Pruébame y Sedúceme Capítulo 3
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Capítulo 3

E l turno está por terminar y no hubo rastro alguno del crítico. Luego de cerrar la barra y tomarme un pequeño descanso, decido preguntarle a Kevin de nuevo si sabe algo. Para mi suerte, todas y cada una de sus respuestas fueron negativas.

¿Qué clase de profesional se ausenta de tal manera?

Quienquiera que sea, el mejor o peor crítico de todos los tiempos, me deja en claro que la puntualidad no es parte de sus habilidades.

Aunque, en realidad, mi enfado no se debe a su poco compromiso, sino al hecho de quedarme fuera de la cocina todo un día por él.

Había perdido tiempo valioso sin apartar los ojos de la puerta principal.

Fue ridículo y agobiante.

Ring, ring.

Saco el móvil de mis pantalones y sonrío al ver el nombre de mi madre.

Deslizo el dedo por la pantalla antes de llevarlo a mi oreja.

Mi madre no está tan lejos de casa, por lo que la visito seguido.

Al ser hija única, tenemos una relación muy unida.

Incluso a través del teléfono, presiento lo que está haciendo.

Mermelada de fresas.

Mi favorita.

En la última visita, una semana atrás, me había dado unas cuantas, pero ya no me quedaba ninguna.

—Mamá.

—Gio, hija. ¿Cómo va el trabajo?

Suelto un suspiro para apoyarme en la pared al lado de la entrada de la cocina. Miro el reloj colgado en la esquina de nuevo. Cincuenta minutos para terminar el turno.

—Todo está bien.

Al otro lado, parece escucharse el sonido de una batidora. No obstante, no es suficiente para apartar los miles de pensamientos intrusivos en mi cabeza.

—¿Segura? Sabes que puedes hablarme de todo, soy tu madre.

Esbozo una sonrisa, ligeramente conmovida.

—Lo sé.

Fiorella, mi madre, había quedado embarazada a la edad de dieciséis años.

Tanto ella como mi padre tenían la misma edad, jóvenes e inexpertos, por esa misma razón ninguna de las familias había tomado la situación con agrado.

La familia de mi madre era siciliana y muy tradicional, quizá demasiado.

Y al ver que su hija había quedado en cinta de un cabrón que no dudó en dejarla sola al saber de mi existencia, no tuvieron otra brillante idea que tirarla de patas a la calle.

Todo esto con la única excusa de que no podían permitirse ser la burla del pueblo.

Fue así como sola y sin ningún tipo de contacto, mi madre decidió irse de Sicilia y comenzar a trabajar en una lavandería a tiempo completo, aguantando con fuerza los mareos y horas de cansancio solo para que yo estuviera bien.

Con el paso del tiempo, logró hacerse de una casa con el sudor de su frente.

No tengo recuerdo alguno de mi padre o abuelos y, aunque cada vez que podía daba a conocer mi aversión por ellos, mi madre solía recordarme que no debía ser rencorosa.

¿Cómo podía seguir siendo bondadosa luego de todo lo que había pasado? ¿Cómo su corazón no se ha envenenado por todo el sufrimiento?

—Recién terminé un par de mermeladas, esta vez le agregué un ingrediente nuevo que creo que te gustará.

—En mi defensa, sabes que me gusta todo lo que cocinas.

Cierro los ojos y dejo que la voz de mi madre me aleje de todas las preocupaciones.

¿Hace cuánto que no tomo unas vacaciones?

Tal vez, luego de salir de esa visita y del regreso de Katherine, deba pedir una semana o quizás un mes de licencia.

¿Qué le agradaría más a mamá, la playa o la montaña?

Había escuchado maravillas de las playas de América Latina.

Sí, no es mala idea. Un viaje donde solo estemos nosotras dos.

Cuando vuelvo a abrirlos, siento una presencia a mi lado. Rodolfo me mira con una sonrisa y de la nada, asiente.

¿Es lo que creo? ¿Acaso...? Arrugo mi entrecejo y llevo mis ojos al reloj.

¿Cómo…?

—El crítico ha llegado.

Mi corazón comienza a latir con fuerza, y respiro antes de hablar nuevamente.

—Te llamo luego mamá, te amo. Voy a colgar.

Tomo el delantal de cocina que me acerca mi compañero y sonrío al entrar a la cocina.

Elaborar comidas sin conocer los gustos de alguien era difícil, pero no imposible.

En cuanto la lámina delgada de maíz dulce rellena de queso y cerdo sutilmente frito está lista, toco la campana para anunciar que el plato puede salir.

