Capítulo 4 #2
Llego al restaurante con quince minutos de retraso, pero nada tan mal después de todo.
Reviso las listas de reservas y entro a la cocina con una sonrisa que nada ni nadie lograría quitar de mi rostro.
O eso creía, porque unos minutos más tarde, cuando salgo al salón para dar un vistazo, esa misma felicidad y simpatía se ve reducida por una presencia.
Lorenzo Moretti está sentado cerca de la ventana principal, con una tranquilidad que me hace imposible no fruncir el ceño. En cuanto nota mi presencia, levanta la vista y eleva sus comisuras. Yo, en cambio, no puedo evitar soltar una pequeña risa mientras me acerco con paso firme hacia él.
—¿Esto es algo normal en usted, señor Moretti?
—¿El qué?
—Llegar a la hora que le plazca sin avisar.
Lorenzo ríe por lo bajo.
—¿No es eso lo que hacemos los críticos? ¿Llegar sin avisar?
Me quedo quieta. Tiene razón.
Él acomoda uno de sus brazos sobre la mesa.
—Aunque si tanto le disgusta, estoy dispuesto a venir a la hora que me indique.
Aprieto mis manos y niego.
—No hará falta. —Doy la vuelta antes de que pueda agregar algo más—. Le traeré algo de desayuno. No somos una cafetería de especialidad, pero haré una excepción por usted.
El Monroe siempre está tranquilo a estas horas. El sonido de la leche vaporizando rompe el silencio mientras intento ignorar el extraño pensamiento de la llegada temprana del rubio.
Lo repito, no puede haber un crítico más extraño.
Una vez lista la bandeja, vuelvo hacia el salón.
—Aquí tiene, espero que lo disfrute.
Lorenzo deja el teléfono a un lado ni bien apoyo el desayuno frente a él. Sus ojos recorren la taza de café y el maritozzo antes de volver hacia mí. Asiento y estoy por regresar a la cocina cuando escucho su voz.
—Acompáñeme.
Mis dedos se tensan alrededor de la bandeja.
Tengo trabajo que hacer, un montón de pedidos por revisar y una cocina entera esperando.
Joder. Aun así, termino tomando asiento.
Él lleva la taza de café a sus labios y lo prueba antes de tomar una porción del maritozzo. Sus ojos bajan con gusto hacia el pan.
—Hace mucho tiempo que no comía uno de estos.
Frunzo el ceño.
—Disculpe la pregunta, pero ¿usted no es de Italia?
Aprieto mis manos bajo la mesa y maldigo para mis adentros. ¿Es muy obvio que busqué un poco de información de él?
Lo veo limpiar un poco de crema de su dedo con la servilleta propinada.
—Mi familia lo es. Nací en Italia, pero pasé la mayor parte de mi niñez y adolescencia en Estados Unidos. —Hace una pequeña pausa—. Eso es algo que puede que no sepan los medios.
Asiento.
Tiene sentido. Todo el mundo y páginas web parecen conocer a Lorenzo Moretti, el crítico con mano de oro y el hombre capaz de acabar sueños con uno solo de sus párrafos.
Cuarenta y cinco años, aparentemente soltero y con un amplio repertorio de honores y reconocimiento en el mundo.
Supuse que era italiano, pero al parecer incluso los medios no terminan por saber del gran Lorenzo.
Mis ojos bajan hacia mi preparación y relajo mi ceño al ver el plato vacío. Respiro con alivio.
¿Cómo es posible?
—¿Hay algún problema?
Vuelvo a mirarlo.
—Ayer no dio ni un solo bocado.
Lorenzo parece confundido por un instante.
—¿Perdón?
—A la comida —aclaro—. Casi pensé que no volvería, o que algo no le había gustado.
Una pequeña sonrisa aparece en la esquina de su boca.
¿En serio es gracioso para él?
Abro los labios con intenciones de agregar algo más, pero él es más rápido.
—No acostumbro a comer de noche, nada en particular. Es una costumbre que tengo desde niño. Disculpe si mis actos hicieron que pensara lo contrario, pero era la verdad y solo la verdad, cuando dije que el plato me había gustado.
—¿Cómo puedes saber que algo le gusta sin probarlo?
El rubio deja la taza sobre el plato y sus ojos verdes me miran fijamente.
—Solo con verlo, es suficiente.
