Pruébame y Sedúceme Capítulo 4
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Capítulo 4

—T e he dicho miles de veces que no debes darle tantas vueltas a lo que te sucede en el trabajo, Gio.

Escuchar la voz de Stephannie, mi amiga y la persona que oye cada uno de mis lamentos, se siente reconfortante. Luego de terminar todo en el restaurante, recibí una de sus llamadas, casi como si estuviéramos conectadas. Me sorprendí tanto al verla que fue imposible negarme a su invitación.

Stephannie es la hija de uno de los hoteleros más grandes de todo Estados Unidos, por lo que las salidas juntas se ven condicionadas por temas de trabajo y asuntos familiares.

Mi agenda estuvo demasiado ocupada y la suya parecía estar anclada al mundo hotelero, aunque eso no evitara que tuviera aventuras por todo tipo de lugares y una fila de hombres a sus espaldas.

La música del bar retumba fuerte, pero logramos escucharnos.

Aunque este no sea mi ambiente, debo admitir que ahora mismo es todo lo que necesito.

Aún más con lo que ha pasado en un solo día.

Miro el teléfono por última vez al recibir una notificación de mi madre deseándome las buenas noches.

Antes de llegar me he asegurado de enviarle un mensaje para que no se preocupara.

Aunque me falten pocos años para los cuarenta no significa que mi madre se preocupe menos.

—Si tan solo hubieras visto su cara, ¡lo estaba disfrutando! —Tomo la botella de cerveza y le doy un trago—. Reconozco ese brillo en los ojos.

—¿No estarás exagerando?

—¡No probó el maldito plato! Además… —hago una mueca—, estoy segura que sabía quién era mucho antes. No puede ser un jodido adivino.

Mi amiga levanta una ceja y toma su copa entre los dedos.

—¿Y eso te molesta porque…?

Me quedo mirándola.

—¿Cómo qué por qué?

—No lo sé, por eso te pregunto.

Suelto una risa seca.

—Es raro, pero en verdad raro y no exagero —aclaro—. Es el primer crítico que conozco que llega tarde, que no toca el maldito plato y que luego de hacerme preguntas tontas, termina yéndose como si nada.

Mi amiga me presta atención en silencio mientras gira el hielo dentro de su vaso.

—Ya.

—¿Ya?

Stephannie sonríe.

—Para mí no hay nada raro en lo que me dices.

A menos que esperaras que dijera que está obsesionado contigo o alguna tontería romántica de un depravado sexual que ni te conoce.

—Se encoge de hombros—. Quizá solo te molestó que te hablara antes y no dijera quién era en verdad.

Algo que, te recuerdo, la mayoría de los críticos hacen.

Bueno, en cierto punto tiene razón.

—No digas estupideces, Steph —espeto.

—Entonces no entiendo el problema.

Abro la boca, dispuesta a hablar, pero no pasan ni diez segundos en que la vuelvo a cerrar. Muevo la cerveza entre mis manos. Ahí está el problema; no sé cuál fue. No me había faltado el respeto ni había criticado mi comida de forma arrogante. Ni siquiera demasiado amable.

Ella se inclina hacia delante.

—Déjame hacerte una pregunta, de amiga a amiga —suspiro y asiento sin más—. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te preguntó algo sobre ti y no sobre Monroe ?

La miro, atenta. Al no haber respuesta, ella prosigue.

—Y no hablo de reservas, platos, horarios o puntuaciones. Sobre ti. —Bajo la mirada hacia mis manos en cuanto ella me señala. Intento recordar, pero no se me ocurre nada. Stephannie sonríe al notar mi silencio—. Eso pensé.

—No creo…

—No estoy diciendo que le gustes, porque sería algo ridículo viniendo de un completo desconocido, solo digo que parece que te estaba mirando antes de que supiera que eras la chef. O incluso, sabiendo quien eras, prefirió dejarlo de lado. Te hizo preguntas comunes, y por alguna razón lo ves mal.

El sonido del bar vuelve de golpe. Trato de quitarle importancia a las palabras de mi amiga con una mueca de desagrado.

—Eso, o solo estaba aburrido.

—Aunque si mañana vuelve y pide hablar contigo otra vez, yo empezaría a cobrar entrada.

Le lanzo una servilleta para oírla carcajear, y por un momento, yo también. Stephannie aparta el flácido papel con su mano y niega con la cabeza.

—Hablo en serio, Giovanna. Llevas años haciendo exactamente lo mismo. Si alguien intenta acercarse a ti con una simple pregunta, te pones a la defensiva.

—Es mi trabajo, debo estar centrada.

—No, claro que no. Te levantas, vas a trabajar, visitas a tu madre cuando puedes y luego vuelves a trabajar. Y cuando milagrosamente tu amiga viene desde tan lejos para saber de ti, no haces más que hablar de este crítico… ¿Cómo dices que se llama?

—Lorenzo Moretti.

—Lorenzo o el mismísimo dueño del mundo —exagera cuando toma otro sorbo a su copa—. Me haces sentir que solo recurres a mí cuando te sucede algo.

Hago una mueca.

—Eso me dolió, ¿sabes?

—¿Duele, cierto? Estamos iguales.