La cara de todos me dice que es irreal que esa sea una entrada, que es demasiado fuerte para empezar.

Yo me limito a permanecer callada y seguir en lo mío.

A simple vista puede parecer algo arriesgado, pero confío en mi instinto.

Kevin se lleva el plato segundos después, y todos permanecen expectantes sin dejar de mirar a la puerta ni un solo instante. El reloj avanza cada vez más.

Es la primera puntuación. Lo que suceda con aquel plato marcará una diferencia a lo que nos espera los siguientes días. Transcurren quince minutos casi eternos en los que veo pasar a nuestro camarero por la puerta.

—Le ha gustado.

Hay un segundo cargado de silencio, suficiente para que todos dejen de respirar. Rodolfo suspira un «lo sabía» en voz baja y Marco, otro chef de mi área, da un golpecito sobre la mesada. Siento una sonrisa queriendo escaparse, pero me obligo a mantener el gesto neutro.

Es solo una entrada, no una estrella ni una puntuación.

Kevin continúa de pie junto a la puerta con una expresión extraña, de esas que salen a la luz cuando aún falta algo por saber. O por decir.

—¿Y?

Parpadea como si recién recordara que debía seguir hablando.

—Quiere conocer al chef.

El ruido de la cocina se apaga en un abrir y cerrar de ojos. Incluso Rodolfo deja de moverse y todos se giran hacia mí.

—¿Al chef? ¿Sólo por una entrada? —bufo sin muchos ánimos.

El muchacho asiente, juntando los labios.

—Preguntó quién preparó el plato, y que quería verlo.

Miro alrededor a la espera de que alguien diga que era una broma, que se sumen a lo que imagino. Nadie emite ni medio sonido, nada.

—Vamos, debes ir, Gio —alienta Rodolfo, apoyando su mano en mi espalda—. No creo que sea bueno hacerlo esperar. No te preocupes, la cocina seguirá intacta.

Le lanzo una mirada, dejo ir una bocanada de aire, me quito el delantal y doy una rápida pasada a mi uniforme en busca de manchas.

Nada grave, solo una pequeña mancha cerca de la cintura.

Decido salir de la habitación acompañada de Kevin, quien camina a mi lado hasta detenernos por unos segundos en el límite que separa la cocina del salón principal.

—No estés nerviosa.

—No lo estoy.

El camarero me dedica una sonrisa, y en cuanto nuestros pies pisan el suelo de la sala, recorro las mesas vacías hasta llegar a la única ocupada de al fondo.

Respiro para sentir una opresión en el pecho.

Comienzo a rezar para que mi estómago permanezca tranquilo como hasta entonces, y para que mi lengua afilada no cometa ningún error.

Tengo la misma cantidad de disgusto y nervios en el cuerpo, pero quien me viera no se daría cuenta.

No es para tanto , me recuerdo a mí misma.

Después de tantas horas esperando, creía que me encontraría con un señor de sesenta años vestido de traje gris con cara de pocos amigos y una libreta llena de críticas tan destructivas como su propia alma.

Similares a los que habían llegado alguna vez, y quienes no hacían más que responder en monosílabos.

Por esa razón, trato de que mi mirada no caiga en él desde el principio, pero mientras me acerco me doy cuenta de que estoy pensando mal.

No es un hombre mayor, ni lleva libreta y ni unos sombríos ojos con la intención de parecer el peor de todos.

Está sentado con una tranquilidad absurda, mirando alrededor como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Camisa blanca, mangas remangadas hasta los antebrazos y una muñeca adornada por un reloj.

De inmediato, siento una punzada de irritación recorrer mi cuerpo, al mismo tiempo en que nuestros ojos se encuentran. Conozco de primera mano esa sensación de horas atrás.

—Señor, le presento a la creadora de este plato, nuestra chef.

Me observa un segundo más antes de asentir. Kevin me hace una seña con los ojos justo antes de marcharse más rápido de lo que esperaba.

Tiene que ser una jodida broma.

¿Él? ¿En serio? ¿Por qué…?

—Así que eres tú.

Su voz sigue igual de tranquila.

—¿Disculpe?

Me hago la tonta, y una sonrisa aparece en la esquina de su boca, como si acabara de confirmar su teoría.

—Con que la persona que hará que cambie de opinión sobre este restaurante serás tú. —Sus ojos verdes sostienen mi mirada pocos segundos, luego baja hasta mi delantal antes de extender su mano hacia mí—. Chef Giovanna Greco.

Giovanna Greco.

