Pruébame y Sedúceme Capítulo 2
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Capítulo 2

L a mañana siguiente me levanto con la misma sensación incómoda en todo el cuerpo.

Trato de llegar a la conclusión de que son los nervios por lo que pudiera pasar en los próximos días.

En especial, en este. La Señora Monroe se había ido sin darme muchos detalles, solo la hora aproximada en la que el crítico debería estar llegando al restaurante.

Nada más.

Me hallo expectante, y no me gusta nada que no esté bajo un mínimo porcentaje de control.

Este sentimiento me recuerda a varios años atrás, cuando no tenía idea de mi pasión por la gastronomía.

Era la chica sin amigos a la que pasaban por alto.

Siempre fui callada, y eso parecía molestar.

Al final de cada clase iba hacia un costado del patio central del instituto, donde nadie pudiera verme.

Casi como un fantasma, no intervenía en los debates y repelía a cualquier persona que se me acercara.

Lastimosamente, no era un fantasma.

Los apodos despreciables dirigidos a mí comenzaron a correr por el instituto, uno peor que otro, y con el tiempo empecé a creerlos.

Me mantuve callada, sin hablar con mi madre o alguien que pudiera ayudarme.

Soporté las burlas hasta que estas se volvieron parte de mi rutina diaria.

Los insultos ya no me hacían daño. Ya no pasaba las noches llorando en silencio para no alertar a mi madre; solo acepté que no había forma de cambiar aquello y que las cosas que me decían no me definían en lo más mínimo.

Cuando por fin terminó la secundaria, el alivio y el miedo fueron lo primero que sentí. Podía respirar con calma sin detenerme a escuchar lo que dijeran de mí a un costado. Pero a pesar de decir que todo estaba bien, las marcas y viejas lastimaduras seguían presentes en mis hombros.

No todas las heridas deben ser visibles para ser dolorosas. Y las mías me estaban matando a fuego lento.

«Depresión».

Recuerdo las lágrimas de mi madre al escuchar las palabras del médico, y desde ese día no ha dejado de culparse por mi sufrimiento.

Yo pienso todo lo contrario.

Mi madre es la mejor madre de todas. Se había hecho cargo sola de su bebé y sin ninguna clase de ayuda.

Juntas, habíamos logrado remendar nuestras heridas, aunque cada una de ellas fuera diferente.

Con los años y al entender que nada de lo que había pasado era mi culpa, volví a tener una vida normal sin malos pensamientos.

Recuperé la fuerza que había perdido todos esos años, y me obligué a entender que el odio que aquellos habían profesado hacia mí no era más que el reflejo que tenían de ellos mismos: que alguien feliz no hace el mal.

Faltando treinta minutos para ir al trabajo, me dispongo a salir de casa.

Me freno en la nueva cafetería que abre unas cuadras adelante y me siento en una de las mesas.

Al llevar la taza a mi boca y probar el café casi gimo de gusto.

Tengo como costumbre probar productos diferentes, adoro conocer sabores nuevos y deleitarme con ellos, aunque nada puede compararse con el café de Colombia y ese sabor intenso y persistente que no desaparece incluso después del primer sorbo.

Eso, sumando la dulzura del azúcar de coco, es como tomar un café caído del mismísimo cielo.

—Muchas gracias, quédese con el cambio.

Me despido para salir con rapidez. Detesto llegar tarde, incluso cuando yo soy quien abre el restaurante.

Mientras camino hacia la cocina, no dejo de pensar en los platillos que podría presentar.

Joder . No sé nada de él o de ella; desconozco sus gustos y hasta los mínimos detalles necesarios para no echarlo todo a perder.

—Tendré que cocinar para un fantasma.

Suelto una carcajada. Haría lo que fuera para que se marchara con una sonrisa en los labios.

∞∞∞

El restaurante está lleno, lo cual es bueno.

No sucede muy seguido y debemos aprovechar todas y cada una de las comandas.

Para mi desgracia, los intentos por entrar a la cocina se ven frustrados por la orden directa de Katherine.

El mando de la cocina quedó en manos de Rodolfo, y yo tengo prohibida la entrada, al menos hasta que llegue aquel ser.

