Proyecto Luna de Miel 36
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OLIVIA

Ahora tengo más información sobre el paradero de mis padres de la que esperaba al levantarme esta mañana.

Empecé buscando a un hombre del que apenas sabía nada y ahora tengo delante una historia que nunca imaginé.

Me cuesta asimilarlo. No voy a negar que escuchar el relato de mi abuela ha sido de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida, sobre todo porque estaba escondida en el pasillo y no sabía si salir e interrumpir o quedarme donde estaba.

Creo que he hecho lo mejor, porque seguramente mi abuela habría dejado de hablar y yo jamás me hubiera enterado.

La verdad es que estoy ansiosa por buscar más información, pero Mauro está aquí y no quiero dedicarme a otra cosa que no sea él.

Es mi calma en medio de este torbellino.

—Abuela, nos marchamos. Mañana vendremos a buscarte y vamos a comer los tres al puerto, ¿te parece? —propongo, mirando a Mauro en busca de su aprobación

—No, hija, yo ya no estoy para tanta salida. Id vosotros y pasadlo bien. —Se levanta con la intención de meterse en la cocina, porque sé que para ella es su refugio.

—Gracias por contar la verdad, te estoy muy agradecida —le digo, abrazándola, y vuelve a llorar.

—Sé que debería habértelo dicho mucho antes, pero tenía miedo de que tú también me abandonaras y quedarme sola —confiesa en un mar de lágrimas.

—Nunca te vas a quedar sola, jamás. —No puedo evitar llorar con ella.

Cuando estamos más calmadas, la lleno de besos y nos despedimos. Sé que ahora le va a venir bien estar a solas consigo misma y desahogarse a gusto. Guardo las cartas en mi habitación antes de salir; no quiero que las vea y se ponga aún más melancólica de lo que está.

Antes de ir a casa de Mauro, paramos en un bar a comer algo.

Estoy deseando estar a solas con él, pero también mi estómago ruge con furia.

Mientras cenamos, hablamos de lo que ha sucedido hace un rato con mi abuela; la verdad es que aún estoy impresionada por el relato.

Pero a la vez estoy contenta, porque ya tengo un hilo del que tirar para ponerme el lunes manos a la obra.

Si tengo un rato en la oficina, claro, porque con todo lo que me ha mandado el señor Millán me da que voy a estar más ocupada de lo que creo.

La casa de Mauro está en una buena zona de Las Palmas.

Se la compró con el esfuerzo de su trabajo y está orgulloso de ello.

Además, sabe que dentro de muy poco volverá a ocuparla, y eso le pone de buen humor.

Está todo en la misma planta y, al igual que la de Tenerife, es muy acogedora.

El salón es bastante grande y tiene la cocina americana, así que mientras prepara un par de tés, puedo verlo.

Consta de tres habitaciones, dos cuartos de baño y una terraza que da a un pequeño jardín con piscina, aunque en estos momentos la tiene tapada con una lona.

Le pregunto por qué no la ha alquilado mientras está en Tenerife, y me dice que es porque le gusta quedarse en su propia casa cuando viene por trabajo, en vez de en un hotel.

Pasamos el fin de semana sin despegarnos el uno del otro. Solo nos separamos un poco cuando vamos a buscar a mi abuela el sábado para obligarla a ir a comer al puerto con nosotros, que, aunque ya nos había dicho que no, al final cede porque Mauro le ha prometido que el domingo comemos en su casa.

Me despido de él antes de que se marche al aeropuerto.

No quiero que se vaya, pero sé que cada vez queda menos para que se quede definitivamente aquí.

Mi abuela tiene otra cara, parece que es verdad que se ha quitado el nudo ese que desde hace tanto le impedía respirar.

Está triste, pero, a la vez, la noto tranquila y descansada.

Me despierto con un rico olor a bizcocho. Mi abuela ha vuelto a madrugar para meterse en la cocina antes de que yo me levante. Sin apenas lavarme la cara, llego hasta el salón donde la veo preparando la mesa para el desayuno.

—Venga, niña, o llegarás tarde —me regaña, sonriente.

—¿Cuándo he llegado yo tarde a algún sitio?

—¿Te recuerdo las veces que volvías al amanecer cuando trabajabas en la discoteca?

—Pero eso era diferente, abuela. No llegaba tarde, salía de trabajar.

—Lo mismo me da.