Mi nombre sale de sus labios con ligereza. Me lo pienso varios segundos antes de estrechar su mano. Trato de no pensar demasiado. Su mano está tibia, muy al contrario del apretón firme que le proporciono. Aunque parece devolverme el golpe y tarda medio segundo más de lo necesario en soltarme.

—Lorenzo Moretti. —Frunzo el ceño y él parece divertirse por mi reacción—. Ese es mi nombre. —Lo veo, en silencio, hacer una pausa y mirar hacia el lugar de donde Kevin y yo habíamos salido para luego volver a mí—. Tengo algunas preguntas sobre este plato.

—Lo que quiera saber, estoy aquí para aclarar sus dudas.

Sonrío.

Eso es, Giovanna. Sé educada y profesional. Como si no lo recordaras de hace pocas horas atrás.

Lorenzo asiente y cruza sus manos.

—¿Por qué esto?

Parpadea sin comprender.

—¿Disculpe?

Él señala el plato con su dedo.

—Maíz dulce, queso y cerdo. —Su tono cambia, y aunque aquella pregunta puede rozar a la crítica, noto los atisbos mínimos de curiosidad—. ¿No le parece mucho para una entrada? ¿Qué le hizo tomar esta elección?

Pienso unos segundos antes de responder. El crítico tiene todo el derecho de juzgarme. Si llego a decir algo fuera de lugar, será mi condena.

Llevo mis manos tras la espalda.

Sus preguntas no me incomodan, si quiere hablar de comida, entonces hablaremos de comida.

—La mayoría de los comensales espera una entrada ligera. Un platillo que prepare el paladar y ya.

Asiente apenas.

—Está en lo correcto.

—Este plato no está pensado para preparar el paladar —simplifico y su ceja izquierda sube—.

Mi intención es despertar el apetito. —El silencio me da pie para continuar—.

Explicándome mejor, lo dulce del maíz es lo primero que saborea la lengua, luego el queso que equilibra el resto por su sabor fresco y corta la untuosidad y sal del cerdo.

Puede parecer pesado, pero la porción está medida para dejar esa sensación de saciedad parcial, no completa.

—¿Lo calculó?

—En esta cocina, no improvisamos nada.

Su boca se mueve casi imperceptiblemente, como si hubiera querido sonreír pero se arrepintiera a mitad de camino.

—Creo que eso ya lo noté.

Espero con paciencia un comentario desagradable, que refute mis palabras y diga que estoy demente por ofrecerle algo así. Todo, menos esto.

—Gracias.

—¿Puedo saber por qué estaba usted en la barra antes? ¿Pasa normalmente?

¿A qué vienen estas preguntas? ¿No está aquí solo por la comida y nada más? Respiro y respondo.

—Señor Moretti, soy chef.

—Eso también lo sé.

Mis dedos empiezan a golpear suavemente mi muñeca. Lorenzo levanta el vaso de agua frente a él y le da un breve sorbo.

—Sólo es curioso ver que un restaurante tenga a su chef sirviendo tragos.

Sonrío.

—¿Y usted siempre analiza a las personas cuando sale a comer en vez de los platos, u hoy es una ocasión especial?

Por primera vez desde que empezamos a hablar, parece sorprendido.

—No, no pasa seguido. Solo cuando algo llama mi atención.

Su tono tranquilo consigue molestarme más.

—¿Se puede saber qué fue ese algo exactamente, señor ?

Sus ojos sostienen los míos. Mi pecho da un tirón extraño al ver cómo toma la servilleta y la deja sobre la mesa antes de ponerse de pie.

No dice una sola palabra. Acomoda una manga de su camisa y se dirige hacia la salida.

Me quedo parpadeando, esperando a que se detenga, que responda; que diga algo, lo que sea, pero no lo hace.

Simplemente sigue caminando, y mis falanges se tensan, extendidas.

No mira atrás. La puerta se abre y se cierra después de él.

¿Eso fue todo? ¿Qué carajos pasó?

Permanezco inmóvil frente a la mesa y luego, miro el plato. Trago saliva al notar que aquel permanece intacto. No fue tocado en lo más mínimo.

Arrugo el ceño.

—¿Qué fue lo que te dijo? ¿Está todo bien?

La voz de Kevin llega poco después, pero yo soy incapaz de moverme.

Vuelvo la mirada hacia la puerta y siento un calor subir hasta mis mejillas. Una sensación de impotencia y vergüenza me invade. ¿Por qué se molestó en llamarme si no había probado el plato? ¿Por qué dijo que le había gustado? ¿Qué era lo que pasaba por su cabeza?

Lorenzo Moretti es un idiota, y se marchó dejándome con aquella conversación servida a medias.