Capítulo 8
A bro los ojos cerca del mediodía.
Esta vez no me despierta la alarma. El departamento está en silencio, y durante varios segundos me quedo quieta mirando el techo tratando de entender qué demonios debo hacer con tanto tiempo libre.
Stephannie ahora mismo no es una buena idea, menos con todo lo que pasó ayer. Lo menos que quiero son preguntas, solo descansar.
Resoplo y termino levantándome de la cama. Entro al baño, me ducho y dejo que el agua tibia despeje mi mente. Cuando salgo, me visto con el pijama de estar en casa y me voy a preparar el desayuno.
Café, pan y un poco de la mermelada que me traje de casa de mamá.
Me siento frente al televisor con el plato sobre mis piernas, y trato de buscar algo que ver. No tengo suerte. Un programa absurdo llena el lugar de ruido mientras termino de comer. Quiero distraer mi mente para que esta no termine volviendo a lo mismo.
Dios.
Apoyo la cabeza contra el respaldo del sofá y cierro los ojos pocos segundos.
Estar en esta casa desolada es peor de lo que pensaba.
Quizá, tendría que haberle hecho caso a mi madre cuando me dijo que una mascota no sería tan mala, y alegraría mis días.
No he adoptado una porque no me gustaran, sino porque no me apetecía descuidarla por el trabajo. No se lo merecía. Nadie se lo merece.
—Tal vez salir un rato me haría bien.
La idea no es mala. Necesito aire, y algo con lo que distraerme.
Luego de dejar todo limpio y en su lugar, me cambio de ropa. Un vestido azul cielo sencillo, flores blancas y una chaqueta blanca tejida.
—Bueno, a ver cómo nos va —susurro ante el espejo antes de tomar mi bolso.
Florencia está especialmente hermosa hoy domingo.
Eso, y rebosada de turistas y familias atraídas por la melodía de los músicos y el aroma a café.
Camino sin rumbo fijo, me pierdo entre las calles y sonrío al sentir el frescor del viento tocar la piel de mi rostro.
En cierto punto llego a disociarme de la realidad y solo sigo mi instinto, perdiéndome entre callejones llenos de casas de antigüedades.
Suelto un suspiro al salir del callejón, y cuando levanto la vista otra vez, no puedo evitar soltar una risa irónica.
De alguna forma llego al Monroe, casi como si mis pasos hubieran tomado el camino de vuelta a casa. El restaurante luce distinto estando cerrado. Observo las ventanas oscuras y siento mi pecho apretarse.
¿Qué pasará si la situación empeora?
¿Qué será de todos nosotros? ¿De Rodolfo, Kevin, Marco y Katherine?
¿De mí?
Mis ojos se detienen en el letrero del local.
Ahora entiendo la insistencia de Katherine con Lorenzo Moretti. La importancia que había detrás de su petición. Si él hace una buena crítica… tal vez las cosas podrían llegar a mejorar. Quizás el restaurante vuelva a llenarse como antes y las deudas dejarán de perseguirnos.
Aprieto las manos.
Todavía hay esperanzas.
Katherine confía en mí, todos lo hacen. Y no puedo defraudarlos.
Doy una bocanada de aire y me obligo a apartarme de la entrada, necesito seguir el día y no arruinarlo por culpa de mis pensamientos.
Camino unos cuantos pasos cuando el sonido de un motor me hace girar el rostro.
Un Maserati gris se detiene a pocos metros, y mi corazón comienza a latir con ganas antes de que Lorenzo salga del auto.
Lleva puestas gafas de sol y traje negro.
Varias mujeres que pasan por su lado se le quedan mirando.
Dios santo, no las culpo.
Debería ser ilegal verse así un domingo al mediodía.
—Sabes, acabo de recordar que no tengo tu número de teléfono.
Lorenzo se acerca, y una risa amenaza con escaparse de mis labios, pero consigo contenerla.
—¿Qué haces aquí un domingo? —continúo caminando, él no tarda en seguirme—. ¿Pretendes que cocine en mis días libres?
—No exactamente. —Carraspea—. Recién me liberé de mis obligaciones, y lo primero que hice fue venir a verte. —Lo miro de reojo, él sigue luego de aclarar su garganta—. Además, es un buen día para conocer la ciudad, ¿no?
Muerdo el interior de mi mejilla.
Me detengo en seco, y él hace lo mismo.
—Esta vez el recorrido será a pie.
—Encantado.
Seguimos caminando por las calles de Florencia mientras le explico pequeños detalles de algunos edificios por los que pasamos.
Lorenzo escucha con atención. A veces hace preguntas absurdamente específicas, mientras que otras solo observa alrededor como si estuviera tratando de memorizar cada rincón.
Terminamos sentados frente a una heladería pequeña. El aire mueve mi cabello en lo que observo a las familias caminar por la plaza con helados en las manos.
—Entonces… —Apoyo el codo sobre la mesa—. ¿Todo salió bien con tu reunión?
Lorenzo aparta la mirada por un instante.
—Sí, bueno…
Un teléfono vibra antes de que termine la frase. Él frunce el ceño, y saca de los bolsillos de sus pantalones el teléfono antes de ver la pantalla y suspirar.
—¿Me das un minuto?
