Pruébame y Sedúceme Capítulo 6
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Capítulo 6

A bro los ojos y suelto un gemido al escuchar la alarma de mi teléfono. Deslizo la pantalla, y cuando por fin la desactivo, vuelvo a dejar caer mi rostro en la almohada.

¿Por qué estoy tan cansada si ayer no bebí más de una cerveza?

Me siento en el borde de la cama y espero varios minutos en volver a la realidad. Dentro de poco debo estar en el Monroe, y no puedo seguir somnolienta.

— Estaré para el almuerzo, así que espero que me sorprendas.

Luego de dejarme en casa, Lorenzo me había recordado aquellas palabras antes de poder decirme adiós. Me sorprendo a mí misma ansiosa por ver si será verdad esta vez. Entro al baño, me aseo y una vez lista me visto como siempre.

Antes de salir de casa, envío un mensaje a mamá preguntando cómo se encuentra. Debo ir a visitarla cuanto antes, aunque el trabajo no me ha dado respiro.

La respuesta llega casi de inmediato.

Mamá:

Estoy bien, hija. Recuerda no trabajar demasiado .

Suelto una risita y guardo el teléfono dentro de mi bolso.

—Demasiado tarde para eso.

El Monroe estaba tranquilo cuando llegué. Recojo mi cabello, tomo un delantal limpio y me obligo a concentrarme en lo único que realmente sé hacer: cocinar. Aunque se me complica cada vez que pienso para quién estoy haciéndolo.

Abro una de las cámaras frigoríficas y veo los ingredientes.

Puedo preparar pasta fresca, uno de los platos clásicos del Monroe.

Algo seguro y que cautiva cualquier paladar, pero me repito que estoy tratando con ese hombre.

Y Lorenzo no parece ser el tipo de persona que disfruta de las cosas seguras.

Suspiro y cierro la puerta.

Si realmente va a sentarse frente a mi mesa y probar mis platos, entonces debo preparar algo que me caracterice entre todos los demás. Algo que hable de mí. Mis ojos recorren la encimera hasta detenerse en el atún fresco que había llegado por la mañana. La idea aparece por sí sola.

Tataki de atún rojo sellado, acompañado de crema de parmigiano y miso blanco, reducción de aceto balsámica y verduras grilladas con gotas de aceite de sésamo.

Japón e Italia. Dos cocinas distintas intentando convivir en un mismo plato.

—Es arriesgado.

Y perfecto.

Comienzo a moverme por la cocina. El cuchillo golpea la tabla con precisión mientras corto cebollín, jengibre y las demás verduras.

Dejo el atún marinando con soja cítrica y semillas tostadas antes de centrarme en la crema.

El aroma salado del parmigiano empieza a mezclarse con la suavidad del miso caliente.

—Buenos días, chef.

Levanto la vista al escuchar la voz de Rodolfo entrando en la cocina. Detrás de él, aparecen Marco y Kevin, quienes terminan de atar sus delantales.

—Llegan tarde —menciono, sin verdadera molestia.

—Son cinco minutos.

—En la cocina, cinco minutos son una auténtica tragedia.

Las risas no tardan en llenar el lugar. Niego un poco con la cabeza y tomo una bocanada de aire antes de mirarlos a todos.

—Muy bien, escuchen. Hoy tenemos reservas completas para el almuerzo, así que necesito concentración. Rodolfo, te encargarás como siempre de las entradas y platos principales. Marco, platos fríos y postres. Kevin, atenderás las mesas.

Todos asienten y sonrío. Este es mi equipo.

—A trabajar.

El ambiente cambia al instante. Las filosas hojas empiezan a sonar contra las tablas, y el Monroe despierta por completo frente a mis ojos. Un par de horas después, limpio mis manos con un paño y miro la hora.

Exactamente la hora acordada.

No sé por qué pierdo tiempo comprobándolo.

Salgo unos pasos fuera de la cocina y miro hacia el salón.

