35
MAURO
Haber corrido por el aeropuerto para llegar antes solo con el propósito de ver la cara de sorpresa de Olivia ha valido la pena. Se acerca a mí y la abrazo con todas mis fuerzas.
—Cada vez te echo más de menos —confieso después de besarla.
—Y yo a ti, pero ¿no habíamos quedado más tarde? —pregunta, extrañada.
—Sí, pero he terminado antes y ¿para qué esperar allí pudiendo pasar más tiempo contigo?
—¡Me encanta que seas así!
De pronto, la expresión de su cara cambia por completo, como si se le hubiera ocurrido una idea inesperada. No voy a preguntar nada, esperaré a que me cuente lo que sea que ha pasado por su cabeza.
—¿Te vienes a mi casa? —pregunto, dejando un tierno beso en su cuello, que es más una insinuación que un beso, pero no puedo evitarlo: es tenerla cerca y mi cuerpo reacciona solo.
—Primero vamos a casa de mi abuela, así me doy una ducha y me cambio de ropa —propone, cerrando la puerta de su despacho.
—La ducha te la puedes dar en mi casa… Además, estoy deseando volver a enjabonarte la espalda.
No paramos de besarnos en el ascensor; tal y como le dije, quiero estar besándola durante todo el tiempo que esté aquí, y voy a cumplirlo.
En cuanto entramos en la casa de su abuela, empiezo a notar el ambiente diferente al de otras veces. Nos saludamos con cariño, pero en los ojos de la anciana ya no hay ese brillo que he visto en otras ocasiones. La noto apagada, como si hubiera perdido toda la ilusión que la llenaba.
—¿Se encuentra usted bien? —pregunto nada más saludarla.
—Déjala, se está haciendo la mártir desde que le dije que quería encontrar a mis padres —responde Olivia, ganándose una mirada de disconformidad por parte de su abuela.
—Estoy bien, hijo, gracias por preguntar. Lo que me pasa es que tengo un nudo aquí, en el pecho —se señala la zona con la mano— y no sé cómo quitármelo.
Su voz suena tan frágil que me dan ganas de abrazarla.
—Voy a darme una ducha. Espérame, Mauro, no tardo nada —interviene Olivia y desaparece hacia el cuarto de baño.
—¿No cree usted que ese nudo se puede deshacer soltándolo? —continúo hablando con la anciana.
—¿Y cómo voy a soltar algo que lleva arraigado a mí tanto tiempo? —pregunta, con una pena tremenda, y entra en la cocina para servirme un café.
—Hablando —le digo con cariño—. A veces solo necesitamos desahogarnos para sentirnos mejor.
—No puedo decirle a mi nieta todo lo que le he estado ocultando este tiempo.
Conociéndola, sé que dejará de hablarme, y es la única familia que tengo.
No puedo, hijo, no puedo. —Comienza a llorar, y verla así me parte el alma .
Creo que lleva años cargando sola con un secreto que la está consumiendo.
—¿Y si me lo cuenta a mí? —me ofrezco, aunque no sé si estoy haciendo lo correcto—. Prometo que la ayudaré en todo lo que pueda. A veces es más fácil abrirse con quien no forma parte de la herida.
—Qué difícil es… Pero es algo que no debería llevarme a la tumba, no sería justo para Olivia.
Verás… —Le cuesta contármelo, pero entiendo que el amor también puede equivocarse intentando proteger—.
Como sabrás, mi hija nunca se llevó bien con su padre porque chocaban mucho por su carácter y, cuando nació mi nieta, la relación entre ellos fue a peor.
Mi marido no admitía que su hija le hubiera fallado de esa manera al quedarse embarazada de un tipo que apenas conocía; ella, por su parte, no entendía cómo su padre podía ser tan orgulloso y no tratar de sobrellevar la situación.
Así que, un día, ya no pudo más y se marchó con el alemán ese, el padre de Olivia, diciéndome que cuando tuviera un sitio estable, vendría a por su hija.
Los meses pasaban y aquí no volvía nadie a por la pequeña, entonces di por hecho que, una vez más, mi hija había hecho con su vida lo que le había dado la gana, como siempre nos tenía acostumbrados.
—Hace una pequeña pausa y suspira—. Un día recibí una carta suya, diciéndome que estaban en Alemania, pero ni siquiera me preguntó por la pequeña.
Así empezamos a mandarnos correspondencia de vez en cuando.
—¿Su marido lo sabía? —pregunta, interesado en todo lo que me está contando.
—No. Eso hubiera supuesto que dejara de saber de mi hija —confiesa, con lágrimas en los ojos—.
Mi marido era un buen hombre, pero, a orgulloso, no le ganaba nadie.
Ni siquiera cuando se estaba muriendo fui capaz de decírselo, no quería que se llevara a la tumba el saber que su mujer le había estado ocultando algo tan importante.
—Pero ¿no hubiera sido mejor para Olivia haber sabido la verdad desde un principio?
—Creyendo que su madre estaba muerta, le ahorré mucho sufrimiento. No sé por qué no he podido mantener mi boca cerrada el resto de mi vida.
—Quizá porque usted es buena persona y su conciencia no la dejaba tranquila. —Trato de que lo vea con otros ojos y deje de sufrir.
—La última carta que le escribí a mi hija fue para decirle que su padre había fallecido y que, por favor, regresara a casa, pero jamás supe de ella. —Se seca las lágrimas con un pañuelo de tela que saca del bolsillo de su falda—. Ni vino ni volvió a escribirme…
—Perdone que me meta, sé que este tema no es asunto mío, pero todo lo que concierne a Olivia sí que lo es, y creo que ella debería saber todo esto. —Le cojo las manos.
—Tranquilo, he escuchado casi todo —interrumpe Olivia, apareciendo por el salón.
—Niña, lo siento, yo… —balbucea la abuela, alterada.
—No estoy enfadada. Entiendo tus motivos y no soy quién para juzgarte. —Se acerca a su abuela—. Pero quiero que tú también te des cuenta de que necesito encontrarlos y saber por qué nunca volvieron a por mí.
—Imagino, por lo que me ha contado tu abuela, que tu madre no quería ver a tu abuelo y por eso decidieron irse lejos.
—Sí, pero ¿por qué, cuando él murió, no volvió?
—Eso es algo que nunca sabremos —vaticina la abuela con un hilo de voz.
—¿Aún guardas las cartas que te mandaba mi madre? —le pregunta Olivia, mirándola a los ojos, esperando ansiosa su respuesta.
—¡Cómo iba a tirarlas! Si es el único recuerdo que tengo de ella… Abre el segundo cajón de mi cómoda, allí están.
Olivia sale corriendo hacia donde le indica la abuela y vuelve con un pequeño paquete de sobres sujetos por hilo de pescar.
Los sostiene con las manos temblorosas, consciente de que, tal vez, está a punto de descubrir una parte de sí misma.
Lo corta como puede y se sienta en el sofá mientras coge uno y lee el remitente, donde aparece el nombre de su madre y una dirección de Hamburgo.