Asiento, justo antes de que se aleje para contestar. Su voz es baja como para entender algo, por lo que aprovecho el momento para mirar y sonreír hacia un par de niños corriendo. Por momentos estoy así, perdida en mis pensamientos vagos.
—Perdona la molestia.
Parpadeo varias veces cuando vuelve a sentarse frente a mí. Vuelvo en sí al instante, y me enderezo en la silla.
—¿Todo bien?
—Sí.
No parece querer profundizar en eso. Se queda callado y sonríe levemente.
—Quiero mostrarte algo. —Mis ojos se iluminan de curiosidad y él ríe por lo bajo—. Pero necesitaremos el auto.
∞∞∞
Algo me dice que debería ser incómodo estar junto a un hombre a solas en su auto, que debería sentirme tensa junto a él, pero por alguna razón, no me siento para nada así. Recuerdo que es peligroso, pero también trato de no darle tantas vueltas a la situación.
Conecto mi teléfono al sistema del auto luego de decirle a Lorenzo y empiezo a buscar alguna canción hasta que una melodía conocida invade el vehículo.
Él gira el rostro y una risa suave escapa de sus labios.
—Te gusta mucho esta música, ¿no?
La sonrisa crece en mis labios mientras subo el volumen. ¿Debo responder lo que pienso? Muevo mis dedos entre ellos, tratando de calmar los nervios. ¿Por qué estoy así por una simple pregunta?
Trago saliva y miro por la ventana, buscando algún escudo invisible que logre protegerme de lo que sigue.
—La canción me recuerda a alguien.
Puedo ver la mirada de Lorenzo por reflejo en la ventana, sus cejas se arquean sin apartar la vista del camino pero no me atrevo a girarme. La canción continúa sonando y yo termino por relajarme contra el asiento.
—¿A quién?
Abro la boca y cierro los ojos al instante.
Maldición.
No respondo. Decido ignorarlo antes de morir de vergüenza.
Minutos después, el auto disminuye la velocidad frente a un edificio, y siento como mi respiración se detiene al leer el letrero.
Magazine Hotel & Suites .
Siento mi corazón latir con fuerza al ver que Lorenzo baja primero y rodea el vehículo para abrirme la puerta. Lo observo varios minutos antes de aceptar su mano.
¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué estamos aquí?
¿Por qué no soy capaz de preguntarle?
Un botones se acerca y Lorenzo le entrega las llaves del auto y empieza a caminar hacia la entrada.
Yo camino a su lado, tratando de ignorar el ligero temblor de mi cuerpo.
La recepción es enorme. Suelos de mármol claro, lámparas doradas y un leve olor a vainilla flotando en el ambiente.
La recepcionista sonríe cuando el rubio la saluda antes de entrar en el ascensor.
Mi mente empieza a trabajar por sí sola.
¿Y si él me trajo aquí para…?
No, Giovanna, deja de actuar como una adolescente.
Las puertas del ascensor se abren varios pisos después. Avanzo junto a él por el pasillo elegante hasta que se detiene frente a una puerta donde coloca una clave. Cuando abre la puerta, mis ojos no dudan en recorrer lo que están viendo.
La habitación parece un departamento de lujo más que una simple suite. Los ventanales enormes con vista a la ciudad, una sala enorme acompañada de luces cálidas y una cocina moderna al fondo.
—Adelante —señala, ciertamente encantador—. Ponte cómoda.
Siento la sequedad en mi garganta.
Estoy a punto de preguntarle por qué demonios me trajo aquí, pero no me da oportunidad, no cuando se pierde directamente hacia la cocina.
Se quita el chaleco sin prisa y se remanga la camisa negra hasta los antebrazos.
Varios botones se desabotonan por el movimiento, por lo que me encuentro viendo parte de su piel.
Sin dudas, tiene buen cuerpo.
Luego, de la nada, comienza a sacar ingredientes.
Parpadeo confundida.
—¿Qué haces?
Lorenzo levanta la vista mientras toma un cuchillo.
—Cocinar.
Me quedo quieta observándolo. Comienza a picar verduras con precisión.
¿Cocinar?
—¿Qué haces ahí parada? —pregunta divertido—. Siéntate.
Obedezco y tomo asiento frente a la isla de la cocina
—¿Vas a cocinar… para mí?
—Estuve estos dos días practicando algunas cosas, y quería enseñarte —responde, sin dejar de prestar atención a la tabla de picar—. Pero sabía que hacerlo en el Monroe sería imposible, así que te traje aquí.
Trago saliva y bajo la vista a mis manos.
Carajo.
Toda la tensión absurda que había construido en mi cabeza empieza a desarmarse poco a poco. Lorenzo continúa moviéndose por la cocina con tranquilidad.
—¿Y qué estás preparando, exactamente?
Pongo los codos sobre la encimera.
—¿No se supone que los chefs odian que revelen sus platos antes de tiempo?
—Sí, pero tú eres un crítico, no un chef.
La risa que sale de sus labios es baja.
—Soy ambas cosas, pero tomaré eso como un cumplido.
Resoplo y niego mientras lo observo. Sus manos son rápidas y se manejan con facilidad.
—Lo haces muy bien.
Lorenzo deja el cuchillo a un lado y se gira hacia mí.
—Casi todo lo aprendí de mi abuela paterna. Se pasaba la mayoría del tiempo cocinando y obligándome a ayudarla.
—Eso debió ser divertido.
—Más bien traumático.