Para mi sorpresa, ahí está, tal y como prometió.

Sentado en el mismo rincón de la ventana principal, y perfectamente vestido como siempre, Lorenzo revisa su celular mientras un vaso de agua ya vacío descansa frente a él.

Vuelvo a la cocina mientras inhalo profundamente.

—El crítico ha llegado.

Todos me miran por un tenso instante. Sabemos qué hacer, y nos ponemos en marcha.

La sartén caliente sisea al contacto del atún que toca la superficie.

Dejo que tome calor unos pocos segundos por lado, lo suficiente para sellarlo sin perder el centro crudo.

La crema de parmigiano y miso primero sobre el plato, encima acomodo con cuidado las láminas de atún, las verduras grilladas, y por último, unas gotas de reducción balsámica.

Permanezco contemplando la presentación. Es simple y elegante, de esos platos que solo necesitan de un bocado para saborearse.

—Kevin, puedes llevarlo.

Él toma el plato con cuidado y desaparece rumbo al salón.

Esta vez no salgo a mirar. No cuando las comandas comienzan a llegar y la cocina deja de girar alrededor de Moretti para convertirse en un caos organizado de fuego y voces cruzadas. Ni siquiera momentos después, cuando Kevin vuelve con el plato completamente vacío, me inmuto.

Las siguientes horas pasan rápido, aunque no lo suficiente.

Los platos entran y salen con la misma velocidad. Apenas logro pensar en otra cosa que no sea mantener el servicio en pie. Cuando el último cliente se marcha, siento el agotamiento caerme encima de golpe.

—Lo hicieron increíble, chicos. Descansen. —Me enderezo y reconozco al ver a Rodolfo y los demás irse.

Podría irme con ellos, tenemos el mismo final de turno, pero soy incapaz de dejar el lugar sin que quede todo perfecto.

Poco a poco, la cocina queda en silencio, lo que me hace recordar que el Monroe siempre se siente extraño después del cierre.

Una vez todo listo y en su sitio, me quito el delantal y camino hacia el salón para irme.

Frunzo el ceño y me detengo al ver que Lorenzo sigue ahí, sentado en la misma mesa. La luz del portátil ilumina parcialmente su rostro mientras escribe algo concentrado. Cuando nota mi presencia, levanta la vista y cierra el computador de inmediato.

—¿Qué hace aquí todavía?

Él se reclina en la silla.

—Investigaba un lugar mientras esperaba tu hora de salida, no quería importunar tu turno, otra vez.

¿Está diciendo que, de nuevo, ha esperado más de ocho horas aquí sentado? ¿Por qué Kevin no me había dicho nada? Bufo ante la idea.

—¿Qué lugar era tan interesante como para esperarme?

— Piazzale Michelangelo .

Mis ojos se levantan hacia los suyos.

—¿El mirador?

—Dicen que Florencia se ve maravillosa desde ahí, y creo que sería buena idea ir.

Me quedo callada, luego asiento. Ya debería saber que volver a casa será imposible estos días. Lorenzo parece saberlo, este sigue mirándome como si adivinara la respuesta que daré. Doy varios pasos a su lado para acabar por girarme hacia él.

—¿Nos vamos?

∞∞∞

El viaje a Piazzale Michelangelo transcurre mucho más tranquilo de lo que esperaba.

La ciudad se desliza detrás de la ventana del auto y la gente afuera todavía camina entre las calles llenas de adoquines.

Pero dentro solo se escucha la música baja que sale del estéreo, acompañado del sonido suave del motor.

Estoy agotada.

He pasado todo el día de pie cocinando y pensando de más.

Sumado a eso, la presencia de Lorenzo en mi rutina en la última semana es algo que ni yo misma puedo ignorar.

Apoyo la cabeza contra la ventana del auto y cierro los ojos un momento.

O eso creo. La siguiente vez que vuelvo a abrirlos, una voz grave murmura cerca de mi oído.

