Pruébame y Sedúceme Capítulo 10
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Capítulo 10

S tephannie se había propuesto a impedir que pensara demasiado o que terminara sumida por completo en el trabajo.

Para ella, el estar a mi lado se le da con facilidad.

Todas y cada una de las mañanas siguientes desde que Lorenzo se fue, me obligó a salir a desayunar juntas antes de ir al Monroe.

Algunas tardes al salir del trabajo me había arrastrado a una librería con la excusa de querer comprarse el último libro de L.

M. R. Bello, la autora de romance de la que toda Florencia estaba hablando por su último lanzamiento de la mafia rusa.

Pero claro, no todo había terminado ahí.

Había aparecido en mi departamento un sábado con comida para llevar y la excusa de que aquella solamente se podía disfrutar con una buena película.

En su momento solté un suspiro y sonreí para mis adentros al verla esforzarse, aunque no sabía por qué con exactitud.

La película no había durado mucho, no cuando ambas terminamos dormidas en el sofá.

Steph tiene buen sueño, me queda claro cuando me despierto y me quedo con la mirada fija en el techo, divagando. Ella dice que necesito una vida social, a lo cual yo le recrimino que no tengo tiempo.

Ninguna le cree a la otra.

Ni siquiera yo me creo a mí misma.

«Solo debes aguantar».

Me repito una y otra vez la frase. Solo debo aguantar, sonreír y tratar de no preocupar a nadie más de lo necesario.

Ir al trabajo como de costumbre, cocinar y despachar platos y, en cuanto volviera a casa, todo volvería a ser igual.

Casi de rutina, abro el cajón de mi mesa de noche y saco el sobre que lleva consigo el motivo del tormento de la última semana.

Me quedo ahí, observándolo hasta volver a tropiezos a la realidad.

California.

La carta permanece intacta después de una semana, pero el tiempo sigue avanzando. Mis ojos se fijan en la fecha límite para confirmar mi participación.

Tres días.

Tres.

El simple hecho de pensar en ello hace que sienta una presión agobiante en todo mi cuerpo. Como si mi propio ser fuera consciente de la puerta que está cerrándose con lentitud frente a mí. Solo yo soy la responsable.

Suspiro y dejo la carta en el mismo sitio.

Además de eso, la reseña del Monroe sigue sin aparecer en los foros y periódicos. Rodolfo, Marco y Kevin se encargaron de comprar uno cada día con la esperanza de ver aquellas líneas. Pero en todas esas veces, no hubo éxito. Lo cual tampoco ayuda.

Es increíble cómo los días pasan y con ello, ninguna noticia. Ni buena ni mala. Solo un silencio constante, algo mucho peor que pensar demasiado. Y por si no fuera suficiente para aumentar mi ansiedad, un mensaje de Katherine me llegó la noche anterior.

«Estaré mañana en Florencia, te espero a la noche en el Monroe».

Breve y directo, nada más. Sin explicaciones, contexto o siquiera un saludo. No me incomodó, no al saber que aquello es típico de ella.

Miro el reloj mientras termino de colocarme el abrigo. Últimamente hace más frío de lo normal, o puede que sea una mala pasada de mi imaginación.

—Bien, Giovanna —me murmuro a mí misma frente al espejo antes de salir—. Llegó el momento.

No me preparé porque algo malo fuese a pasar, no, muy al contrario. Me preparé porque, si algo sé sobre Katherine Monroe, es que jamás hace una sola pregunta.

Jamás.

∞∞∞

Llegué a la hora acordada.

La persiana principal permanece cerrada, tal y como me había indicado ella, quien había usado sus propias llaves para abrir antes de mi llegada. Empujo la puerta lateral sin seguro, y entro.

—¡Florecilla!

No tengo tiempo de reaccionar porque aparece de la nada y me envuelve en un cálido abrazo.

—Hola, Katherine.

—Dios mío, no sabes lo mucho que he extrañado Florencia. —Se aparta lo suficiente para mirarme—. No tienes idea de lo ruidoso que es Estados Unidos.

Asiento.

«Lo ruidoso que es Estados Unidos».

Suelto una risa, y sin poder evitarlo, pienso en Lorenzo.

Es extraño, no me imagino cómo alguien como él puede preferir el caos constante antes que la calma. Aunque, quizá, debo definir lo que es la calma para mí.

—Ven, pequeña.

Katherine me toma del brazo y me guía a una de las mesas. Mis ojos miran la botella de vino sobre esta, junto a las dos copas. Ambas nos sentamos y no pierde tiempo en servir.

—¿Es seguro beber después de tus exámenes médicos?

Ella alza una ceja.

—Me falta poco para morir igualmente.

Me quedo inmóvil, oyéndola soltar una carcajada.

—Oh, por favor, no pongas esa cara. —Sus dedos me señalan—. Todavía me quedan varios años, Giovanna. No me moriré tan fácil.

Tomo la copa para darle un trago.

—Ahora sí —murmura y se acomoda en la silla—. Cuéntamelo todo.

—¿Todo qué?

—Vamos, pequeña. Cómo has estado estas semanas, qué has hecho, cómo sigue tu madre y por supuesto, ¿cómo fue la semana con el crítico?

—Eso no es una pregunta, Katherine.

—Claro que sí.

—Son como diez preguntas.

—Y recién estamos empezando. —Guiña el ojo.

Niego con la cabeza mientras doy otro sorbo al vino. Nada ha cambiado. Katherine Monroe sigue siendo la misma de siempre.

—Mamá está bien, fui a verla hace unos días. Sigue empeñada en que adopte una mascota.

