Proyecto Luna de Miel 40
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OLIVIA

Decir que me he bloqueado cuando he visto a Mauro entrar en mi despacho es quedarme corta.

No lo esperaba, y menos cuando cerraba un paquete turístico para un viaje de fin de curso.

No estaba preparada para hablar con él y la he vuelto a fastidiar.

Tenía organizado un discurso para soltárselo en cuanto tuviera ocasión de verle, y no he sido capaz de hacerlo.

Lo que sigo teniendo claro es que ha sido mirarle a los ojos y reafirmarme, una vez más, en que es el hombre al que amo y que no quiero perderlo, aunque eso signifique tragarme el orgullo.

Salgo del despacho con la clara intención de hablar con él, pero Salomé me dice que ya se ha marchado. Entonces voy directamente a buscar a Rodrigo.

—Señor Millán, necesito hablar con usted —digo con decisión mientras me siento.

—Ya me puedes tutear, que oficialmente hace unas horas he dejado de ser tu jefe —explica con expresión divertida, rara vez le he visto así de feliz.

—Imagino que debería felicitarle. —Descruzo las piernas para cambiar a otra postura mucho más cómoda; estoy nerviosa y no sé ni cómo sentarme.

—No sabes lo contento que estoy. —Se levanta de su silla y me mira sin cambiar un ápice su gesto—. Por cierto, esta noche Marta y yo cenaremos con Mauro para celebrarlo, ¿quieres venirte?

—No sé si a él le parecerá buena idea…

—Mauro te adora; si tú no estás, seguramente se sienta a medias. Como lo ha reservado mi mujer, no me acuerdo ahora de la dirección, pero cuando llegue a casa te mando un mensaje con todos los datos.

—Gracias, Rodrigo, por todo. —Creo que es el momento ideal de tutearle—. Te agradezco muchísimo la oportunidad que me diste aquel día, aun sabiendo que no tenía ninguna experiencia en esto. Es algo que no voy a poder olvidar.

—Las gracias te las debería dar yo a ti porque, sinceramente, la empresa ha ganado mucho dinero con tus propuestas y, además, he visto por primera vez a Mauro enamorado. Sé que vais a ser muy felices. —No puedo evitar emocionarme después de oírle.

Salgo de su despacho con un par de lágrimas asomando en mis ojos. Tengo claro que iré a esa cena y haré todo lo posible por arreglarlo con él.

Miro por Internet el restaurante que me acaba de mandar Rodrigo; es bastante lujoso, pero la ocasión lo requiere. Busco en mi armario lo más elegante que tengo, creo que debo ir a la altura del acontecimiento. Me siento nerviosa e ilusionada a la vez, como una niña en un día importante.

Estoy sacando vestidos sin saber muy bien qué ponerme cuando noto a mi abuela apoyada en el marco de la puerta, observándome en silencio.

—Tienes la cabeza en otra parte, Olivia —dice con esa voz suya que no necesita preguntar nada para saberlo todo.

Me quedo quieta, con un vestido en la mano.

—Abuela… —susurro, sin saber por dónde empezar.

Ella entra despacio y se sienta en mi cama.

—No quiero que te hagas daño buscando cosas que no te van a dar la paz que ya tienes aquí —asegura, señalándome el pecho.

—Pensé que necesitaba ir a Hamburgo, que si encontraba respuestas… —Me tiembla la voz—. Que si sabía por qué se fueron, quizá podría entenderme mejor.

Mi abuela niega despacio, con una ternura que me rompe por dentro.

—Mi niña… tú no eres una pregunta sin responder. Eres una vida que has construido tú sola, sin ellos. Y lo has hecho bien.

Me acerco y me siento a su lado.

—¿Crees que estoy equivocada por querer dejarlo estar?

—Creo que estás creciendo —responde, acariciándome la mejilla—. Y que, a veces, elegir quedarse es más valiente que salir corriendo detrás del pasado.

Cierro los ojos y siento que algo dentro de mí se afloja, como un nudo que llevaba años apretado.

—No quiero viajar, abuela. No ahora. No así. No quiero que mi vida se pare por algo que pasó hace tantos años y de lo que yo no tuve culpa.

—Entonces no vayas —dice con una sonrisa tranquila—. Quédate donde te quieren y donde tú quieres estar.

Nos abrazamos fuerte y dejo que toda la tensión que tengo se vaya disipando.

Después, aviso a mi abuela de que, si sale todo como quiero, seguramente no venga a dormir.

Sé que nunca le parece bien que pase la noche fuera, porque para ella eso son «moderneces de ahora», pero también le he explicado que necesito arreglar las cosas con Mauro.

Oigo maldecir al taxista que me recoge en casa porque estamos en un atasco y eso es raro en esta zona; seguro que ha habido un accidente y por eso estamos parados.

No dejo de mirar mi móvil, estoy segura de que voy a llegar tarde, y eso solo consigue aumentar mis nervios.

Siento las palmas de las manos húmedas, y miro el reloj cada treinta segundos.

Entro en el restaurante, pregunto al maître por la mesa de Rodrigo Millán, añadiendo que me están esperando, y él me acompaña hasta un reservado.