Observo hacia un lado al sentir que mis mejillas de pronto arden. No entiendo nada de este hombre, y no puedo dejar de pensar en cómo se supone que deba soportar una semana con su presencia.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?
Vuelvo la mirada al frente. Lorenzo parece estar enfocándome con atención. Pienso antes de responder, ¿por qué habría que mentir? Resoplo y me muevo en la silla.
—Ocho años.
—¿Siempre has estado en la cocina? ¿Cómo ha sido tu experiencia?
—Antes de responder, ¿debo temer que alguna de mis respuestas afecte directamente al Monroe? —consulto sin escrúpulos, notando que inclina la cabeza con curiosidad—. Si es así, permítame no responder.
Ríe por lo bajo, lo suficiente como para que los hoyuelos de sus mejillas se muestren.
—No exactamente.
—Es un alivio, me alegra saber que mi vida personal no influye en la puntuación del local.
Puede ser que esté siendo ruda. Si Rodolfo o alguno de los demás chicos me escuchara, seguramente me diría que me estoy pasando, que debo mantenerme a raya.
¿Pero cómo se supone que esté a raya de alguien que hace lo mismo?
—Depende, tal vez la chef influya más de lo que imagina.
Arrugo el entrecejo. Ahí está otra vez. Esa forma extraña de hablar y de confundirme. Lorenzo termina la taza de café antes de mirar hacia la ventana.
—Florencia es bonita por las mañanas, el clima es perfecto para salir a dar una caminata, ¿no crees?
Veo lo que él mira. Afuera, el sol ha salido por completo y la gente camina sin prisas. Florencia siempre fue un gran eje del turismo, y a estas horas puedo ver a más de un turista entrar despavorido a las tiendas de souvenirs recién abiertas.
Vuelvo la vista hacia él.
—Supongo, aunque algunos tenemos mucho trabajo por las mañanas.
Lorenzo apoya un brazo sobre el respaldo de su silla y ladea la cabeza. Desde aquí, y gracias a la luz, puedo ver con más claridad su rostro.
—Me alegra saber que esto también es trabajo.
Suelto una pequeña risa ante tal comentario.
—¿Caminar por la ciudad?
—Observar y conocer. Entender el lugar donde comes también forma parte de disfrutar la comida, no basta solo con saborearla.
He pasado la mayor parte de mis años perfeccionando el arte de la cocina, y en todos ellos jamás había conocido a alguien que pensara de esa forma. La mayoría de las personas sólo quieren comer, disfrutar de un buen plato e irse. Nadie pregunta cosas de más, ni trata de descifrar nada.
Sea cual sea su razón, Moretti no deja de dejarme en claro que no es igual a nadie que haya conocido hasta ahora, para bien o para mal. Tomo una bocanada de aire antes de levantarme de la silla.
Es momento de volver a la cocina.
—Si me disculpa, tengo una cocina entera esperando por mí, señor Moretti.
—Lorenzo. —Sonríe—. Llámame Lorenzo.
—Tengo una cocina esperándome, Lorenzo.
Parece satisfecho al escuchar su nombre.
—Entonces, permíteme hacerlo más sencillo para ti. —Eleva su muñeca y mira su reloj antes de ponerse de pie—. Necesito que me acompañes, después de todo, se supone que debes enseñarme Florencia.
¿Ahora? ¿Está demente?
—No puedo hacerlo, si me disculpa.
—Katherine Monroe me dijo que no habría problemas, ¿debo pensar que no es así y que me ha mentido?
La sola mención de Katherine hace que apriete mis manos. Claro. ¿Cómo pude olvidarlo? Este asunto ha sido hablado con anterioridad. Si le digo que no, todo va a empeorar.
—Termina lo que tengas que hacer. No pienso robarte todo el día, Giovanna.
—¿Qué pasa si digo que no?
Sus ojos verdes vuelven a clavarse en los míos.
—Entonces asumiré que la chef le teme un poco a salir de su cocina.
—Eso no va a funcionar conmigo.
—Perfecto —responde, sin perder la sonrisa—. Entonces nos vemos en una hora, Giovanna. Te estaré esperando afuera.
Antes de que pueda responder algo más, toma su saco y sale del restaurante como si acabara de ganar una discusión que ni yo misma sabía que estaba teniendo. Lo observo desaparecer tras la puerta mientras aprieto la mandíbula.
—Definitivamente, voy a perder la cabeza con este hombre.