Pruébame y Sedúceme
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Capítulo 1
¿T e has detenido alguna vez a pensar qué es el amor? ¿Y si este puede prevalecer ante todo?
Porque yo sí.
Los años siguen pasando y la pregunta aún permanece en mi cabeza. Trato de no darle tantas vueltas y dejar que esa duda muera, pero cuando creo que está por desaparecer, emerge otra.
¿Es el amor lo único que nos mueve en la vida? ¿Cuánto serías capaz de arriesgar por amor?
En esta ocasión, y con desgracia, no tengo la respuesta.
Mi vida entera gira en torno a la cocina y, en especial, a Monroe.
Un pequeño restaurante que está muy lejos de rozar lo extravagante.
A pesar de ello, tener tan cerca las vistas de los jardines de Florencia, Italia, lo hace perfecto.
Al menos para mí. Es de esos lugares donde puedes pasar una tarde completa acompañada de un café y un buen libro.
¿Y qué es mejor que una bebida caliente y una lectura divertida?
A mis treinta y dos años, aquella es una de mis actividades.
Soy la chef «diamante en bruto» de la que todo el mundo llevaba unos años hablando.
Estoy fascinada y, aun con cierto tiempo, no puedo creer que mi talento es reconocido en el lugar que tanto había amado desde niña y, sobre todo, en mi país.
Aunque no todo es color de rosa, más bien gris.
Un gris opaco y espeso.
El tiempo es escaso y paso mis pocos minutos libres perfeccionando otras técnicas.
Por eso, mi vida amorosa permanece encerrada en un cajón, casi en el olvido.
No recuerdo con exactitud la última vez que intenté salir con un chico.
De primeras, conocerlo mediante una app de citas no había ayudado mucho, y en segundo lugar…
El asco que había experimentado al sentir sus jodidas manos sudadas en mi pecho. Una bofetada y una maldición de mi parte había sido su recompensa antes de salir de su coche.
No tengo suerte. O quizá soy demasiado mojigata.
¿Acaso seré la única mujer del planeta que cree que en la primera cita es imposible el sexo? ¿Estoy tan chapada a la antigua? ¿Será locura?
No me importa demasiado lo que piensen de mí. Nadie se muere por no tener sexo y estar soltera. Y si la única forma de sentirme segura es junto a alguien, entonces hay un gran problema.
—Giovanna, te llama la Señora Monroe.
Me detengo al escuchar la voz de Rodolfo, uno de mis compañeros de cocina y buen amigo.
Lleva el mismo tiempo que yo en estas cocinas y nos complementamos a la perfección.
Rodolfo es discreto, y aunque su expresión no me dijera nada en particular, el simple hecho de que la jefa solicite mi presencia de un momento a otro no me da buena espina.
—Hazte cargo de la cocina mientras no estoy, por favor.
Rodolfo asiente y no pierdo más tiempo. Salgo de la cocina y camino por el pasillo en dirección contraria al salón. La puerta de madera del despacho de la Señora Monroe tiene una frase peculiar grabada que, cada vez que la veo, me es inevitable no pensar en ella.
«Soy feliz porque cada una de mis imperfecciones me hace más humana».
Katherine Monroe no es amante de la poesía.
La conozco demasiado bien para saberlo. Pasar tantos años juntas ha reforzado una relación especial.
Es el tipo de persona que con solo una palabra u oración puede hacerte ver la vida de manera diferente.
Quizá por los años o porque sabe qué decir en el momento correcto.
Doy dos pequeños toques en la puerta antes de entrar y sentarme en una de las sillas de la oficina.
Solo puedo describirla con dos palabras: delicadeza y perfección.
Las paredes de madera y un par de muebles forrados con una tela aterciopelada de tonos neutros conforman un ambiente del que no logro decir con exactitud qué es lo que más me gusta o por qué llama tanto mi atención.
—Te preguntarás por qué te hice llamar el día de hoy, pequeña florecilla.
Katherine roza los ochenta y seis años de edad, y a pesar de tener una enfermedad que hasta ahora ha sido compleja de curar, siempre lleva consigo una sonrisa en el rostro. Su piel pálida cubierta por un mar de pecas en sus mejillas me cautiva, sin mencionar el par de ojos verde claro.
La mujer frente a mí es como una segunda madre.
