Capítulo 5
P asaron varias horas antes de que pudiera quitarme el delantal.
Había tenido que hacerme cargo de varios pedidos, llamadas y una breve discusión con uno de los proveedores por una entrega retrasada.
En todo ese tiempo, logré convencerme de que Lorenzo no seguiría esperando afuera como había dicho.
Nadie con una agenda tan ocupada pierde el tiempo de tal manera.
O al menos alguien con cuatro dedos de frente.
—¿Seguro que estarás bien solo? —pregunto mientras Rodolfo revisa unas comandas sobre la encimera sin levantar la vista.
—Giovanna, por quinta vez, deja de preocuparte. Todo estará bien.
Reniego, aunque termino sonriendo.
Rodolfo siempre fue un buen compañero de trabajo. Diligente y lo suficiente capaz para tomar el control. Quizá me estoy preocupando demasiado y solo son cosas mías. Me cuesta horrores despegar mis manos de la cocina.
—Llámame si ocurre cualquier cosa.
Le lanzo una última mirada antes de salir por la puerta.
Si tan solo Dios tuviera algo de misericordia a mi existencia, ese hombre no estaría esperándome. Podría dejar su idea absurda de lado y volver a la cocina, el lugar al que pertenezco.
—Giovanna.
Lastimosamente, mis deseos casi nunca son escuchados.
Apoyado contra un Maserati gris oscuro, de brazos cruzados y unas gafas de sol descansando sobre el puente de la nariz, está Lorenzo. Mi respiración se detiene un segundo.
No se fue.
¿En serio ha esperado todo este tiempo?
Levanta la cabeza y eleva las comisuras con lentitud.
—Pensé que habías escapado.
—Lo consideré —admito.
Él ríe por lo bajo y se incorpora antes de abrir la puerta del copiloto para mí. El gesto me toma desprevenida y tardo unos segundos en reaccionar. Puede parecer estúpido de mi parte, pero no recuerdo la última vez que alguien ha hecho algo tan simple por mí.
—Gracias —murmuro al entrar.
El interior del auto huele a cuero y a algo que no logro identificar del todo. Creo, en lo más profundo de mí, que viene acompañado por el olor característico de la menta y un poco de madera.
Lorenzo rodea el vehículo y toma asiento frente al volante.
—Bueno, chef —enfatiza y arranca el motor—. ¿Cuál será nuestra primera parada?
Miro por la ventana. Florencia comienza a pasar lento frente a mis ojos. Pienso en mamá, en los domingos, y en un lugar al que he ido tantas veces que casi puedo recorrerlo con ojos cerrados.
— La Piazza delle Cure .
Él gira el rostro hacia mí.
—¿Una plaza? ¿No es una elección poco turística para un guía?
—Por eso mismo, es ideal.
Su rostro se ilumina, y la curiosidad cruza por sus ojos antes de volver la vista al camino. El trayecto transcurre en silencio, y alguna que otra conversación de la ciudad. Y en cada una de ellas, puedo afirmar que, tal y como había dicho Lorenzo, no sabía nada de Italia a pesar de nacer en ella.
Cuando llegamos, el mercado sigue lleno.
Los toldos de colores llenos de frutas, quesos y flores junto al aroma del pan recién horneado y el café de especias. Algunas señoras discuten precios no muy lejos de nosotros, mientras un hombre acomoda cajas de tomates.
—Vengo aquí con mi madre desde pequeña, es casi una tradición —relato en lo que caminamos entre los puestos—. Mi madre tiene la creencia que para entender la ciudad primero tienes que ver cómo compra su gente.
Él escucha en silencio, no interrumpe. Sus ojos no paran de ver a los lados, fascinados, como si no hubiera visto nunca nada parecido. Eso, de cierta manera, comienza a ponerme nerviosa.
Me detengo frente a un pequeño puesto donde un hombre mayor termina de cortar una focaccia recién hecha.
—Aquí hacen una de las mejores schiacciatas de Florencia —digo—. Y no lo digo solo porque el dueño me regalara dulces cuando era niña.
El hombre detrás del puesto me reconoce enseguida.
—¡Giovanna! Hace semanas que no te veo.
—He estado algo ocupada, Billy.
—Eso me dijo tu madre.
Mi acompañante observa la escena con atención mientras el mercante corta un trozo de schiacciata caliente y nos la entrega envuelta. Me despido de Billy con un saludo y le tiendo la comida a Lorenzo.
—Prueba esto, te gustará.
Él no titubea. Le da un pequeño mordisco al principio. Luego otro mucho más grande.
—Está delicioso.
No puedo evitar el cosquilleo en mi rostro al ver el suyo, y sonrío, victoriosa.
—Billy lleva años en el negocio, y antes de él, su padre y toda su familia. —Me encojo de hombros—. Son una prueba de que no todo ocurre dentro de grandes restaurantes.
