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MAURO
No sé qué se traerá Olivia entre manos, pero lleva toda la semana de lo más misteriosa y cariñosa.
No es que sea una mujer arisca, todo lo contrario, pero por teléfono nunca se ha mostrado así, por eso sé que algo está tramando.
Menos mal que es jueves, y mañana ya la tendré frente a mí para hacerle un interrogatorio exhaustivo.
Incluso puede que después también la cachee, como hace la policía antes de una detención.
Mi cuerpo reacciona solo con imaginármelo .
Tiene ese poder sobre mí: convertir la espera en deseo.
Antes de ir al aeropuerto, me aseguro de dejar mi casa bien cerrada, no vaya a ser que me encuentre con alguna sorpresa desagradable cuando vuelva el domingo, como le ocurrió a un vecino el mes pasado.
Saber que voy a verla me produce los mismos nervios que la primera vez, y lo que me recorre por el pecho es un síntoma claro de que estoy muy enamorado.
A estas alturas ya no puedo disimularlo ni aunque quisiera.
Mientras espero embarcar, llamo a Marta, hace días que no hablo con ella.
—Pues está como loco con eso de la jubilación —me cuenta entre risas—. Creo que en estas semanas está trabajando más que nunca. Pero lo hace en casa, ¿eh?
—Ya verás que pronto se olvidará de la agencia y lo tendrás en exclusiva —aseguro, visualizándolos todo el día juntos.
—Me da que Rodrigo no va a dejar por completo la empresa. No olvides que es su vida y olvidarse de ella del todo va a ser imposible —dice con resignación.
—Ya me encargaré de eso, ya sabes que voy a ser el jefe —bromeo, y escucho su carcajada.
—¿Os apetecería a Olivia y a ti venir a cenar mañana por la noche? —me propone justo antes de despedirnos.
—Lo hablaré con ella y, en cuanto sepa algo, te aviso.
Tal y como imaginaba, Olivia no ha rechazado la invitación de Marta.
Sabe que ellos son parte de mi familia y, si está conmigo, debe aceptarlo, aunque sé que Rodrigo no le cae especialmente bien.
Sin embargo, debo decir que, desde que volvimos a estar juntos, no le noto ese desagrado en sus ojos cuando habla de él.
Marta ha llenado la mesa de comida, ella es así. Rodrigo está inquieto, tal y como ella me dijo por teléfono. Después intentaré encontrar un momento a solas para ver qué le pasa.
—Me alegro mucho de que hayas venido —le dice la anfitriona a Olivia.
—Has sido muy amable invitándome.
—¿Cómo es posible que tutees a mi mujer cuando es la segunda vez que la ves y a mí, que llevas mucho más tiempo conmigo, aún me sigas llamando «señor Millán»? —le pregunta Rodrigo, pronunciando con ironía las últimas dos palabras.
—Pues porque usted es mi jefe —responde resuelta, y a Marta y a mí nos entra la risa.
—A ver si, para una vez que Mauro trae a alguien a casa, lo vas a fastidiar —le regaña entre risas a su marido.
—¿Nunca has venido acompañado? —me pregunta Olivia con cara de extrañeza.
—Eres la primera mujer que les presento como mi novia —afirmo con orgullo . Y, al decirlo en voz alta, siento algo dentro de mí asentarse, como si todo encajara por fin.
—Mentira —apunta Rodrigo, tratando de ponerse serio sin conseguirlo—. A Olivia te la presenté yo en Tenerife, no al revés.
—Ahí sí que le tengo que dar la razón a mi marido —admite Marta sin dejar de reír.
La cena transcurre en el mismo ambiente distendido. No hemos dejado de reírnos y sé que Olivia se ha sentido muy cómoda. Después nos despedimos, estoy deseando tenerla a solas para mí.
Por el camino, Olivia llama a su abuela por teléfono para darle las buenas noches y asegurarse de que está bien.
En cuanto llegamos a casa, pongo un poco de música y dejo que su vestido se deslice despacio entre mis dedos.
No tenemos ninguna prisa, así que quiero deleitarme con su cuerpo y darle todo lo que ella se merece.
Lo que empezamos en el sofá, lo terminamos en la cama. Me doy cuenta de que nunca me sacio de ella ni ella de mí. Nos complementamos a la perfección tanto dentro como fuera de la cama . No sé si es amor o destino, pero su respiración encaja con la mía como si lleváramos años ensayándolo.
Cuando me despierto, me visto corriendo y voy a la panadería de la esquina a comprarle algo rico para desayunar.
Aún no vivo aquí, solo vengo los fines de semana, por eso la nevera está casi vacía.
De momento, nos hemos acostumbrado a comer y cenar fuera, a no ser que pidamos comida a domicilio, que, de vez en cuando, también lo hemos hecho.
Y los domingos son sagrados para la abuela de Olivia y comemos allí.
Mientras se hace el café, voy a la habitación a despertarla y la lleno de besos y caricias.
Me gusta ese instante entre sueño y vigilia, cuando su sonrisa todavía pertenece a los sueños.
Me da la sensación de que se nos va a enfriar el café, pero no creo que importe en estos momentos.
Después de una ducha, vamos a la cocina y desayunamos.
Olivia no deja de mirarme, como si quisiera decirme algo y no encontrara las palabras.
—Estás preciosa, pero se te marca una arruguita aquí cada vez que piensas demasiado. —Rozo con el dedo sobre una de sus cejas.
—¿Tanto se me nota? —pregunta tocándose la cara.
—Venga, dime lo que te preocupa. Sabes que puedes confiar en mí.
—Que no puedo concentrarme teniéndote tan cerca y con tan poca ropa. —Me señala la toalla que aún llevo a la cintura y nos reímos.
—En serio, ¿qué te pasa?
—Necesito que nos casemos —suelta de golpe, mirándome muy seria.
Durante un segundo, no sé si ha hablado en serio. Luego la miro… y entiendo que sí.