—Pues me conoce. No puedo mentir. —Sonrío mientras me cruzo de brazos—. No recuerdo haber hecho algo indebido, por lo que estoy muy intrigada por este llamado.
Katherine suelta una carcajada y se remueve en su asiento. En ese instante, lo único que nos separa es su escritorio.
—Florecilla, sabes que no hace falta tratarme de usted. Pero tu carácter, querida… —Apoya sus manos en el apoyabrazos de su asiento—. Eres testaruda, pero buena persona y eso se ve reflejado en los clientes. Nunca podrás decepcionarme. ¡Mira lo bien que nos ha ido!
Vuelvo a sonreír, recordando el día en que conocí a Katherine.
Antes de ser chef en su restaurante, me ganaba la vida como mesera en uno de los pequeños bares a una cuadra de casa.
Por cosas del destino, el encargado de la cocina había faltado por temas de salud y yo no desaproveché la oportunidad de entrar a la cocina. Ella había ido a ese bar.
Pero, a pesar de eso, algo no me cierra.
Frunzo el ceño y fijo mis ojos en sus manos.
—No me llamó sólo para decirme todo eso, ¿cierto?
La risa corta que suelta se pasea por mis oídos.
—No, sabes que no —hace un breve movimiento con su mano y abre una de las gavetas del escritorio—.
Los últimos meses fueron complicados, pero cuando recibí esto, creí que era bueno mostrártelo.
Hace unos días llegó un informe, pero no uno cualquiera.
Al parecer un crítico importante vendrá al restaurante dentro de pocos días.
Pero a diferencia de los críticos anteriores, este hizo una petición por ser nuevo en la ciudad.
¿No crees que somos afortunados? Está haciendo una guía gastronómica y requiere de alguien que le muestre la ciudad, claro, mientras nos evalúa.
—La veo esperar varios segundos antes de continuar—. Y tú eres la indicada.
¿He escuchado bien?
¿Un crítico y una guía gastronómica?
—No entiendo —espeto—. ¿Está diciendo que deje de desempeñar mi trabajo en la cocina para ayudar a este crítico?
En tal caso, ¿no sería apropiado que usted lo haga al ser la dueña de Monroe ?
No es por discrepar, pero sabe que las últimas semanas hemos tenido pocos clientes, tenemos mucho trabajo por hacer.
Sin contar que no hay suficientes reemplazos en la cocina como para faltar.
El restaurante que alguna vez había llenado filas hasta albergar a cientos de comensales, a duras penas llega a finales de mes para pagar las cuentas. Por ello, la temporada alta termina siendo nuestra única salvación, lo que supone quedarme hasta tarde para dejar todo perfecto.
—Ya quisiera hacerlo yo, pequeña florecilla.
Pero sabes que debo viajar por temas de salud, los pulmones de esta vieja ya no funcionan del todo bien.
En cuanto a los cocineros, no te preocupes, sé la capacidad de cada uno de ustedes y sé que podrán hacerlo.
Que tú podrás hacerlo. —Suelta un suspiro, reclinando su cuerpo en el asiento—.
No te preocupes de más, Giovanna. Si me permites darte un consejo, no dejes que el trabajo absorba la mayor parte de tu vida.
Mírame. Desperdicié mi juventud y ahora pago el precio.
No tardaré demasiado y, cualquier cosa que pase, sabes que puedes llamarme.
¿Qué puedo objetar a ello? ¿Cómo negarme cuando sé lo que significa?
¿Desechar una oportunidad? No lo haría. Por eso, horas más tarde, cuando el calor del fuego hace que olvide por segundos aquella sensación de tensión en mi cuerpo, respiro con tranquilidad.
Todo se complica y solo debo prepararme para lo que sea.
Debo luchar con la misma fuerza de estos años, y no rendirme. No es la primera vez que un crítico cruzaba las puertas del Monroe.
—Ahora que lo pienso, no me dijo su nombre.
Muerdo mis labios con suavidad antes de darle un último vistazo al plato, esperando a que el mesero se lo lleve . No debo preocuparme, claro que no debo hacerlo. Todo está en completa normalidad aún. Estoy en la cocina, en el sitio con el que había soñado desde pequeña.
Y mientras estuviera ahí, nadie podría echarlo a perder.