Seguimos caminando varias horas en las que nos detenemos en distintos puestos hasta que, de pronto, los pasos de Lorenzo se frenan cerca de una pequeña entrada cubierta de flores trepadoras.
Más allá hay un jardín escondido lleno de rosas blancas, lavandas y alguna que otra camelia. Todas crecen alrededor de una vieja fuente de piedra.
—Vaya… —Ladea la cabeza—. No esperaba encontrar algo así aquí.
Sonrío y paso a su lado hacia dentro de la entrada. Lorenzo no tarda en seguirme, y el ruido del mercado desaparece al atravesar el arco de hierro. No es la primera vez que vengo a este jardín y no he logrado olvidar algo de él con el paso del tiempo.
Mamá me contó cientos de historias de niña, pero solo una me quedó fresca en mi mente.
—Dicen que hace siglos este jardín pertenecía a la hija de un comerciante florentino.
—Los pétalos comienzan a moverse con el viento—.
Se enamoró de un escultor que trabajaba cerca de aquí, pero la familia de ella nunca aceptó la relación.
No les importó, y desde ese día se encontraban en secreto en este lugar todas las mañanas.
Él le dejaba flores distintas sobre la fuente para que supiera que había estado ahí.
—Estiro mi mano y toco con delicadeza una de las flores—.
Un día, el escultor desapareció y con eso empezaron a correr rumores.
Algunos decían que los padres de la mujer lo expulsaron de la ciudad, o que había muerto intentando regresar a verla.
Nunca se supo con certeza qué pasó, solo que ella siguió viniendo aquí durante varios años y dejaba flores en la fuente esperando que volviera.
—-¿Nunca regresó?
Niego lentamente.
—No, pero la gente empezó a traer flores al jardín con el tiempo. Por eso nunca dejaron de crecer aquí.
El silencio cae sobre nosotros. extraño y pesado. Cuando giro el rostro, descubro que él no está mirando las flores.
Me está mirando a mí.
∞∞∞
El camino de regreso transcurre mucho más tranquilo de lo que esperaba. La ciudad es completamente distinta a la de la mañana. Las calles están iluminadas por faroles y sus reflejos dorados, que al caer sobre las fachadas antiguas hacen que Florencia se sienta más suave, casi en cámara lenta.
Yo también me siento extraña. Debo echarle la culpa al cansancio de los últimos meses, o quizás al hombre sentado a mi lado.
—Ya es tarde —susurró, leyendo mentalmente la hora en el teléfono—. Debo volver, tengo trabajo mañana.
Lorenzo aparta la vista del camino por un segundo.
—Tienes razón, yo también.
Suelto una risa ante su respuesta.
¿Trabajo? ¿Está cansado? No lo creo.
—Olvidaba que caminar por la ciudad es parte de su empleo.
—Eso, y sobrevivir a explicaciones gastronómicas.
Ruedo los ojos, aunque una sonrisa mucho más fuerte que la anterior amenaza con escaparse. El auto se para en un semáforo y el rubio tamborilea los dedos sobre el volante antes de hablar otra vez.
—¿Qué te parece ir a por una copa?
Lo miro.
—¿Una copa?
—Después de todo, me debes una.
Observo al frente y suelto un bufido.
—No recuerdo haber aceptado eso.
—Entonces intentaré sobornarte —admite con absoluta tranquilidad—. Si aceptas, prometo dos cosas.
—Temo preguntar.
—Mañana llegaré puntual —asegura y yo quedo atenta a él, su rostro está serio, o tal vez es muy bueno convenciendo—, y comeré absolutamente todo lo que pongas frente a mí.
No respondo de inmediato. Necesito pensar y tomar la decisión correcta. Ahora mismo, lo único que quiero es llegar a casa y dormir, pero no hay nada de malo en tener una pequeña salida luego de este día…
¿No?
—Conozco un bar cerca de aquí.
La sonrisa que aparece en su rostro es tan leve que cualquiera podría pasarla por alto. Pero yo no.
∞∞∞
El bar está lleno, demasiado para mi gusto.
La música vibra entre las paredes y el olor a alcohol llena el ambiente. Algunas parejas bailan cerca de la pequeña pista justo al fondo del local. Lorenzo observa alrededor con curiosidad mientras avanzamos entre la multitud.
Varios ojos se fijan en él, y claro, todas mujeres.
—¿Siempre está así?
—Es peor los fines de semana —respondo.
Encontramos una mesa pequeña y Lorenzo aprovecha de tomar asiento frente a mí y dejar el saco sobre el respaldo de la silla.
—¿Qué quieres tomar?
—Una cerveza estará bien.
Asiente y da un pequeño golpe en la mesa para levantarse.
—Ya vuelvo.
Lo veo perderse entre la multitud y aprovecho el momento para soltar el aire que, sin saber, estaba conteniendo hasta ahora. No entiendo cómo he terminado aquí. Yo no soy de las que sale con desconocidos. Y definitivamente, no me siento en bares llenos de gente un miércoles por la tarde.
