Capítulo 11
N o he podido despegar los ojos de los dígitos en la pantalla de mi teléfono desde la charla con Katherine. La conversación sigue dando vueltas en mi cabeza como una canción imposible de apagar.
«Has reducido tu mundo a este lugar».
«Te he visto dejar de vivir poco a poco».
Cierro los ojos con firmeza.
Odio admitirlo, pero cada una de sus palabras ha encontrado el punto exacto al que dar dentro de mí.
El reloj marca la medianoche. Ha buscado la diferencia horaria con California al menos cuatro veces durante la última media hora, como si la respuesta en internet cambiara por arte de magia para darme una excusa para no hacer la llamada.
Una llamada, Giovanna.
No puede ser tan difícil.
El teléfono sigue en mis manos, lo giro una vez y luego otra. Mis dedos rozan el nombre guardado en la pantalla.
Lorenzo Moretti.
¿Podría llamarlo después de rechazarlo? ¿Aun cuando le dije que no pensaba ir? ¿Qué se supone que debo decir cuándo conteste?
«Hola, cambié de opinión.»
Me cubro el rostro con una mano. También existe la posibilidad de que no conteste, podría estar ocupado para perder su tiempo en una simple llamada. Y si respondiera, quizá se reiría de mí.
—Maldición.
O Quizás solo debo hacer esa jodida llamada de una vez por todas.
Antes de poder arrepentirme, presiono el botón de llamada. Mi corazón comienza a latir con fuerza, y siento como cada segundo parece volverse eterno. El teléfono apenas llega a alcanzar el primer tono.
—Giovanna.
Su voz llega tan rápido que por un instante olvido respirar.
—Lorenzo —pronuncio, pero escucho varias voces de fondo—. ¿Te interrumpo? Si estás ocupado puedo llamarte después.
—No te preocupes.
El ruido disminuye, como si se hubiera apartado del resto.
—Acabo de salir de una reunión, por eso el ruido. —Un silencio breve se interpone entre nosotros antes de que él vuelva a hablar—. ¿Cómo has estado?
Bajo la mirada hacia mis pies.
¿Debo decirle cómo he pasado la última semana?
—Bien —miento—. ¿Y tú?
—Bien, pero bastante ocupado estos días. —Noto que dice la verdad por lo rasposo de su garganta, seguramente por no dormir bien—. Me alegra que hayas llamado. Te habría contactado antes, pero no he tenido tiempo para nada.
—Lo entiendo.
—Si me hablas por la reseña del Monroe, necesitaré algunas semanas más para ello.
—No te llamo por eso.
Me percato de que, en mi plena ansiedad, lo interrumpo. No hay tiempo para apenarme, mucho menos cuando él retoma la conversación.
—Entonces, ¿por qué me llamas?
Aprieto el teléfono contra mi oído.
Es ahora o nunca.
—Acepto.
—¿Qué…?
—La competencia. —Mi corazón late con fuerza, y estoy segura de que en poco tiempo perderé la voz—. Acepto ir a California.
No hay respuesta inmediata, solo su silencio, que dura pocos segundos antes de escuchar su risa. Solo que esta no es de burla, sino de alivio.
—No lo malinterpretes, Giovanna. Joder, no sabes cuánto me emociona escuchar eso.
Ruedo los ojos, imaginando la sonrisa que debe tener ahora.
Y eso no ayuda en absoluto.
—Pero tengo una condición —sentencio, antes de tomar aire y fijar la vista hacia la pared—, no cocinaré sola. Si voy a California, lo haré con mi equipo. Todos y cada uno de ellos. Sin excepciones.
Espero un no por respuesta, algún argumento o explicación sobre reglamentos que seguir. Algo . Lo que sea para hacerme retroceder. Pero igual que desde que lo conocí, Lorenzo Moretti vuelve a sorprenderme.
—Si hubieras aceptado dejar atrás a tu equipo, me hubiera decepcionado mucho.
Parpadeo.
—¿Eso significa…?
—Que no hay ningún problema. —Me levanto de golpe—. Puedes llevar a cuantas personas quieras. Yo me ocuparé de comprar los tiquetes de avión.
—¿Así de simple?
Reímos a la par.
—Así de simple.
Me permito respirar con tranquilidad. La pesadez en mi cuerpo desaparece, dejando en claro que el peso que había cargado ya no era más que un fantasma.
Escucho el sonido de papeles moverse del otro lado de la línea.
—Ahora, solo debes preocuparte por armar tu maleta.
∞∞∞
—¡No puedo creer que voy a Estados Unidos!
La voz de Marco se escucha en toda la terminal. Varias personas giran para mirarlo con mala cara, pero a él no parece importarle.
—¡Estados Unidos!