Suspiré. Lo único que me tranquiliza es saber que cada plato estará bajo buen escrutinio.

Suelto un bufido ante la idea de no estar en las preparaciones.

¿Acaso no tengo que impresionar al crítico? ¿Entonces por qué carajos estoy sirviendo tragos en la barra? ¿Quién demonios bebería tan temprano?

Pero esto último se debe a un problema aparte.

Y ahora que no contamos con el personal suficiente, debemos turnarnos para realizar otras tareas.

Estamos acostumbrados, así que no es tan difícil.

Kevin, uno de los cocineros auxiliares, ahora hace el papel de mesero.

Al verlo pasar por mi lado, me sonríe y luego niega con la cabeza.

Le había pedido encarecidamente que me avisara en cuanto llegara el crítico.

Pasa de largo y yo cierro los ojos durante unos segundos ante los murmullos de las familias, con un suave jazz de fondo.

—Un Martini doble, por favor.

La voz me saca de mis pensamientos. No supe cuánto tiempo llevaba ahí, pero por la expresión en el rostro del hombre, no parece importarle. Tomo todo lo necesario para el trago y me pongo en marcha, sin dejar de echarle un vistazo mientras coloco su bebida frente a él.

Es rubio, lleva el cabello prolijamente recortado y con una presencia elegante e imponente. He conocido a varios hombres como él y todos parecían llamar mi atención con el único objetivo de llevarme a la cama.

Retomo mi postura y siento el peso de su mirada sobre mí. Comienza a molestarme, sin dudas. ¿Por qué no aparta sus ojos? ¿Llevo ropa demasiado sencilla?

Vamos, que no es nada del otro mundo.

Visto unos pantalones negros a medida con una camisa de botones blanca con el logo de Monroe a un costado. Al igual que mi atuendo, el maquillaje es algo que uso poco —rozando la nada misma—, por lo que sólo llevo puesto algo de colorete en las mejillas, máscara de pestañas y labial rojo.

¿Entonces, por qué no deja de mirarme de forma tan abrasadora?

Suspiro para decirme a mí misma que estoy exagerando, que no hay nada en mí como para interesarse y que seguramente estará pensando en algo más mientras mira en mi dirección.

Minutos después, y luego de atender a varios clientes, aún soy capaz de sentir el peso de esos ojos verdes. El tipo sigue ahí, sin moverse.

—¿Quiere otro trago? —pregunto al asomarme.

Una sonrisa se dibuja en su rostro antes de negar con la cabeza.

—No es necesario, ya debo irme.

Bueno, ya no estará cerca , pienso.

Pero para mi sorpresa, en vez de irse sin mirar atrás y dejarme respirar por primera vez desde que percibo su presencia, saca su cartera y de esta, un billete de cien dólares.

—Lo siento, pero no puedo aceptar eso.

—Tómalo como una propina de un cliente que ha quedado feliz por el servicio. —Me acerca el dinero—. De todas maneras, volveré más tarde. Así que podría tomar otra copa como forma de cambio. ¿Qué le parece, señorita...?

Habría sido tan fácil negarse, decirle que puede tomar su billete y guardarlo donde no le entre el sol. Que no me apetece beber siquiera agua con él…

Pero ¿a quién engaño? No soy tan borde.

—Está bien. —Sus ojos brillan mientras espera mi respuesta—. Gracias por la propina.

—Hasta dentro de poco, entonces.

No es hasta que cruza la puerta del restaurante que siento que vuelvo a respirar. Me pongo pálida a los segundos. ¿Acabo de aceptar beber con un jodido desconocido? ¿Pero qué carajos tengo en la cabeza? Bufo al mismo tiempo en que mis ojos se posan en el billete de cien dólares.

¿Propina? ¿Otro trago?

Camino hasta llegar al bote de propinas y dejo caer el billete dentro. Me dispongo a relajar mi rostro al notar que sigo frunciendo el ceño. Después de todo, ¿qué tenía de extraordinario aceptar un trago?

Es eso.

Un trago.

Solo un jodido trago .

Me repito esas palabras en lo que intento recuperar la calma, antes de volver toda mi atención a la voz del hombre mayor frente a mí que insiste en que le prepare un mojito.