Capítulo 7
L orenzo no apareció por los siguientes dos días.
El mundo siguió girando sin su presencia. El trabajo en el Monroe, y las comidas siguieron entrando, aunque esta vez la avalancha no había sido tan difícil de detener. Aquel descanso fue suficiente para concentrarme por completo en la cocina.
O al menos, eso intenté.
Cada vez que alguien entra al restaurante, mis ojos terminan yendo hacia la puerta principal. Al final del primer día, comprendí que Lorenzo Moretti probablemente estaba ocupado y que en verdad no vendría.
Me obligué a dejar de pensar en ello. La semana está por acabarse, y no puedo desaprovechar los días de trabajo. Suspiro. Esta mañana llegaron varios sobres, a los cuales no pude evitar echarles un ojo, aunque sé que Katherine terminará regañándome en cualquier momento de su regreso.
Seis meses atrasados de impuestos, con una multa equivalente a diez mil dólares.
¿Qué pasará con el Monroe si esto sigue así?
¿Alguien más sabrá de esto? Estoy segura de que ninguno de mis compañeros están enterados.
Si lo supieran, el terror no tardaría en azotar sus rostros.
Cada uno de ellos tiene sus necesidades y familias a las cuales mantener, y al igual que yo, el restaurante es lo único que tienen.
Guardo el papel en uno de los cajones del escritorio, tratando que aquel quede sepultado en la oscuridad para siempre, mientras rezo porque su existencia sólo se trate de un error o una terrible pesadilla.
Los sábados cerramos temprano, por lo que aprovecho el resto del día para visitar a mamá. Apenas cruzo la puerta principal de la casa, el aroma dulce a frutas llena mi nariz.
La cocina está cálida, llena de vapor y frascos cerrados sobre la encimera.
—Siéntate, te daré tostadas con mermelada.
Sonrío y hago caso a sus palabras.
—¿Es de fresa?
—¿De cuál más iba a ser?
Mi madre, además de tener un talento innato con la mermelada, tiene facilidad para hacerme reír en los peores momentos. Justo lo que necesito. Ella se acerca con la cuchara de madera para darme de probar un poco.
El sabor dulce invade mi boca y gimo de gusto.
—Está increíble, como siempre.
—Claro que está increíble, es mi receta —responde, abordada una falsa arrogancia.
Niego, un poco más animada, y cuando estoy por agregar algo más, el teléfono vibra dentro de los bolsillos de mis pantalones.
Stephannie.
—¿Dónde estás? —pregunta al instante en que atiendo la llamada.
—En casa de mamá.
—Perfecto, entonces iré para allá, pero antes pasaré por ti. Quiero que estés lista en veinte minutos —pide—. No quiero llegar con las manos vacías, así que necesito que me ayudes a comprar algo para cenar.
Antes de que pueda contestar, cuelga la llamada.
Bufo mientras guardo el teléfono.
—¿Problemas? —consulta mamá, dejando el plato de pan junto al tarro de mermelada en la mesa.
—Peor, Stephannie.
Y eso basta para hacerla reír.
∞∞∞
Media hora más tarde camino junto a mi amiga entre los pasillos de un supermercado. Ella va delante de mí, hablando sobre algo relacionado con uno de los hoteles de su padre. Por desgracia, mi mente está dispersa como para seguirle el ritmo por completo.
—Giovanna.
Parpadeo varias veces y levanto la cabeza. Steph me observa desde el otro lado del carrito con los brazos cruzados.
—¿Qué?
—Eso mismo iba a preguntarte yo. Llevo hablando sola casi diez minutos —refunfuña en lo que toma algo de la estantería y lo deja dentro del carrito—. ¿Te pasa algo?
—No.
Mi respuesta es rápida. Agarro un paquete de láminas para lasaña y lo observo.
—¿Qué te parece la lasaña?
Stephannie entrecierra los ojos.
—Sabes que me gusta.