Si Stephannie tiene un superpoder, es el hecho de que no puedes verla de mal humor más de cinco minutos seguidos. Incluso cuando el mundo se le cae encima encuentra la forma de seguir con una sonrisa en el rostro. Somos tan diferentes que quizá por eso seguimos siendo amigas.

Mi única amiga.

Nos habíamos conocido de la forma más absurda posible, hace varios años, cuando ambas decidimos refugiarnos en el mismo café para escapar del trabajo.

Ella estaba sentada en una de las mesas con su portátil, peleándose con alguien por teléfono.

Yo estaba agotada después de un turno interminable y solo quería tomar café en silencio.

No hablamos al principio, hasta que una de sus maldiciones me hizo reír y esta, en vez de enojarse, se sentó a mi lado.

Después vino un café, seguido de otro y con el tiempo nos volvimos tan unidas que incluso Steph decía que ella me había adoptado como su hermana. Pero si alguien me preguntara, yo sostendría que simplemente nunca aprendió a dejarme en paz, aunque no fueran más que mentiras.

¿La verdad? Probablemente está en algún punto del medio.

—Por cierto, tengo una noticia.

—¿Buena o mala?

—Depende de cuanto estés dispuesta a soportarme.

Frunzo el ceño.

—Eso no responde nada.

Stephannie apoya la copa en la mesa, y me mira directo a los ojos.

—Voy a quedarme en Florencia.

Parpadeo varias veces.

¿Estoy escuchando bien?

—¿Qué?

—Mi padre quiere abrir una nueva línea del hotel en Milán y quiere que supervise algunas cosas desde aquí.

—¿Por cuánto tiempo?

—Si Dios se apiada de mí, unos meses.

Unos meses .

Viniendo de una mujer que vive entrando y saliendo de ciudades por trabajo y eventos, esas palabras se sienten como un sueño con fiebre. Hubo épocas en las que solíamos pasar meses enteros sin vernos.

—¿Qué carajos significa esa expresión?

Alzo las cejas, saliendo de mis pensamientos.

—Nada.

Pero ya es demasiado tarde.

—Giovanna Greco, escúchame muy bien. —Señala con su índice entre las dos—.

Cada vez que podamos vamos a salir, y no acepto excusas.

Ninguna —sentencia. Su mirada se torna seria —.

Sé que tu entorno me lo agradecerá, hace tiempo que no sales de esa cocina.

No te estoy diciendo que cambies, solo déjame compartir un poco de tu vida antes de que cumplamos cuarenta y termines casándote con un horno industrial.

Suelto una risa, una real.

—Eres una idiota.

Ella levanta su copa.

—Y tú eres una adicta al trabajo.

Levanto mi botella y la golpeo con suavidad contra su copa.

—Me alegra… —Deja de beber y yo me encojo de hombros—. Me alegra que te quedes.

La noto parpadear sin apartar sus ojos de mí, ciertamente asombrada. No es algo típico que palabras de afecto salgan de mi boca, y ella lo sabe muy bien.

—Entonces queda decidido, voy a obligarte a tener vida social. Seré como un grano pegado en el culo, así que luego no te quejes.

Resoplo.

¿Vida social? ¿Yo?

No soporto estar en un lugar repleto de desconocidos. Incluso ahora me mantengo al margen porque está ella. En otra situación, ya hace mucho que me hubiera ido a casa.

—Buena suerte con eso —espeto.

—Gracias, la necesitaré.

Las siguientes horas pasan volando mientras hablamos de cualquier cosa.

Problemas familiares, hombres que en su vida jamás volvería a ver y la receta de mermelada nueva de mamá.

Cuando mis ojos caen en la hora de mi teléfono, no siento la culpa de no estar en la cocina.

Afuera del bar, el aire de Florencia está fresco.

Stephannie se despide con un abrazo rápido y una amenaza poco seria sobre secuestrarme el fin de semana antes de subirme a un taxi.

Veinte minutos más tarde, y luego de salir de una buena ducha, me dejo caer en mi cama. No estoy pensando en el restaurante, las puntuaciones, en Lorenzo Moretti o en lo que me deparará el día siguiente.

O al menos, intento convencerme de eso antes de cerrar los ojos.

∞∞∞

Katherine Monroe me había enviado un mensaje a primera hora de la mañana. Al parecer, todo había salido bien con los exámenes de sangre, pero aún le faltan otros estudios por terminar.

K atherine:

¿Qué tal te fue ayer?

T rato de ser lo más sincera posible, aunque me termino guardando para mí varias cosas. No quiero que se preocupe y que eso termine dificultando su salud. Al fin y al cabo, no ha pasado nada lo suficientemente malo.

Suspiro y me miro por última vez en el espejo de mi habitación.

Cabello corto perfectamente peinado, algo de maquillaje y una expresión seria que parece acompañarme incluso en mis días más alegres. La luz de la mañana se cuela por la ventana, haciendo que mi piel luzca todavía más clara de lo normal.

Inclino ligeramente la cabeza.

No estoy mal, solo… cansada.

Tomo las llaves del departamento y salgo rumbo al Monroe.

Florencia despierta poco a poco a medida que sale el sol.

Las cafeterías recién abiertas y el aroma constante a pan recién hecho comienza a perderse entre las calles.

Amo el lugar donde nací con demasiada fuerza, si me dieran a elegir no lo cambiaría por nada del mundo.

No podría dejar atrás el olor a flores y la amabilidad de las personas al verte andar.