Jamás había estado en un sitio tan lujoso, pero creo que he acertado con el vestido negro que llevo, sobre todo por la cara que ha puesto Mauro en cuanto me ha visto acercarme a su mesa.

—¡Olivia! —exclama, muy sorprendido. Seguramente Marta y Rodrigo han querido darle una sorpresa, porque está claro que no me esperaba.

—Buenas noches a todos —digo, mirando al matrimonio que se levanta para darme dos besos. Es la primera vez que saludo así a mi jefe, mejor dicho, a mi exjefe.

—Me alegra mucho que hayas venido —confiesa el susodicho con una sonrisa cargada de complicidad y mira su reloj—. Pensé que habías cambiado de idea.

—Lamento llegar tarde, ha ocurrido un pequeño accidente en la carretera y me ha retrasado.

—Gracias por venir, estás preciosa —dice Mauro y me da un beso en la mejilla. Después, cuando me siento, me acerca la silla a la mesa en un gesto de lo más caballeroso.

El camarero me sirve vino y, en cuanto se va, aprovecho para hacer un brindis por el pasado y el futuro de GranCanTour.

No puedo dejar de mirarle, tengo tantas cosas que decirle que espero tener después un rato a solas para poder hablar con él .

Me cuesta hasta tragar, con tantas palabras atascadas en la garganta.

La cena está exquisita, aunque poca cantidad para mi gusto, pero sé que en este tipo de restaurantes es así: muy buena calidad, muy buena presentación, pero poco en el plato.

La compañía es estupenda; hacía tiempo que no me reía tanto.

Rodrigo está pletórico, nunca le había visto tan relajado como hoy; además de que todo el vino que está tomando forma parte de esa actitud.

En realidad, todos hemos bebido un poco más de lo habitual, porque hay momentos en los que se nos traba un poco la lengua.

—Yo diría de ir a tomar una copita por ahí, pero sé que mi mujer preferiría que nos fuéramos ya a casa —comenta Rodrigo cuando terminamos los postres y una botella y media de champán.

—Como me conoces —dice Marta riéndose.

—¿Te apetece que terminemos lo que queda? —me pregunta Mauro, señalando el líquido dorado y espumoso de la botella.

—No tengo ningún sitio mejor donde estar —contesto muy relajada, sé que es por el alcohol, pero lo agradezco infinitamente.

Rodrigo y Marta se despiden de nosotros y nos dejan solos en el restaurante. Creo que ha llegado el momento de soltarle todo lo que siento y pedirle perdón, eso lo primero; espero que no se me vuelvan a atragantar las palabras y no hacer el ridículo otra vez.

—He estado pensando que tienes razón y que hay muchas cosas que no valoramos solo porque no cuestan dinero —digo, recordando sus palabras mientras mirábamos el atardecer en Fuerteventura—, como escuchar el viento tras la ventana, abrazar y besar a quien quieres y, sobre todo, sentir.

Hay cosas que brotan de nuestro pecho sin necesidad de pagar por ello.

Y en estos momentos siento que, dentro de mí, mi corazón se va a salir.

—Sonrío orgullosa de habérselo dicho del tirón—.

Te quiero, Mauro, y nunca he estado tan convencida de lo que siento como en estos instantes.

Sé que eres el hombre de mi vida y te pido perdón por haber sido tan egoísta y no pensar en que tú también tienes tu vida y que no todo gira en torno a mí.

—El día que tú y yo nos casemos será porque los dos queremos hacerlo, no para tener una luna de miel; de hecho, ya la tuvimos para tu proyecto en las islas.

Te recuerdo que vivimos todo con la misma intensidad que si fuéramos recién casados.

—Su sonrisa me llena de tanta felicidad que creo que voy a explotar.

Me levanto de la silla, él hace lo mismo y, mientras sus labios rozan los míos, siento que todo lo demás deja de importar.

Salimos del restaurante cogidos de la mano. El aire fresco me despeja un poco y me doy cuenta de que estoy temblando, pero no por el frío. Mauro me rodea los hombros con su brazo y caminamos unos metros en un silencio tan lleno de cosas que ya no hacen falta decir deprisa.

—Gracias por venir —murmura él, sin mirarme, como si también estuviera reuniendo valor.

—Gracias por esperarme.

Nos detenemos en la esquina, bajo una farola que tiñe la calle de un tono dorado. Él me mira con esa mezcla de ternura y firmeza que siempre me desarma.

—Olivia… —empieza, pero yo niego despacio.

—He tomado una decisión. —Respiro hondo—. No quiero viajar a ninguna parte ni buscar nada fuera porque no necesito respuestas que me hagan daño. —Trago saliva—. Lo que necesito está aquí contigo, con mi abuela y seguir con mi vida.

Mauro me mira como si acabara de quitarme un peso de encima que él también llevaba.

—Me alegra oírte decir eso —susurra—. No porque no quiera acompañarte donde haga falta, sino porque… no quiero que huyas de ti misma.

Siento un nudo en la garganta, pero esta vez no duele.

—No estoy huyendo —digo—. Estoy eligiendo.

Él sonríe, esa sonrisa suya que siempre me devuelve el mundo a su sitio.

—Entonces ven —dice, ofreciéndome la mano, y la cojo sin dudar.