Su tono me deja en claro que entiende lo que intento hacer, pero para mi suerte no insiste de nuevo. Recorrimos varios pasillos más mientras ella llenaba el carrito de cosas innecesarias. Vino, queso, postres y demasiados aperitivos para una cena de tres personas.
—¿Piensas alimentar un ejército acaso?
—Es mi dinero, y no me molesta. Así que déjame gastarlo en paz.
Suspiro y niego con la cabeza.
Por desgracia, eso no consigue despejarme por completo. Mi mente sigue regresando una y otra vez al Monroe y a las cuentas atrasadas.
Cuando volvemos a casa de mamá, el ambiente vuelve a sentirse cálido y tranquilo. Stephannie se sienta en la sala junto a ella y comienzan a hablar. Yo, en cambio, me refugio en la cocina. Es la única forma que conozco de poner en orden mi cabeza.
La salsa hierve y aprovecho de acomodar una nueva capa de pasta sobre la fuente.
Luego me dispongo a cortar un poco de orégano seco, pero me distraigo al escuchar las risas de mamá y la voz de Steph hablando sobre uno de sus tantos viajes a Milán.
Intento concentrarme en lo que estoy haciendo, a pesar de que mi mente busca la manera de ir contra mí.
«Ha sido la semana más interesante de toda mi vida».
Aprieto la mandíbula.
¿Qué demonios me está pasando?
El cuchillo resbala sobre mis dedos y el ardor aparece de inmediato.
—¡Mierda!
Suelto el cuchillo mientras noto la pequeña línea roja en uno de mis dedos. ¿Dónde carajos tengo la cabeza? Siento pasos acercándose. Mi madre es la primera en aparecer en la cocina, seguida de mi mejor amiga.
—¡¿Giovanna, pero qué pasó!?
—Nada, mamá. Estoy bien… —murmuro con calma mientras dejo correr agua fría sobre el corte.
Steph suspira y toma el pequeño botiquín sobre la nevera. Pongo los ojos en blanco mientras ella toma mi mano para desinfectar la herida y colocar una curita.
—Listo —simplifica en cuanto esboza una tierna sonrisa—. Aquí no pasó nada.
Mamá me observa varios segundos antes de asentir con alivio.
—Déjalo, solo intenta descansar un poco, hija.
Asiento, aunque las tres sabemos perfectamente que eso no va a pasar.
∞∞∞
Luego de despedirme de mamá con un abrazo, entro al auto junto a Stephannie. La ciudad estaba mucho más tranquila a estas horas.
—Bien, ¿piensas decirme en que estuviste pensando todo el día?
Giro el rostro en su dirección.
—¿De qué hablas? —Frunzo el ceño—. No sé a qué quieres llegar.
—Pues, no parecías tú misma.
Suelto aire y apoya la cabeza contra el respaldo del asiento.
—Tienes razón, tanto trabajo me está volviendo loca.
Ella hace una mueca.
—Claro, seguro que es eso. —Sonríe y gira el volante—. Menos mal, por momentos pensé que esa distracción tenía nombre y apellido.
Me quedo quieta por segundos. Después miro hacia la ventana.
—Pues sí, pensaste mal.
Stephannie no insiste, y yo se lo agradezco. Cuando llegamos a mi edificio, me despido con rapidez antes de que se le ocurra algo nuevo para molestarme. Subo al departamento, me despojo de mi ropa y entro al baño. El agua caliente cae sobre mi cuerpo mientras cierro los ojos.
Minutos después y ya dentro de la cama, observo el techo oscuro de la habitación.
El cansancio empieza a caerme encima con lentitud.
Mañana es domingo, y el local no abre los domingos, lo que significa dos cosas: la primera es que podré descansar igual que un oso, y la segunda, que tendré que esperar hasta el lunes para volver a ver a Lorenzo.
La idea aparece tan rápido y natural que yo misma me quedo quieta por segundos.
¿Pero qué carajos…?
Arrugo el entrecejo y giro sobre la almohada.
Debo estar demente por pensar en él.
Sí, definitivamente. No hay duda.
Estoy perdiendo la cabeza.