Capítulo 10 #2
—¿Sabes cuántos chefs matarían por esa invitación? ¿Sabes cuántos pasaron años enteros esperando una oportunidad semejante?
—No se trata de eso, la verdad no me…
—Entonces dime de qué se trata.
Siento la presión creciendo dentro de mi pecho.
—Se trata del Monroe.
—No. —Su voz es firme, más de lo habitual—. Se trata de ti.
—Mi sueño está aquí.
—No, Giovanna. —Se inclina hacia delante—. Tu sueño no es este restaurante. Tu sueño es cocinar, y alguien te ofreció una oportunidad que podría cambiar tu vida.
—No necesito cambiar mi vida.
—¿Estás segura?
Quiero hablar, refutar, pero no sale nada de mi boca.
—Estás sacrificando tu futuro por un restaurante, aferrándote a un negocio del que no te beneficias desde hace años y que solo está logrando que te estanques hasta lo más hondo.
—No estoy estancada.
—¿No? —Vuelve a recostarse en la silla—.
Dime cuándo fue la última vez que hiciste algo por ti.
—Agacho la mirada hacia la copa, como si aquel objeto pudiera susurrarme alguna respuesta—.
Trabajar, eso es lo único que has hecho por ti desde que te conocí, Giovanna.
Al principio me alegré de haber encontrado una persona con tanta responsabilidad para el Monroe, pero luego de los años y de verte sumisa ante su cocina, no sabes el dolor que sentí. Siento culpa, Giovanna.
—Yo elegí esto, no tienes la culpa de nada. Nadie me obligó a aceptar tu propuesta, y no me arrepiento.
¿Cómo podría arrepentirme? Si Katherine Monroe no hubiera aparecido esa vez, ahora mismo no sé qué sería de mí. Me siento igual que el cristal de la copa siendo presionado por mis manos, estaba a punto de explotar.
Es entonces cuando reviento.
Y no me importa romperme en mil pedazos.
—¿Quieres que te explique lo que pienso?
Pues bien. ¿Pero… es que no está claro? ¿No es obvio que este restaurante es lo único que tengo?
¿Que si el Monroe desaparece, también desaparece la única cosa que he construido en mi vida?
—Ella me escucha, en absoluto silencio—.
Aquí están mis amigos. Rodolfo, Kevin, Marco.
Aquí estás tú. Todo lo que importa para mí está entre estas paredes.
—Y ese es exactamente el problema.
Me detengo y la miro.
—Has reducido tu mundo a este lugar. Llevo años observándote, escondiendo secretos a tu madre sobre tu obsesión enfermiza en este sitio.
Giovanna, te he visto entrar antes que todos y de la misma manera salir después que todos.
Te he visto cancelar vacaciones. Te he visto cancelar oportunidades.
—Cada palabra consigue dar justo donde pretende—.
Y también te he visto dejar de vivir poco a poco.
—No es sencillo.
—Claro que no es sencillo, florecilla. Las cosas importantes nunca lo son.
Me levanto de la silla, necesito moverme y un poco de aire. Hace mucho tiempo que no me siento así.
Suelto una risa amarga.
—Tengo miedo. Cada vez que pienso en California, que veo ese papel, siento que me voy a equivocar. No sé si soy lo suficiente buena para competir contra chefs de verdad.
Desvío la mirada, porque odio admitirlo.
—Cualquiera tendría miedo, por supuesto que sí.
Es lo más normal del mundo, pero eres más capaz y fuerte de lo que te imaginas.
—Se levanta y camina alrededor de la mesa hasta detenerse frente a mí—.
Giovanna, nadie llega a la cima sin fracasar unas cuantas veces en el camino.
¿Sabes qué veo cuando te miro? —niego con la cabeza, ella levanta las comisuras—.
Veo a una mujer que lleva años escondiéndose detrás de una cocina porque es el único lugar donde se siente segura.
Veo a una chef extraordinaria que ha convencido a todo el mundo de su talento, menos a ella misma.
Y lo más importante, veo a una mujer que acaba de rechazar la oportunidad más grande de su vida porque le aterra descubrir hasta dónde podría llegar si realmente lo intentara.
Siento como mis ojos arden e intento reprimir sin mucho éxito algunas lágrimas.
Cómo odio cuando tiene razón.
—¿Qué pasa si fracaso? ¿Si no logro ganar? —Muerdo mis labios—. No quiero perder el Monroe.
Katherine suelta un suspiro y quita de mis mejillas un par de lágrimas.
—Pequeña, si el Monroe depende únicamente de que tú renuncies a tus sueños, entonces este restaurante estaba condenado desde el principio.
Aparto la vista y mis ojos caen en las luces apagadas del salón, las mesas vacías y las sillas acomodadas a la perfección. He pasado tantos años dentro de este lugar que ya no puedo imaginar una vida fuera. El Monroe es mi hogar, pero tal vez nunca debió convertirse en mi mundo entero.
—¿Cuándo debes responder?
—En tres días.
—Aún te queda tiempo, tres días son suficientes para dejar de pensar como empleada, y pensar como la chef que eres.
Bajo la vista hacia la copa en la mesa en el momento en que todo vuelve a mezclarse dentro de mi cabeza.
—¿Y si ya es demasiado tarde?
—Cariño, algo me dice que los hombres como Lorenzo Moretti no entregan invitaciones así para olvidarlas una semana después —asegura con confianza y una mirada pícara—. Piensa bien lo que vas a hacer. Cual sea tu decisión, cuentas conmigo.
Asiento despacio.
Quizás, solo quizás, ya no estoy pensando en todas las razones para quedarme.
Sino en todas las razones para irme.