Capítulo 9
N o estoy de humor, y aunque todos parecen notarlo, nadie dice nada. Había llegado temprano a la cocina y pasado las primeras horas con la mirada fija en mis manos. Al menos hasta que entraron Rodolfo y Marco por la puerta de la cocina.
—Ey, buen día.
Marco, el más joven de los cocineros, pasa por mi lado y me da un beso en la mejilla a modo de saludo. Rodolfo se coloca el delantal, encendiendo la cocina para empezar a preparar varios caldos que nos servirían para las pastas y otros platillos.
—¿Es cierto que ese hombre se va del país?
Miro a Rodo enseguida y antes de que le pueda preguntar cómo se enteró, me responde.
—Hoy se cumple la semana desde que llegó aquí, así que lo supuse.
Una semana desde que Lorenzo Moretti llegó a Florencia.
¿Tan rápido ha pasado el tiempo?
—¿Cuándo crees que suba la reseña? —Marco se encuentra picando varias cebolletas.
Su reseña del Monroe, más esperada por nosotros que por sus seguidores y revistas gastronómicas. Ni siquiera la habíamos mencionado las veces que nos vimos, ¿cuándo la haría? No tengo ni la más pálida idea.
—Seguramente unas semanas después, como todos los críticos.
Muevo mis dedos.
—Sería perfecto si nos diera una buena calificación, además, los platos que preparamos fueron excelentes. —Ladea el rostro—. Sin contar que le ayudaste con esa cosa de la guía turística.
—Igual no nos garantiza nada. —Esta vez, Rodolfo es quien suelta un suspiro—. Solo nos queda esperar.
Esperar.
Desgraciadamente, lo menos que tenemos es tiempo. Apenas podemos mantener el servicio nosotros tres en la cocina, sin contar los turnos rotativos de la barra. La única salvación sería tener una buena reseña, no hay de otra.
Sino sería nuestro fin.
Pero Rodo tenía razón en algo, la decisión final no la tenemos ninguno de nosotros, todo recae en las manos de Moretti.
Muerdo mis labios sin importar que pueda dejar una marca.
Experimento tanto la rabia como la vergüenza.
Una contradicción constante que no puedo dejar ir de mi pecho.
¿Qué me ha pasado ayer? ¿Cómo carajos pude caer en mis deseos más bajos?
Hacía mucho que no me masturbaba, para mí, el placer no es algo necesario o infaltable. Podría estar los 365 días del año sin sexo y estar como si nada. No me hace falta, mucho menos estoy deseosa de él.
¿Entonces por qué pasó eso ayer?
La molestia hacia mí misma por no poder controlarme es mucho más fuerte. Kevin es el último en entrar por la puerta y me sonríe, dejando una comanda a mi lado. No me molesto en preguntar por qué ha llegado tarde, ya en él es costumbre.
Despierta, Giovanna.
Hay algo más importante justo en tus manos. Tomo una bocanada de aire y miro a los chicos.
—Pasta negra con crema bechamel y hongos chitake. Como entrada, papas bravas con base de manteca, ajo y perejil.
No sé quién carajos podría desayunar un plato como este tan temprano, pero todos comenzamos a trabajar, y las comandas siguieron una tras otra.
—Un poco de pimienta le vendría bien. ¡Marco! ¡Cuidado con pasar de más los mariscos!
El servicio continúa, los platos salen uno tras otros y ya no existe nada más, solo la cocina del Monroe.
—¡La mesa siete está lista!
—¡Rodolfo, necesito esos raviolis ya!
Respiro hondo y cierro los ojos.
Soy Giovanna Greco, la jodida chef de este restaurante, y no puedo dejarme vencer. Ni siquiera por el cansancio.
—¡Vamos, chicos, más rápido!
El desayuno y almuerzo avanzan mejor de lo que esperaba. Unas cuantas mesas están ocupadas pese a ser inicio de semana, y eso me alivia y preocupa a partes iguales, mucho más de lo que quiero admitir.
—Chef.
Levanto la vista hacia Kevin, que acaba de entrar en la cocina.
—¿Qué pasa?
—La están buscando.
—¿Un cliente? —pregunto, sin dejar de decorar un plato.
—Lorenzo Moretti.
Me detengo al instante.
«Iré mañana a despedirme.»
Sus palabras aparecen en perfecto estado en mi mente, junto al hecho de que vendría antes de irse. Trago saliva y aparto mis manos del plato.
—Rodolfo, ¿podrías ayudarme con esto?
Salgo de la cocina junto a Kevin.
—¿Dónde está?
—Esperando afuera.
Asiento y atravieso el restaurante con el delantal puesto. Al salir, el aire frío me hace cruzarme de brazos. No ha sido buena idea salir sin abrigo. Sin embargo, ahí está.
Incluso ahora, en medio de la oscuridad, logra verse ridículamente bien.
Su sonrisa aparece de inmediato al verme.
—Giovanna.
—Lorenzo.
Mi voz es seca, quizá porque todavía no logro mirarlo sin recordar lo que pasó anoche en mi habitación.
—No tengo mucho tiempo. —Se mete una mano dentro del bolsillo de su saco—. Debo irme en pocas horas, pero antes quería darte esto.
Extiende un sobre hacia mí y arrugo el entrecejo sin tomarlo.
—Si es dinero, no hace falta, no aceptamos sobornos.
Una risa escapa de sus labios.
—No es eso.
Dudo antes de agarrarlo. El papel toca mis dedos, y abro el sobre con cuidado. Mis ojos recorren el encabezado, y al momento de leerlo, me quedo quieta.