—Baja la voz o nos van a negar el acceso antes de despegar… —murmura Rodolfo a su lado.
No puedo evitar reír.
Nos encontramos en la fila para ingresar a la sala de embarque. Todo a mi alrededor sigue pareciendo irreal, tal vez porque hace dos días conté la verdad. Todavía puedo recordar las caras que pusieron.
Primero de sorpresa, luego de horror, y finalmente de indignación.
«¿¡Rechazaste una competencia Michelin!?»
En ese entonces, Marco casi se había atragantado con el café de las mañanas, mientras que Rodolfo me había llamado loca sin el menor remordimiento.
Kevin, en cambio, se había quedado mudo, sin saber muy bien qué decir.
[4] Después llegaron las disculpas, en especial cuando les expliqué que sí iríamos.
Todos juntos y sin excepciones. Desde entonces parecía que ninguno había vuelto a tocar el suelo.
—Chef.
La voz de Kevin me devuelve al presente. Camina a mi lado sujetando con fuerza la tira de su abrigo.
—¿Sabe cuánto dura exactamente el vuelo?
—Muchas horas —responde Rodolfo antes de poder hacerlo.
Kevin palidece.
—¿Muchas cuántas?
—Las suficientes para que dejes de pensar en eso.
—No me ayuda.
Rodolfo ríe, pasando un brazo por el hombro a Kev.
—Hombre, que no pasará nada.
—Pues eso también dijeron sobre el Titanic, y mira cómo terminó.
Marco estalla en carcajadas. Kevin lo mira con cara de enfado, luego se encoge de hombros.
—Solo digo que las estadísticas existen por algo.
—¿Las mismas estadísticas que dicen que tienes más probabilidades de morir cruzando la calle?
—Tú…
Ahora soy yo quien termina por soltar varias carcajadas.
Incluso Stephannie tiene que cubrirse la boca para ocultar una sonrisa.
La fila avanza y vuelvo la vista hacia atrás.
Mamá y Katherine siguen allí, observando, como si quisieran asegurarse de que realmente suba a ese avión.
Me acerco una última vez, y Katherine es la primera en abrazarme.
Sus brazos, a pesar de su edad, siguen siendo fuertes y cálidos como la primera vez.
—Lo harás increíble. —Se separa unos centímetros—. Pase lo que pase, florecilla, estoy orgullosa de ti.
—Gracias.
Mamá es la siguiente en envolverme en sus brazos, muchísimo más fuerte de lo necesario.
—Metí una mermelada extra en tu maleta. Prométeme que comerás sin falta y estarás bien.
—Lo estaré —prometo, con una sonrisa—. Gracias, mamá.
—Dios, California está tan lejos y…
La abrazo otra vez antes de que se eche a llorar. Espero que no pase mucho tiempo antes de volvernos a ver.
—Yo me encargaré de cuidarla, la pasaremos muy bien. —Mi amiga sonríe mientras señala la fila—. Pero si no te mueves ahora mismo, perderemos el vuelo.
Asiento y me acerco a la fila. Intento ignorar el nudo que amenaza con cerrar mi garganta. Antes de cruzar, giro la cabeza y levanta la mano. Mamá y Katherine responden al gesto.
Luego me volteo de vuelta, y junto a Steph atravieso el control policial. No me detengo a mirar atrás, porque si lo hago, probablemente no pueda seguir caminando.
Una vez dentro del avión, y que todos los demás ocuparan sus asientos, me permito poner mi atención en la pista. Cuando las ruedas abandonan el suelo, puedo ver como la ciudad poco a poco comienza a alejarse. Eso, y todas las emociones en mi interior.
Miedo, expectativa y esperanza.
Una mezcla audaz de aquellas tres.
Florencia se vuelve cada vez más pequeña bajo las nubes. No sé qué me espera al llegar, si ganaré la competencia o si el Monroe seguirá en pie cuando regrese. No sé si estoy tomando la decisión correcta, pero esta vez, prefiero no saberlo todo.
Apoyo la frente contra la ventanilla. Pienso en mamá, en Katherine, en mis compañeros a mi lado y en mi mejor amiga. Hasta que, inevitablemente, pienso también en él.
Lorenzo Moretti.
En cómo, durante tanto tiempo, creí que avanzar significaba aferrarme con mayor fuerza a lo que ya tenía.
Podía estar equivocada, porque quizás avanzar también significaba soltar.
Trago saliva y cierro los ojos. El avión sigue elevándose, y en lo que dejo atrás la ciudad que ha sido mi mundo los últimos años, la idea de que tal vez Katherine tiene razón se incrusta en mi pecho.
Tal vez llevaba demasiado tiempo sobreviviendo a mi manera.
Y quizás, solo quizás, este viaje sea la oportunidad perfecta de vivir mi vida de una vez por todas.