis hombros desnudos.

Empiezo a caminar hacia la pista, siguiendo el ritmo de la música.

Solo unos pasos, hasta que giro la cabeza por encima del hombro y lo miro.

Lorenzo sigue sentado, sin quitar sus ojos encima de mí. Entonces, extiendo una mano.

No digo una sola palabra, no hace falta, porque él se pone de pie inmediatamente.

No debería sentirme tan satisfecha por esto.

Lo veo acercarse entre las luces opacas del local. Cuando llega a mi lado, coloca una mano en mi cintura, luego la otra. Mi respiración se corta ante su toque. Esto no se parece en nada a la vez que habíamos bailado en Florencia.

Aquí, solo existe la música y él.

Su cercanía, el calor de sus manos y el perfume que parecía perseguirme desde que llegué a California.

Intento concentrarme en la canción, en el baile, pero fracaso.

Lorenzo me hace girar en una vuelta completa y el mundo desaparece durante un segundo.

Cuando vuelvo a encontrar el equilibrio, termino otra vez en sus brazos, mucho más cerca que antes.

Mi corazón golpea con tanta fuerza que comienzo a preguntar si él también puede escucharlo.

—Giovanna.

Su voz baja hasta convertirse en un murmullo. Inclina la cabeza, lo suficiente para que sus labios queden peligrosamente cerca de mi oído.

—Eres hermosa.

El escalofrío me recorre de pies a cabeza, igual a una descarga eléctrica, como si alguien hubiera olvidado avisarle a mi corazón que debía seguir funcionando con normalidad.

Pero claramente, nadie se lo había dicho.