Esto…
El sello Michelin brilla en la esquina superior de la hoja.
—¿Qué es esto? —Me quedo sin palabras, pero no me detengo en seguir leyendo—. No es posible.
Levanto la cabeza de golpe.
En mis manos no hay nada más ni nada menos que una invitación para la próxima competencia gastronómica a realizarse en California, Estados Unidos.
—Esto está mal, nosotros nunca nos postulamos.
Lorenzo me observa, y entonces comprendo.
—Tú nos postulaste… —susurro.
—Como jurado, tengo derecho a recomendar a un candidato.
Y el Monroe me pareció el indicado. —Mi corazón late sin freno, desbocado como un corcel—.
Es una oportunidad importante, Giovanna.
Tanto para el Monroe como para ti. Incluso si no llegas a ganar, el simple hecho de estar en la competencia podrá abrirte muchas puertas.
Vuelvo a bajar la vista hacia la carta. California.
La oportunidad única de participar en un concurso tan importante, y las posibilidades de que el Monroe salga victorioso.
Por un instante puedo imaginarlo con claridad.
El restaurante lleno otra vez, Katherine sonriendo y sin tanto peso encima, y nosotros respirando tranquilos después de años.
Pero la sensación dura poco en cuanto la realidad vuelve a caer encima.
No puedo irme, mucho menos abandonar esta cocina justo ahora. Aprieto el sobre entre mis dedos.
—Lorenzo, de verdad te lo agradezco… —murmuro, dolorida por como sus cejas se fruncen—. Pero no puedo aceptarlo.
—¿Por qué?
¿Es una broma? ¿En serio debo decírselo?
Suelto una risa carente de humor.
—No puedo dejar sola la cocina, el Monroe apenas se mantiene en pie. —El viento frío hace que vuelva a cruzarme de brazos—. No pienso desaparecer días enteros e ir a otro país y dejar que todo se caiga a pedazos aquí. El restaurante me necesita.
El rubio guarda silencio. Eso es mucho más incómodo que alguna respuesta.
—¿Podrías pensarlo mejor?
—Ya pensé lo suficiente.
—No, no lo has hecho —insiste—. No debes preocuparte por gastos, todo estará pago. Vuelo, hotel, incluso la estadía. No tendrías que preocuparte por nada.
Bufo.
Si tan solo entendiera que el dinero no es el problema.
¿Cómo podría saberlo él?
—Igual, no puedo.
Lorenzo baja la mirada y asiente despacio. No parece molesto, solo decepcionado. Mira su reloj y suspira antes de volver a mí.
—Debo irme, ya es tarde.
Afirmo con la cabeza, supuse que diría eso.
—Buen viaje, entonces —carraspeo—. Espero que tu estancia en Florencia haya sido agradable.
—Lo fue, mucho más de lo que esperaba.
Mi pecho se contrae de manera absurda.
El ruido lejano de la ciudad llena el silencio entre nosotros.
—Supongo que aquí termina todo.
—Supongo.
Una sonrisa melancólica deslumbra su rostro, como si creyera que no me percato de lo que esconde.
—Aun así, espero que puedas pensar en lo de California.
—Veré qué puedo hacer.
Bajo la mirada hacia el sobre que todavía sostengo entre mis manos. No me gusta mentir en su cara, pero no tengo de otra.
—Adiós, Giovanna.
—Adiós, Lorenzo.
Estoy preparada para verlo irse, de verdad lo estoy. Pero entonces él se acerca, inclina su rostro hasta el mío y siento sus labios rozar mi mejilla. El perfume de Lorenzo invade mis sentidos, y mi corazón golpea tan fuerte que tengo miedo de que él pueda escucharlo.
Cuando se separa, sus ojos permanecen sobre los míos.
—Cuídate.
Lo observo caminar hacia su auto. No me muevo ni un centímetro, solo hasta que escucho el motor encenderse y el auto desaparece por las calles, suelto una bocanada de aire.
—¡Chef! —Parpadeo varias veces al escuchar la voz de Kevin—. ¿Todo bien?
—Sí, claro —miento.
El camarero mira el sobre en mis manos con curiosidad, pero no soy capaz de decirle algo.
—Necesitan de su ayuda en la cocina.
Regreso al interior del Monroe, dándome cuenta de que algo se siente distinto.
Tal vez porque Lorenzo ya no está en Florencia.
O tal vez, porque por primera vez en tantos años, había sentido cómo era ser vista más allá de la cocina.
Guardo el sobre dentro del bolsillo de mi delantal justo en el momento en que vuelvo junto a los chicos.
—¿Qué tal te fue? ¿Bien? —pregunta Rodolfo, moviendo una sartén.
Asiento, aunque ni yo misma sé qué estaba bien o mal.
—Sí, solo… sigamos con el trabajo.
Cuando cerramos la cocina, Marco es el primero en despedirse, seguido de Kevin y por último Rodo.
—Descansa un poco —aconseja.
—Lo intentaré.
Espero hasta quedarme completamente sola antes de sacar otra vez el sobre.
California .
Paso los dedos por el sello Michelin, sintiendo un vacío en el pecho. Lorenzo realmente creyó que yo podía lograr algo así, pero lo había defraudado.
¿Cómo puedo abandonar el restaurante ahora?
Suelto un suspiro y vuelvo a guardarlo.
Minutos después, termino caminando rumbo a casa con el frío de la noche acompañándome. Durante todo el recorrido, puedo sentir la ciudad más silenciosa.