30
OLIVIA
Me levanto de la cama y miro por la ventana, hace un día precioso y parece que las temperaturas están más altas que ayer. La casa huele a galletas recién horneadas y eso consigue que mi estómago ruja más de la cuenta. ¿Quién se puede resistir a semejante olor?
—Buenos días, mi niña. ¿Has dormido bien? —pregunta mi abuela mientras vierte café en dos tazas.
—Buenos días, sí, fenomenal —miento para no preocuparla, pero desde que volví del viaje del proyecto no consigo descansar como antes .
Anoche abrí el cajón donde guardo mis papeles y volví a ver mi partida de nacimiento.
Me quedé un rato leyendo el nombre de mi padre, intentando recordar algo que nunca viví—.
¿Y tú? Veo que hay algo que celebrar. —Señalo con la cabeza las galletas que hay sobre la encimera.
—A ver, hoy hay que celebrar que por fin vas a coger ese aparato tuyo —dice, refiriéndose al teléfono móvil— y vas a llamar a ese chico para arreglar las cosas. ¡Que ya está bien!
—¡¿Pero se puede saber qué estás diciendo?!
—Que o le llamas tú o lo hago yo. Me parece que ya ha pasado bastante tiempo para que sigas mortificándote. Aunque sé que estoy vieja y no tengo la misma vista de antes, me doy cuenta de que ya no tienes el brillo en la mirada que trajiste a la vuelta de tu viaje.
Sus palabras me duelen porque sé que son verdad.
—Abuela, siempre te he dejado opinar en todo, pero creo que ya soy lo suficientemente madura como para hacerme cargo de mis asuntos —replico un poco enfadada.
—Sí, ya veo lo madura que eres, que eres incapaz de aceptar que lo que te pasa es que estás muerta de miedo porque tu orgullo no te deja pedir perdón.
—¡¿Pero se puede saber porque crees que tengo que pedir perdón?!
—Por marcharte de allí como lo hiciste y ni siquiera haberle dado la oportunidad de explicarse —suelta todo lo que ha estado callando desde que la puse al día—. Además, después te has enterado por tu jefa…
—No es mi jefa, es la mujer de mi jefe —corto su frase, haciéndola rabiar un poco.
—Me da igual lo que sea. El caso es que sabes que aquello de lo que le acusó el otro hombre es mentira y has seguido haciéndote la víctima sin intentar, al menos, hablar con él.
¿No te das cuenta de que no estás bien? ¿O solo las viejas nos damos cuenta de esas cosas?
—Se da la vuelta para dejar de mirarme—.
Llevas el orgullo en los genes, de eso no me cabe la menor duda…
Sé que mi abuela tiene razón. Después de enterarme, ha sido más cómodo dejar las cosas correr, como si no hubiera pasado nada; pero sí que ha pasado, y estoy siendo injusta con Mauro, y tal vez también conmigo misma.
¿Pero cómo le llamo ahora como si nada? No sé si me da más miedo su voz…
o su silencio. No, no, mejor debería dejarlo así.
Lo hecho hecho está. Sin embargo, algo dentro de mí me susurra que no quiero que esto termine así.
Las siguientes dos semanas en el trabajo transcurren frenéticas.
No sé qué le ha dado a mi jefe para querer cerrar un montón de proyectos que están a medias y el estrés me está acompañando cada día.
Pero lo prefiero, así mi mente está entretenida en otras cosas que no sea llamar a Mauro y hablar con él.
El señor Millán ha propuesto una reunión para el viernes a las doce de la mañana, vendrán también los demás compañeros y eso supone verlos a todos, incluido él.
Aún es miércoles y tengo dos días para alimentarme a base de tila, porque mi corazón no ha dejado de bombear con fuerza desde que me informaron de ello.
Llevo más de cinco días sin ver a Carla y eso no es habitual entre nosotras, pero con todo el trabajo que tengo no doy para más.
Sigue con lo de posar en la universidad de Bellas Artes por las mañanas y por las tardes está haciendo un curso de fotografía; es algo que siempre le ha apasionado y por fin tiene dinero para costeárselo.
—¡Dichosos los oídos! —dice mi amiga en cuanto coge el teléfono.
—Lo mismo digo —contesto, riéndome—. Esto no puede ser, no debería pasar de este fin de semana sin que nos veamos.
—Pensaba que estabas muy liada en el curro —comenta a la defensiva, dándome a entender que es por «mi culpa» por lo que no nos vemos tanto.
—Esto es un no parar. —Golpeo suavemente con el boli la mesa de mi despacho—. A mi jefe le han entrado unas prisas con todo que no sé qué le pasa.
—Será la edad. El Sapo Verde ya tiene unos años…
—Por lo que me ha contado Salomé, ha cumplido los sesenta hace muy poco.
—Pues tendrá la pitopausia, ¡vete tú a saber! —Me río ante su ocurrencia—. Cada día que pasa entiendo menos a los hombres.
—¿Todo bien con Diego?
—Más o menos… Debería haber venido el fin de semana pasado, pero le surgió un imprevisto y no pudo. Tengo muchas ganas de verle y la distancia se me está haciendo un poco cuesta arriba.
—Imagino cómo debes sentirte… Pero verás cómo pronto se escapa y viene.
—Eso espero, porque si no, me va a dar algo. Esto de las esperas no está hecho para mí —asegura, resoplando.
—¿Sabes que el viernes tenemos reunión en la empresa? —Cambio de tema, no quiero que se ponga triste pensando en su tinerfeño.
—¿Y? ¡No me digas que te van a nombrar directora adjunta!
—Algo gordo nos tiene que decir el jefe porque vienen todos los empleados.
—¿Todos, todos?
