Proyecto Luna de Miel 32
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OLIVIA

Bastante he tenido ya esta mañana, como para recibir una llamada suya.

Me tiembla todo. Desde que salí de la reunión no he dejado de pensar en él, en nosotros.

Cuando lo he visto, pensaba que me iba a quedar petrificada como una figura de cera; no sabía bien qué hacer o qué decir, porque al verlo se me han disipado todas las dudas que tenía.

Estoy enamorada de él. Eso no lo puedo negar, por más que mi orgullo me diga lo contrario.

Debería ser yo la que lo estuviera llamando y no al revés.

Y, aun así, lo que más me ha removido no ha sido verlo, sino escucharlo hablar de Jaime con esa calma que yo no habría tenido. No ha buscado excusas ni venganza ni ha intentado quedar por encima. Solo ha puesto palabras a un dolor que llevaba demasiado tiempo cargando solo.

Me he dado cuenta de que yo también me quedé atrapada en mi propio miedo, igual que Jaime en su frustración. Que no escuché cuando debía, que me encerré en mis dudas y que dejé que una mentira nos separara. Y Mauro, en cambio, ha elegido cerrar esa herida sin rencor y avanzar.

—¿Sí? —contesto haciéndome la distraída, esperando que no note cómo me tiembla la voz . Qué ingenua soy pensando que puedo engañar a alguien que ya conoce el tono exacto de mi voz cuando estoy nerviosa.

—Olivia, soy Mauro. —Ni que yo no lo supiera, si hasta puse un corazón rojo al lado de su nombre cuando anoté su número en la agenda del móvil—. Me gustaría hablar contigo. Creo que no es justo para ninguno de los dos estar así, y deberíamos hablar.

—Tienes razón, pero… ahora mismo estoy muy ocupada y no va a ser posible —miento, pero es que necesito prepararme para volver a verlo—. Quizá en otra ocasión… —Suena el timbre de la puerta, ¡salvada por la campana!—. Mauro, hablamos más tarde, acaban de llamar a la puerta.

Mi sorpresa es mayúscula cuando abro y me encuentro con él delante de mí; mi teléfono aún está pegado a la oreja. No puedo creer que esté aquí.

—Tú… —Solo soy capaz de decir una palabra. Por suerte, mi abuela se asoma a la puerta.

—Niña, ¿qué pasa? —pregunta, mirando a Mauro de arriba abajo.

—Abuela, te presento a Mauro —digo, un poco descolocada, su presencia aquí no entraba dentro de mis planes.

—Encantado, señora Marino —contesta, estrechándole la mano con ternura.

—Ay, hijo, ¡cuánto tiempo sin que nadie me llame así! Aunque ese era el apellido de mi esposo, siempre me ha gustado adjudicármelo a mí —comenta con una sonrisa melancólica—. Pero pasa, pasa, no te quedes en la puerta, seguro que quieres un cafecito.

—Se lo acepto encantado.

Mi abuela entra en casa agarrada al brazo de Mauro como si fuera algo de lo más normal y habitual en esta casa; y eso que es el primer hombre que entra desde que murió mi abuelo. Y mientras yo intento no desmayarme en mitad del pasillo.

Aunque debería estarlo, no puedo enfadarme con mi abuela por ocultarme que mi madre está viva.

Sé que no está bien lo que hizo, pero también entiendo sus razones; o, al menos, el cariño que le tengo hace que pueda comprenderla.

Veo que no paran de hablar como si yo no estuviera presente.

Miro a Mauro una y otra vez, aún no puedo creer que esté aquí, y tengo tantas cosas que decirle que no sé si voy a encontrar el momento para hablar a solas.

Después de que mi abuela lo obligue a comerse una magdalena de las que ha hecho esta misma mañana, y tras varias preguntas sin importancia por parte de ella, salimos de casa y caminamos hasta el puerto.

—Siento que hayas tenido que entrar en casa, pero mi abuela es así…

—Tu abuela es encantadora, y sus magdalenas están buenísimas.

—¿A qué has venido, Mauro? —pregunto con miedo, sin saber si quiero oír la respuesta.

—A contarte lo que no me dejaste explicarte en Fuerteventura.

—Me porté como una cría…

—Deberías haberme escuchado cuando te lo pedí. Insistí tras la puerta de la habitación en el hotel con una impotencia que no te imaginas, y te volviste sin una explicación por mi parte.

—Lo siento. He pensado infinidad de veces en aquello… Y, como dejaste de llamarme, pensé que habías perdido el interés en mí.

—Después de tantísimas llamadas y mensajes sin respuesta, ¿no crees que es suficiente para darme cuenta de que tú no querías saber nada de mí? —Su pregunta me desarma.

—Tienes razón, y lo siento. Me refugié en el malestar que sentía y no quise mirar más allá. Te traté injustamente y, aunque me he dado cuenta, mi orgullo me impedía coger el maldito teléfono y llamarte.

—Todos pasamos por momentos así alguna vez… —Se acerca y me coge de las manos.

—¿Eso quiere decir que me perdonas? —pregunto con la ilusión de una niña, pero con el aplomo de una mujer a la que le acaban de dar una buena lección.

—Estaba enamorado de ti —noto que el corazón se me encoge en el pecho— y eso no ha cambiado. Pero necesito que escuches toda la historia para que no tengas ningún tipo de duda sobre quién soy o cómo soy.

—Sé todo. Marta me lo contó.

—¿Y aun así no fuiste capaz de llamarme o mandarme un mensaje?

—Ya te lo he dicho… mi maldito orgullo… Mi abuela dice que lo llevo en los genes.

Seguimos caminando y notamos cómo la brisa del mar nos trae recuerdos de cuando estuvimos juntos. Aunque no digamos nada, sé que estamos pensando lo mismo y, llevada por un impulso, me lanzo a sus brazos y nos besamos como lo haría cualquier pareja de enamorados.