—Tu madre es una mujer inteligente.

—No voy a adoptar a una mascota.

—Sigues diciendo lo mismo desde hace tres años, querida.

—Y seguiré pensando igual.

La mujer se encoge de hombros.

—Ya veremos.

Resoplo.

Aunque me alegra el hecho de verla, no me gusta que toda la atención se centre en mí.

—¿Y tú? ¿Cómo te encuentras?

La veo hacer una mueca.

—Sigo viva. —Ruedo los ojos, y ella sonríe satisfecha—. Los médicos siguen siendo unos pesimistas, pero el diagnóstico fue positivo, así que supongo que eso significa que todavía me quedan varios años para molestarte.

—Es un alivio.

—Lo dices con demasiado entusiasmo.

Muevo mis dedos sobre la copa.

—Es la verdad.

Su sonrisa se vuelve más suave.

Ella, a pesar de su mayoría de edad, no deja de luchar por su vida.

Incluso cuando los médicos le diagnosticaron con indicios de cáncer de garganta a una edad muy avanzada, nunca había dejado de sonreír.

He estado en algunos de sus procesos, acompañándola en las quimios, hasta en el centro comercial a por una peluca.

Ahora, después de tanto tiempo, no dejo de pensar en dos cosas.

¿Cómo es posible que la vida se reduzca tan rápido? ¿Por qué nadie ha ido a verla?

Estoy segura de que Katherine Monroe es madre, pero nada más.

—¿Qué hay del crítico?

Parpadeo varias veces.

La pregunta inevitable de la noche, y la que había tratado de evitar a toda costa.

—No hay mucho que contar.

—Yo creo que sí.

Me tomo varios segundos para terminar la copa antes de responder.

—Le cociné y llevé a recorrer Florencia, tal y como me dijiste.

Por momentos nos quedamos en silencio. Katherine bebe de su copa sin decir una sola palabra, y yo aprovecho de volver a llenar la mía.

—Bueno, esperemos que la reseña sea buena.

—Eso espero también.

Los recuerdos de los últimos meses y años regresan, y sin poder evitarlo, pregunto:

—¿Piensas decirles a los chicos sobre el restaurante?

La pregunta queda ahí, en medio de nosotras. Katherine gira lento la copa entre sus dedos.

—Cariño, no creo que sean tan bobos como para no saber ya lo que está pasando.

Me quedo callada. Tiene razón, vaya que la tiene.

Marco no es tonto, Rodolfo mucho menos. Y aunque Kevin puede parecer distraído, es observador. Todos saben lo que está pasando.

Quizá no los detalles y las cifras exactas, pero sí que el Monroe se está hundiendo poco a poco.

—Algo deben sospechar —continúa Katherine—. Y si las cosas siguen yendo mal después de esta reseña, se los diré personalmente. Te lo prometo.

Tomo vino en un intento por relajarme, pero no funciona. La simple idea lleva rondando mi cabeza. Las mismas ideas que me incomodan, asustan y no dejan de aparecer cada vez que miro aquella carta.

¿Y si existiera una forma de evitarlo?

¿Y si en realidad hubiera una manera de salvar el Monroe?

¿Y si Lorenzo tiene razón?

Aprieto la copa, y tomo aire antes de mirar a los ojos a la mujer frente a mí.

—Katherine.

—¿Hm?

—Hay algo más que no te he contado.

La mujer alza una ceja, sorprendida. No habla, dándome vía libre para seguir.

—Antes de irse, Lorenzo Moretti me dio una invitación.

Ella frunce el ceño.

—¿Qué clase de invitación?

Trago saliva. La acidez se presenta en mi garganta gracias a los nervios.

—Una competencia gastronómica —suelto—, con invitados especiales de Michelin.

El silencio se vuelve tan profundo que durante varios segundos me pregunto si cometí un error al decirlo.

—¿Una… qué?

—Una competencia internacional, en California.

—¿Y representantes de Michelin estarán presentes?

—Sí.

Ella parpadea varias veces. Y antes de poder descifrarlo, una sonrisa aparece en su rostro.

—¡Esa es una noticia magnífica!

La emoción en su voz es tan genuina que me asombra.

—Eso significa que…

—La rechacé.

Su sonrisa desaparece por completo. Katherine vuelve a quedarse quieta como piedra, da un sorbo a su copa y la deja sobre la mesa en un toque seco.

—Creo que no te escuché bien, florecilla.

Maldición.

—Katherine.

—Repítelo.

—No acepté la invitación.

—No.

—Sí.

—No. —La observo confundida. Ella me señala—. Porque estoy completamente segura de que no existe forma alguna de que te hayan invitado a una competencia como ésta y tú lo hayas rechazado.

Abro la boca.

—Yo…

—No, espera —bufa y levanta una mano—. Déjame procesarlo.

La veo cerrar los ojos, luego abrirlos.

—Bien. Ahora explícame por qué cometiste semejante estupidez.

—No podía ir.

—¿Por qué?

—Porque no puedo dejar sola la cocina, el Monroe me necesita. —Su expresión no cambia ni un poco, yo prosigo—. No puedo desaparecer durante días e irme a otro país mientras el restaurante se cae en pedazos por las deudas. No sería sensato de mi parte.

Katherine sigue observándome, y cuanto más silencio guarda, peor me siento.

—¿Eso es todo?

Frunzo el ceño.

—¿Te parece poco?

—Sí —contesta, lista para dejarme sin palabras—. Como escuchaste, me parece poco.

—Katherine.