—Sí, Mauro también —contesto, sabiendo por dónde va.
—¿Y qué vas a hacer?
—Pues me comportaré como si no hubiera pasado nada entre nosotros, creo que eso es lo mejor —afirmo y trato de convencerme a mí misma de que debe ser así.
—¿Y no te vas a disculpar por haberle juzgado mal?
—Carla, no vayas por ahí…
—Pero Oli, te fiaste del comentario malintencionado de un compañero y ni siquiera le dejaste defenderse. ¿Te parece justo?
—Bueno, el caso es que ya ha pasado el tiempo y no creo que deba removerse la tierra seca.
—¿Por qué te engañas a ti misma diciéndote que no sientes nada por él? ¿Te crees que no te conozco lo suficiente como para poder asegurar que sigues enamorada de él y que, por cabezona, le has perdido?
—No te he llamado para que me eches ninguna charla. Cenamos juntas el sábado y te cuento.
Cuelgo el teléfono un poco disgustada, no me gusta que me recuerden lo tonta que he sido, lo sé de sobra.
Mi abuela y ella tienen razón, no es otra cosa que mi orgullo.
Afirmar que me he equivocado nunca ha entrado en mis planes, ni cuando era adolescente ni ahora.
Y por esta razón sé que no me puedo enfadar con ellas, porque están en lo cierto.
Cuando regreso a casa, veo a mi abuela más pensativa que de costumbre y eso no es buena señal. No sé qué le pasará por la cabeza, pero parece que le está dando vueltas a algo importante.
—¿Seguro que estás bien? —pregunto, dejándome caer a su lado en el sofá.
—Te noto rara, Olivia —responde sin rodeos—. Desde que volviste del viaje estás distraída, como si tuvieras la cabeza en otro sitio. Y no me digas que es por el trabajo, que a mí no me engañas.
Me quedo quieta. No esperaba que lo dijera tan de frente.
—No es nada, abuela —miento, bajando la mirada.
—Ay, mi niña… —suspira, tocándome la mejilla—. Cuando te crie, aprendí a leerte la cara mejor que cualquier libro. Algo te preocupa, y no es solo ese chico.
Trago saliva. No quiero abrir ese melón todavía, pero tampoco quiero mentirle más.
—Solo… estoy pensando en cosas del pasado —susurro.
Sus ojos se entrecierran, como si intentara unir piezas que aún no encajan.
—Ese chico, Mauro, ¿verdad? —Asiento con la cabeza—. Vive en Tenerife, ¿no es así?
—Sí, ya te lo dije. —No sé qué cariz va a tomar la conversación, pero no me apetece hablar de él en estos momentos, bastante tengo con saber que nos vamos a ver en la reunión.
—Y si solucionáis vuestras pequeñas diferencias, ¿te vas a ir a vivir con él allí?
—¿De qué estás hablando, abuela? Ni siquiera nos hemos vuelto a dirigir la palabra y no creo que eso suceda. Además, eso es cosa mía.
—¡Y mía también! —grita, enérgica, para sorpresa mía—. ¿Vas a hacer como tu madre? ¿Me vas a dejar sola?
—¡Pero esto es diferente! ¡Yo no me voy a morir! —exclamo, llevándome las manos a la cabeza.
—No me quiero enfadar contigo porque no quiero que la historia se repita. —Un par de lágrimas caen por la piel arrugada de su mejilla.
—¿A qué te refieres? —Se sienta en el sofá y yo voy detrás de ella.
—Tu madre se marchó de casa porque tu abuelo no vio con buenos ojos su relación.
Nunca le gustó tu padre, y conocerle a la vez que se enteraba de que esperaba un hijo suyo, fue un duro golpe para él.
Se opuso a la relación y, aunque tu madre vivió un embarazo bastante triste, al final naciste con todo el amor posible.
Pero tu abuelo seguía en sus trece, italiano cabezón…
y a tus padres no les quedó otro remedio que marcharse a Alemania a trabajar, reunir dinero y volver a por ti cuando les fuera posible.
—Cada vez llora más y yo entiendo menos—.
Esos eran los planes de tu madre, al menos lo que me contó que haría, pero con los años debieron pensar en otras cosas porque aquí no han vuelto.
Ni siquiera vino al entierro de tu abuelo.
—¡¿Mis padres están vivos?! —Siento que el suelo se abre bajo mis pies—. Nunca me habías contado nada de esto —reprocho, mirándola con incredulidad. No me puedo creer que hasta alturas de mi vida me esté contando algo así.
—Me avergonzaba que supieras que tu abuelo era tan orgulloso… Pero tu madre y tú habéis heredado sus genes, sin ninguna duda.
—Necesito que me dé el aire, me voy a dar un paseo —sentencio mientras salgo por la puerta, dejando a mi abuela hundida en un mar de lágrimas, pero en estos momentos mi prioridad soy yo.
Camino deprisa, guiada por los latidos de mi corazón.
No puedo creer lo que me ha dicho mi abuela.
Y todos estos años pensando que mi madre había muerto y resulta que…
Bueno, tampoco sé si está viva o no. Llamo a Carla, necesito verla de manera urgente.
Me dice que en media hora me espera en el banco de siempre y allí voy a encontrarla.
Es un asiento que hay en un extremo del paseo marítimo, está un poco apartado, por eso nos gusta, porque sabemos que podemos hablar con tranquilidad sin que pase continuamente la gente por delante.
Al rato aparece, tarde, como siempre, pero no me importa, necesito contarle todo y desahogarme .
Y mientras la veo acercarse, siento que mi vida entera acaba de abrirse como una grieta: Mauro, mis padres, mi orgullo…
todo mezclado y revuelto. Y no sé por dónde empezar para cerrarla.