Proyecto Luna de Miel 38
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OLIVIA

Reconozco que he sido un poco brusca al decírselo.

Entiendo que no se lo tome en serio, pero le he explicado los motivos por los que nos vendría bien casarnos ahora.

Aun así, le parece un disparate, y a mí me parece una idea estupenda para tener unos días libres y poder ir juntos a Hamburgo a buscar a mis padres.

No sé qué encontraré allí, pero necesito intentarlo.

No quiero seguir viviendo con preguntas que siempre he evitado.

Si nos casamos, por ley, tenemos derecho a disfrutar de quince días de luna de miel.

—¡Es una locura, Olivia! Y más en estos momentos… En pocos días firmaré como dueño de GranCanTour y debo estar aquí —afirma, mirándome como si estuviera un poco loca.

—¡Ya veo que para ti es más importante esa empresa que seguirme en mi propósito! —grito fuera de mí . Las palabras me salen antes de pensarlas, impulsadas más por el miedo que por la rabia.

—¡¿Cómo puedes comparar una cosa con otra?! —Respira hondo, tratando de calmarse—. Además, el día que tú y yo nos casemos será porque los dos estemos convencidos de unirnos para siempre, no porque nos interese para tener unos días de vacaciones. ¿Pero te estás oyendo?

—Pensé que me querías, pero ya veo que no lo suficiente —escupo con rabia y, en cuanto lo digo, me arrepiento.

—¿Tú crees que no hacer lo que me pides es demostrarte lo que siento por ti? Amar significa esfuerzo, y lo que tú me estás pidiendo es...

No le dejo terminar. Voy a la habitación, me visto, recojo mis cosas y salgo de casa. Él no me sigue, pero lo prefiero, estoy tan enfadada que va a ser mejor que esté sola.

Llego a casa de mi abuela en taxi y esta me mira extrañada de verme entrar sola por la puerta.

Le digo que no tengo ganas de hablar y me meto en mi cuarto.

Siento una impotencia que me quema por dentro.

Con lo bien que lo había planeado todo… Cojo el móvil, le mando un WhatsApp a Carla contándole por encima lo que ha pasado y, automáticamente, me llama por teléfono.

—¡No me puedo creer que le hayas dicho eso! —comenta riéndose después de leer el mensaje.

—Lo que yo no me puedo creer es que me haya rechazado, se supone que me quería… —digo abatida por completo.

—Ahí tengo que llevarte la contraria. ¿Crees que no ha aceptado porque no te quiere?

Lo que tú propones no es un acto de amor, sino de egoísmo.

Pretendes que él tire su futuro por la borda para acompañarte a buscar a unos padres que, perdona que te lo diga, no quisieron volver a saber de ti.

—Se queda callada durante unos segundos—.

Sé que para ti es importante encontrarlos, pero no es justo que Mauro tenga que renunciar a lo suyo porque a ti te hayan entrado las prisas de repente.

Su voz me golpea más de lo que quiero admitir.

—Bueno…visto así, puede que tengas razón.

—Oli, no se puede ver de otra manera. Es como si yo le digo a Diego que deje su buen trabajo en Tenerife para venirse aquí y así yo verlo todos los días. Sería muy egoísta por mi parte. Diferente sería si saliera de él y me lo propusiera…

—¿Te irías allí con él?

—Sin dudarlo, pero mientras ocurre o no ocurre, prefiero disfrutar al máximo los momentos en los que viene aquí.

—Creo que tienes razón… Y mira que le he dado mil vueltas a lo de pedirle matrimonio para poder tener días de vacaciones… Pensé que era una buena solución, pero veo que solo he sido egoísta… ¡Cómo la he cagado, Carla! Ojalá pudiera dar marcha atrás.

En cuanto cuelgo el teléfono, voy al salón, mi abuela se merece una explicación.

Después de contarle lo que ha pasado y llevarme un buen rapapolvo por su parte, comemos, aunque apenas tengo apetito.

No dejo de pensar en cómo enmendar mi error, así que decido ir hasta su casa en cuanto termine de recoger la cocina.

No puedo quedarme quieta sabiendo que puede marcharse sin escucharme.

En quince minutos ya estoy llamando a su puerta.

Estoy tan nerviosa como si le fuera a ver por primera vez.

Los segundos pasan y no abre. A lo mejor ya se ha marchado a Tenerife.

Debería llamarlo al móvil, puede que aún siga por aquí, pero no quiero pedirle perdón por teléfono.

No quiero que mi voz tiemble en un altavoz.

Necesito mirarlo a los ojos. Se me ocurre que quizá haya ido a casa del señor Millán a despedirse antes de ir al aeropuerto; si me doy prisa, tal vez lo encuentre todavía allí.

Cojo otro taxi y llego hasta su casa. Me abre Marta, extrañada de verme, y me invita a entrar.

Le cuento que hemos discutido —tampoco le voy a decir a la mujer de mi jefe que lo que pretendía era casarme para tener vacaciones—, y me dice que Mauro no ha pasado por aquí.

Incluso se ofrece a llamarlo, algo a lo que me niego rotundamente.

Agradezco el gesto, sin embargo, mi orgullo es más rápido que mi gratitud.

Sé que su intención es buena, pero ya soy mayorcita para encargarme de mis asuntos.

Si mi abuela me pudiera leer ahora mismo el pensamiento, diría que soy tan orgullosa como mi abuelo y, por tanto, como mi madre.