Nos reímos y nos tomamos un pedazo de bizcocho mojado en café con leche, bueno, en descafeinado, que desde que el médico se lo quitó, en esta casa ya no entra la cafeína.

Me encuentro con el señor Millán antes de llegar a mi despacho y me pide que en media hora vaya a verle, porque quiere saber cómo llevo lo que me mandó el viernes.

Enciendo el ordenador y me pongo a trabajar.

Tengo que llevarle algo medio terminado a mi jefe y no sé ni por dónde empezar.

El caso es que me cuesta concentrarme, no dejo de pensar en Hamburgo.

Después de terminar de exponerle a mi jefe lo que me pidió, que al final he podido terminarlo tal y como quería, vuelvo a mi despacho con la intención de ponerme a buscar la dirección alemana en Internet.

Tecleo «Klein Hamburgo», tras encender el portátil, y me quedo mirando la pantalla mientras los resultados aparecen.

Esta vez no son miles de nombres repartidos por todo un país.

Esta vez es una lista más corta, más manejable y real.

Siento un vuelco en el estómago. No sé si estoy más cerca de encontrarlo o de abrir una herida que nunca terminó de cerrar.

Paso un buen rato revisando perfiles, registros antiguos, cualquier cosa que pueda encajar con la edad que tendría ahora.

Nada encaja del todo, pero tampoco creo que esté buscando en la oscuridad.

Hago una decena de llamadas sin mucho fruto y me desanimo un poco. Parece que estoy buscando fantasmas.

Por la tarde, voy alternando entre el trabajo y la búsqueda de mis padres; creo que al final la voy a liar y voy a mandar a mis padres de vacaciones, y a mi jefe le voy a dar un listado completo de todos los teléfonos de Hamburgo. Mi móvil suena, sacándome de mis pensamientos.

—Como veo que no me llamas, tengo que hacerlo yo —dice Carla al otro lado del teléfono.

—No sabes lo liada que estoy. Además, tengo que contarte algo muy importante.

—¿Estás embarazada? —pregunta con guasa.

—¡Qué tonta, eres! A mi abuela le daría algo si le digo eso —aseguro, imaginándome la situación y sabiendo que se hundiría porque la historia se repite.

—¿Quieres que te pase a buscar al trabajo y nos tomamos algo? Sí, será algo rápido, no vaya a ser que llegues tarde a casa… —comenta con un poco de ironía, pues sabe que nada más salir de la oficina, voy directa a mi casa.

Nos despedimos hasta dentro de un rato y llamo a mi abuela para decirle que me retrasaré un poco, así se queda tranquila.

Cuando por fin me encuentro con Carla, la pongo al día sobre lo que pasó el fin de semana en mi casa mientras nos tomamos un par de copas de vino y unas papitas arrugás con mojo picón. Mi amiga se queda alucinada y me anima a seguir indagando hasta que localice a mis padres.

—Pero necesito tiempo y no tengo —me quejo.

—Pues pídete vacaciones. —Se encoge de hombros, como si fuera la mejor solución posible.

—Aún no me corresponden… Además, no te imaginas el lío que tenemos ahora que se va a jubilar el jefe y no puedo faltar. Con decirte que él apenas va a la oficina…

—Pues di que estás mala, así no tendrás más remedio que cogerte la baja, ¿no?

Sé que sus intenciones son buenas, pero lo que me está diciendo va en contra de mis principios.

Yo soy una mujer responsable y no voy a faltar a mi trabajo inventándome cosas.

Se me acaba de ocurrir algo, pero es demasiado loco y atrevido y no sé si la otra parte va a estar de acuerdo. Aunque quizás sí…

Mientras camino hacia casa, la idea vuelve a aparecer más clara que antes.

Hamburgo. Una ciudad concreta, un lugar donde han estado.

Me detengo en seco en mitad de la acera.

¿Y si voy yo? El pensamiento me golpea tan fuerte que me falta el aire.

No sé si es una locura o es lo único que tiene sentido después de tantos años sin respuestas.

Desde luego, buscar desde aquí no me está llevando a ninguna parte.

Me imagino entrando en un avión, llegando a una ciudad desconocida y preguntando por unas personas que quizá no quieran verme. Me tiemblan las manos solo de pensarlo.

Aunque quizá no sea imposible. Solo… me da miedo. Mucho miedo.