—Giovanna.

Parpadeo confundida.

El rubio está inclinado hacia mi lado, lo suficiente para que pueda sentir el calor de su cuerpo.

—Ya llegamos.

Mi respiración se atasca y me incorporo rápido.

—Lo siento, no pretendía quedarme dormida.

Estoy por agregar algo más, pero la pequeña sonrisa que aparece en sus labios me para.

—No debes disculparte, debes estar cansada.

No hay burla en su voz, solo una tranquilidad que me hace apartar la mirada. Veo que baja primero del auto y lo rodea antes de abrirme la puerta. Tomo su mano casi por reflejo al bajar, y apenas levanto la vista hacia el frente, me quedo quieta.

Dios .

Tengo la sensación de que Florencia brilla bajo nosotros ahora mismo. Desde aquí, la ciudad es similar a una pintura cubierta de pequeñas luces doradas. Reconozco el Duomo entre los edificios, enorme y majestuoso incluso a la distancia mientras el río Arno atraviesa la ciudad.

Hay algunas personas alrededor, parejas tomándose fotos, turistas hablando y uno que otro músico callejero tocando. A pesar de ello, nada es suficiente para arruinar el lugar. Avanzo varios pasos y siento el aire fresco nocturno tocar mi rostro.

—Vaya… —Lorenzo llega a mi lado y sus hombros casi rozan los míos—. No se equivocaban. En verdad es hermoso.

—Sí, yo también lo creo.

Al principio del viaje, pensé que terminaría arrepintiéndome, que lo mejor sería decirle de volver a casa. Pero estaba muy equivocada. No puedo creer que por tantos años me estuviera perdiendo esto, aun cuando vivo aquí.

—Se nota que amas a Florencia.

—Es el lugar donde nací, ¿cómo no amarlo?

—¿No has pensando en buscar algo mejor que el Monroe?

Frunzo el ceño, aunque no aparto la mirada de la ciudad.

—¿A qué te refieres con algo mejor?

—Otro restaurante, otro país. Tienes mucho talento, pero no pareces aspirar a más.

La pregunta, como todas las que hace este hombre, me toma desprevenida. Tomo mi tiempo en responder, no hay un reloj a mi lado ni nada parecido que pueda apurarme.

¿Por qué no quiero más?

Veo un pequeño pájaro volar sobre nosotros hasta llegar a un árbol cercano donde lo espera un nido con sus bebés, casi rogándome sonreír.

—Supongo que la idea nunca ha pasado por mi cabeza —admito al final—.

Para mí no existe otra cosa que la cocina, y el Monroe me dio todo lo que soñaba desde que era niña.

—Inspiro. Él permanece a mi lado en silencio, escuchando—.

La mayoría de los chefs sueñan con abrir restaurantes propios o trabajar en distintos lugares hasta recorrer el mundo.

—Presiono mis labios inconscientemente, bajo la vista hacia mis manos, y muerdo mis labios antes de continuar—.

Yo nunca fui así. Ni siquiera estudié gastronomía en una universidad como los demás.

Giro el rostro y descubro sus ojos puestos sobre mí. Suelto una pequeña carcajada.

—Lo sé, debes estar pensando cómo un restaurante puede tener una chef sin título universitario.

—El viento mueve algunos mechones de mi cabello, por poco distrayéndome—.

Solo hice unos cuantos cursos, lo demás lo aprendí trabajando, cocinando y equivocándome.

Katherine Monroe fue quien me vio cocinar por primera vez y decidió darme una oportunidad, ella me dijo que tenía lo necesario y no le importó mi situación.

Mi garganta se cierra de a poco.

—Después de eso, todo pasó muy rápido. Los medios empezaron a hablar del Monroe… y de mí. La joven chef, la promesa italiana, una de las mejores. —Suelto otra risa—. Pero incluso con todo eso, a veces siento que no soy una chef completamente. Siento que por mi culpa el restaurante está decayendo.