—¿Que hace una mujer tan bonita sola?
Mi cuerpo se tensa al escuchar la voz tan cerca de mi oído.
Levanto la vista y me encuentro con un hombre tambaleándose, intentando mantenerse en pie frente a la mesa. El fuerte olor a alcohol llega antes que sus palabras.
¿Sola? ¿Será ciego y no ve el saco sobre la silla?
—No estoy sola.
El tipo sonríe y se acerca como si no hubiera escuchado nada.
—Vamos, prec-ciosa , solo será un baile.
—No, gracias.
Intento ignorarlo mirando hacia otro lado, pero él da un paso más.
—No seas antipática.
Aprieto la mandíbula.
¿Qué consecuencias podría tener si le doy un puñetazo a este imbécil?
El hombre apoya una mano sobre la mesa y se inclina hacia mí.
—Solo un baile y querrás pasar toda la noche junto a mí, te lo prometo.
—Ya dije que no.
Intento sonar firme, pero él no hace más que reírse. Sus ojos recorren mi rostro con descaro antes de bajar hacia mi cuerpo. Siento el estómago revolverse.
—No tienes que hacerte la difícil, car [1] iño .
Intenta tomar mi muñeca, pero otra mano aparece antes. Los dedos de Lorenzo se cierran alrededor de su antebrazo con tal fuerza que incluso yo creo escuchar el pequeño quejido que escapa de la boca del sujeto.
—Creo haber escuchado que dijo que no.
La voz de Lorenzo es tranquila, y eso resulta peor.
El ambiente parece tensarse alrededor de nosotros. El hombre intenta soltarse, pero Lorenzo no se mueve ni un centímetro. Sus ojos verdes ya no tienen nada de aquella calma con la que me había hablado durante todo el día. Ahora lucen fríos.
—Vamos, amigo, solo estaba hablando con ella —balbucea.
—Entonces aprende a escuchar cuando una mujer no quiere seguir haciéndolo contigo. —El silencio se vuelve cada vez más incómodo. Finalmente, Lorenzo lo suelta con brusquedad—. Ahora, lárgate.
No alza la voz, ni siquiera parece enfadado.
Pero su expresión hace que el hombre dé un paso atrás de inmediato antes de perderse entre la multitud, murmurando insultos por lo bajo.
Mi respiración tarda pocos segundos en volver a la normalidad.
El rubio deja las latas de cerveza junto a los vasos encima de la mesa y se inclina hacia mí.
—¿Estás bien? ¿Te hizo algo?
Niego despacio.
—No pasó nada… y estoy bien.
La verdad es que, desde el momento en que apareció, dejé de sentirme incómoda. Lorenzo me presta atención unos segundos más hasta asegurarse de que no le miento. Luego suspira y se afloja apenas la corbata.
—Bien, necesitamos cambiar el ambiente antes de que termine cambiando de opinión y vaya por ese imbécil.
No puedo evitar reírme.
—¿En serio lo golpearías?
—Yo no pensaba detenerme.
Lo dice tan serio que vuelvo a reír, y esta vez, él también lo hace.
La música cambia en ese instante. El silencio pesado que llenaba el lugar desaparece y es reemplazado por la melodía de una canción. La reconozco al instante.
«Tu vuò fà l’americano» .
Varias personas silban y empiezan a moverse hacia la pista. Lorenzo me mira de lado y de pronto tengo su mano frente a mi rostro.
—Ven.
—¿Qué?
—Baila conmigo.
La carcajada se me escapa sola.
—¿Sabes bailar al menos?
Él toma la lata de cerveza, la abre y da un trago antes de responder.
—Absolutamente no.
La mano sigue extendida. Lo observo por breves instantes antes de bajar la vista hacia su manos.
Dios, debo estar demente.
Acomodo mi mano contra la suya antes de poder arrepentirme.
La pista está llena de gente riendo, cantando y bailando unos con otros mientras la música retumba en las paredes. Lorenzo coloca una mano sobre mi cintura con evidente torpeza y yo no puedo evitar mirarlo con diversión.
—Pareces una estatua.
—Estoy concentrado en no pisarte.
Tu vuo' fa' l'american'
'Mericano, mericano
Ma si' nato in Italy
Sient' a mme, nun ce sta niente 'a fa
Intento guiarlo mientras nos movemos al ritmo de la canción. Para mi sorpresa, realmente lo intenta. Aunque de manera terrible.
Muy terrible.
—¡Ay!
Suelto otra carcajada cuando pisa mi pie.
—Lo siento, te advertí que no sabía bailar.
La canción continua y se lleva consigo todos los problemas de hace minutos. Estoy aquí, riéndome en medio de un bar lleno de desconocidos. A mi lado está Lorenzo Moretti, el crítico más jodido de todos, y quien intenta seguir el ritmo de la canción sin destruirme los pies en el proceso.