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MAURO
Cuando decidí ir a la casa de Olivia, no pensé que todo se solucionaría tan bien, tal vez porque sé que ella parece ser una mujer de las que no suelen dar su brazo a torcer.
Ella lo llama orgullo; yo, quizá, testarudez disfrazada de orgullo, pero no quiero empezar una relación llenándola de detalles que no nos van a llevar a nada.
Después de hablar mucho ese día, quedó claro que nos amamos y eso es lo que cuenta.
Llevaba el colgante en la chaqueta, lo había cogido antes de presentarme en su casa por si surgía la ocasión y así fue.
Le entregué la pequeña cajita y, al abrirla, vi en su cara que le había gustado mucho.
Era una fina cadena de plata con una pequeña bola transparente y, en su interior, un árbol de la vida.
Una forma de decirle sin palabras que quiero ser parte de su historia, no un capítulo suelto.
Esa era mi intención con Olivia: estar toda mi vida con ella y echar raíces donde fuera, pero siempre a su lado, creciendo juntos.
Ahora estoy de nuevo en la puerta de su casa.
Esta vez me ha invitado la abuela a comer, quiere conocerme mejor y la comprendo perfectamente.
El viernes de la semana pasada, cuando la conocí, no me preguntó nada personal, solo hablamos de repostería y poco más; hoy sí me espero una conversación un tanto más profunda.
—Me alegro de que hayáis arreglado vuestras diferencias —dice doña Dori, mirándonos seriamente a los dos—, pero, como imagino que entenderéis, hay ciertos detalles que le preocupan a una vieja como yo.
—Abuela… —regaña Olivia con dulzura.
—A ver, hijo, si tú vives en Tenerife, no pensarás llevarte a mi nieta allí contigo, ¿verdad? —pregunta la anciana sin ningún tipo de tapujo.
—¡Abuela! Esas cosas son asunto nuestro, no tuyo. ¡Pero bueno! —Olivia se levanta de la mesa, enfadada, y yo prefiero no intervenir.
A los pocos segundos, cambia de tema; por lo que parece, hay algo aquí que no sé, aunque tampoco soy nadie para inmiscuirme en esos terrenos.
En cuanto se relaja un poco el ambiente, seguimos comiendo y hablamos de nuestra isla.
La abuela, de vez en cuando y bajo la atenta mirada de Olivia, me hace preguntas personales, como ya esperaba, y respondo con sinceridad, pues no tengo nada que ocultar.
—Me crie en un orfanato. —Cada vez que lo digo en voz alta siento que hablo de otra vida—. Según me contaron allí, una asistenta social me llevó un día porque mis padres no me podían cuidar —empiezo con mi relato.
—¿Estaban enfermos o es que trabajaban mucho? —pregunta la abuela con curiosidad.
—¡Abuela, por favor! ¿Qué padres dejan a su hijo en un centro de esos por estar trabajando? —comenta Olivia, mirando a su abuela, incómoda, y luego llevando la mirada hasta mí, como diciéndome que su abuela no se enteraba ya mucho de las cosas.
—Por lo visto, eran drogadictos, y una vecina, que estaba al tanto de lo que pasaba en la escalera donde vivíamos sabía de mi existencia, pero apenas me veía, y el comportamiento de mis padres no era nada conveniente para un crío de un año.
No recuerdo nada de aquello, solo lo que me contaron después.
Esa buena mujer llamó a una asistenta social, que se personó en aquel piso y organizó todo para que un juez les quitara mi custodia. Y así fue como llegué al orfanato.
—¿Y nunca te adoptaron? —Esta vez es Olivia la que quiere saber.
—No, pero reconozco que mucha culpa la tuve yo.
—Seguro que te portabas mal y nadie quiere acoger en su hogar a un niño malo —dice la abuela, como si ya conociera la historia.
—Digamos que algo así. Cuando algún matrimonio me llevaba a su casa, yo la liaba, quizá era una forma de protegerme antes de que me dejaran, pero al día siguiente regresaba de nuevo —cuento con un poco de vergüenza.
—¿Y por qué hacías eso? Quizá eso hubiera significado una gran oportunidad para ti, para dejar de vivir en el orfanato. No lo entiendo. —Olivia sigue con interés todo lo que escucha.
—Imagino que, si me hubieran adoptado de muy pequeño, habría sido diferente.
Pero yo, por lo visto, enfermaba muy a menudo, y ninguna pareja quería adoptar un niño que no estuviera sano.
Después, cuando cumplí los seis años, me trasladaron a un centro de acogida y ahí descubrí un mundo bastante diferente de lo que había conocido, y fue cuando me di cuenta de que no quería irme con ninguna familia. Por eso me comportaba como lo hacía…
—Ya… No tuvo que ser nada fácil tu niñez. —Mi rubia me mira con lástima.
—Al contrario, te aseguro que fui feliz, al menos durante mucho tiempo.
Pero después, en el mismo centro, me junté con un par de chicos mayores que yo y empecé a torcerme.
—Hago una pausa, rememorando aquello—. Una tarde, estos a los que yo llamaba amigos, me propusieron entrar en unos chalés que había en Ciudad Jardín, y yo, inocente de mí, les dije que sí, sobre todo porque no quería que pensaran que no me iba a atrever.
Creían que no habría nadie en la casa y, cuando nos quisimos dar cuenta, aparecieron los dueños, sorprendiéndonos mientras entrábamos por una de las ventanas.
Los otros dos salieron corriendo y a mí me pillaron porque fui incapaz de moverme.
Jamás he pasado tanto miedo en toda mi vida.
—Marta me contó que te vieron cara de buena persona y decidieron ayudarte —apunta Olivia, apretándome la mano con cariño.
—Así es. Primero me dieron trabajo como jardinero y haciendo los arreglos que fueran surgiendo, digamos que me encargaba del mantenimiento de su vivienda.
—Sonrío, me gusta recordar aquellos tiempos—.
Y, un par de años después, Rodrigo empezó a llevarme a su empresa para que viera cómo funcionaba y terminó enseñándome todo lo que hoy sé sobre este sector.
No tendré años de vida suficientes para agradecerles a los dos todo lo que han hecho por mí.
Si no es por ellos, no sé ahora mismo dónde estaría o cómo habría acabado .
Ellos me enseñaron que uno puede equivocarse y, aun así, tener una segunda oportunidad.
—A doña Dori se le cae una lágrima y me mira con ternura— .
Ellos fueron mi primera familia, incluso antes de que yo supiera lo que significaba tener una.
—Abuela —dice Olivia, levantándose de repente y arrastrando la silla—. Sé que no te va a parecer muy bien la idea, pero después de escuchar a Mauro creo que necesito buscar a mis padres y encontrar mis raíces.
—Pero hija, si ya me tienes a mí… —Llora en silencio, con resignación, sabe que lo que diga no va a impedir que su nieta lo haga.
—Lo sé, y eres la persona más importante de mi vida, abuela. —Se acerca a ella y la abraza con fuerza—. Pero quiero saber quiénes son mis padres y por qué nunca volvieron a buscarme.
Yo bajo la mirada; no quiero entrometerme, pero algo dentro de mí entiende demasiado bien esa necesidad de saber de dónde se viene, pues yo también crecí con preguntas sin respuesta.