Me detengo porque, si sigo hablando, estoy segura que terminaré en las lágrimas.

El Monroe, donde había cumplido mi sueño, no está bien.

Sí, seguimos teniendo clientes a los que atender, pero ya no como antes.

Cada vez se siente distinto. Ese es uno de los motivos por los que este último año me quedé hasta lo más tarde posible.

Aún con cada uno de mis esfuerzos, la sensación de que mis manos se alejan cada vez más de la cocina me consume.

Katherine también sabe la situación, aunque cada vez que trato de hablar del tema cambia de enfoque. Lo puedo notar en su mirada, en los lamentos desde su oficina y en cómo las cuentas cada vez son más difíciles de pagar.

No podemos decir aquello, no en voz alta.

Por primera vez desde que conozco a Lorenzo, parece no saber qué decir. Yo me obligo a sonreír. He hablado, tal vez, demasiado.

—Esto te lo conté como Giovanna, no como la chef Giovanna Greco. —Lo amenazo desde el rabillo de mi ojo—. Agradecería que no tomes esto para alguna de tus críticas.

Él se ríe y niega con la cabeza.

—No debes preocuparte por eso —asegura, sus ojos vuelven hacia mí—.

Ahora mismo yo tampoco soy Lorenzo Moretti.

—Mi respiración se vuelve más lenta y continua—.

Y, por si mis palabras te sirven de algo, he conocido chefs con veinte diplomas colgados en sus paredes que no tienen ni la mitad de talento que tú.

El calor sube por mis mejillas y aparto la vista antes de que pueda notarlo.

—Gracias.

No sé qué más responder a eso, y casi como si pudiera leer mi mente, Lorenzo termina salvándome de mi propio silencio.

Empieza a hablarme más de él, del reto que significó crear y escribir la guía gastronómica, y de los países que ha visitado los últimos años.

Francia, Japón, España. Me cuenta todo, incluso de la ocasión en que casi pasó un mes entero recorriendo pequeños pueblos costeros de Grecia solo porque alguien le habló de una panadería.

La incomodidad se disuelve con el paso de los minutos, ahora me siento sin esa presión en el pecho.

—Entonces… —Lo miro de reojo—. ¿Todo lo que te he enseñado hasta ahora ha valido la pena?

Lorenzo mete las manos dentro de los bolsillos de su abrigo mientras pone su foco en la ciudad frente a nosotros.

—Me he llevado muchas sorpresas. —Su cabello rubio se desordena por la brisa, pero eso no parece importarle—. He visitado muchos países, pero Italia ha sido una maravilla. —Sus ojos me recorren disimuladamente—. Esta ha sido la semana más interesante de toda mi vida.

Mi corazón da un pequeño vuelco innecesario.

Esta semana, aunque fuera un caos, también podría decirse que había sido entretenida.

Asiento con cuidado.

—Sí, también lo creo.

Él me imita antes de volver la vista hacia Florencia. Y gracias al cielo, el silencio que sigue ya no se siente pesado.

El camino de regreso es mucho más corto. Cuando el auto se detiene frente a mi edificio, desabrocho el cinturón. Para mi sorpresa, Lorenzo apaga el motor antes de mirarme.

—Mañana no podré ir al restaurante —dice—, tengo una reunión importante.

Asiento despacio e intento ignorar la pequeña sensación de vacío que aparece en mi pecho. Aprieto mis manos.

—Entonces supongo que el Monroe tendrá que sobrevivir un día sin su crítico estrella.

Mis palabras lo hacen reír. Eso me cosquillea.

—Intentaré no desaparecer demasiado tiempo, chef.

Sin más, abro la puerta antes de bajar del auto.

—Buenas noches, Lorenzo.

—Buenas noches, Giovanna.

Y mientras camino hacia la entrada del edificio, puedo sentir su mirada seguirme hasta desaparecer detrás.