Proyecto Luna de Miel 29
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MAURO

—¿Cómo estás? —me pregunta Marta en cuanto descuelgo el teléfono, ni siquiera he mirado quién es.

—Hola, Marta, bien, estoy bien. O, al menos, eso intento. ¿Y vosotros? ¿Ha pasado algo? —Me resulta extraño que me llame un sábado.

—Nosotros bien, como siempre, ya sabes. Te llamaba para recordarte que mañana es el cumpleaños de Rodrigo y que te esperamos para comer —anuncia como si tuviera mucha prisa.

—¡Es verdad! Tengo tantas cosas en la cabeza que no me acordaba… Ahora mismo reservo un vuelo para primera hora de mañana.

—¡Tengo ganas de verte! —exclama a modo de despedida y cuelga sin dejarme decir nada más.

¿Cómo me he podido olvidar de su cumpleaños?

Mi cabeza lleva días en otro sitio… en otra persona.

Aunque tener la mente ocupada me está viniendo bien para estar entretenido y dejar de mortificarme por Olivia.

Ya ha dejado claro que no quiere volver a saber nada más de mí, así que mejor borrarla de mis pensamientos —aunque Elvis se empeñe en decirme lo contrario—, ya que de mi corazón va a ser más complicado.

Y tengo la sensación de que eso es una batalla perdida.

En casa de Marta y Rodrigo reina el orden y el buen gusto, como siempre.

A Marta le encanta la decoración y tiene todo como si fuera a salir en una revista.

Ese orden siempre me calma, como si aquí nada pudiera romperse.

Estamos invitados a la comida unas ocho personas, todos familiares, y a mí también me consideran uno de ellos.

Los anfitriones siempre celebran sus cumpleaños rodeados de los suyos.

Marta ha cocinado demasiado, pero está todo tan bueno que no queda nada en los platos; además de buena decoradora, también es buena cocinera.

—Deberías valorar más a tu mujer —le digo a Rodrigo en confianza cuando se han ido todos los invitados y mientras nos tomamos una copa en la terraza.

—¿Crees que no la valoro lo suficiente? —pregunta, levantando las cejas, extrañado por mi comentario.

—Lo que creo es que Marta tiene todas las cualidades por las que un hombre debería estar rendido a sus pies —afirmo, orgulloso de ella . No entiendo cómo alguien puede tener algo así y arriesgarlo.

—Te conozco, hijo, y sé a dónde quieres ir a parar.

Y, ¿sabes lo que te digo? Que tienes toda la razón.

Reconozco que algunas veces no me he portado bien con ella e incluso no la he respetado como mujer, acostándome con otras…

Y créeme que me arrepiento, pero no puedo justificarme.

Si alguna vez la pierdo, creo que me moriría.

—Nunca es tarde para rectificar y empezar de cero —suelto con firmeza.

—Pues aplícate el cuento. —Suelta una sonora carcajada que hace que Marta acuda al salón.

—Ya veo lo bien que lo pasáis mientras yo no estoy. —Sonríe y se sienta a mi lado, dándome una palmadita en el muslo—. ¿Sabes algo de Olivia?

—No —niego rápidamente, incómodo con el tema, pensaba que él no sabía nada. Marta me mira como si me hubiera leído el pensamiento.

—Tranquilo, mi marido está al tanto de todo lo que pasa en la empresa, parece mentira que no le conozcas.

—La miro con incredulidad y ella se da cuenta—.

Vale, sí, confieso que lo sabe porque yo se lo he contado.

—Sonríe con cara de no haber roto un plato en su vida—.

Pero es que estaba tan preocupada por ti y tan enfadada con Jaime…

—Está bien, no tienes que disculparte, tampoco es que haya tenido nunca secretos con vosotros —digo, encogiéndome de hombros.

—Pues conmigo sí, resulta que te mando de acompañante de Olivia en las islas y termináis enamorándoos como dos colegiales —replica Rodrigo, aguantando la risa.

—Tienes razón, pero si no te lo conté fue por miedo a que la despidieras por pensar que era como aquella chica, ya sabes…

—Hijo, yo he nacido con el don de ver dentro de las personas y aún no me he equivocado con nadie.

—¡Pues con Jaime sí que lo has hecho! —interrumpe Marta en mi defensa.

—Ese idiota cumple bien con su cometido, hace su trabajo como tiene que hacerlo, pero…

—Pero es un bocazas, cariño, no me puedes decir que no —vuelve a encararle su mujer.

—Que sí, que lo que ha hecho no está bien, pero no puedo mandarle a la cámara de gas por eso. De momento, le necesito en la empresa. —Es su decisión y la respeto, tampoco pretendo que le eche a la calle por hacer un comentario malintencionado.

Mi vuelo sale a las ocho de la noche. Siempre que vengo a Gran Canaria me suelo ir sobre esa hora.

Sé que a Marta y a Rodrigo les gustan las sobremesas largas y a mí no me apetece tener que marcharme deprisa.

Me despido de ellos y, justo cuando voy a salir por la puerta, suena el timbre de la casa.

Marta se apresura a abrir y los tres nos sorprendemos al ver a Jaime quieto en el rellano.

—Pero Jaime, ¡qué sorpresa! —exclama Rodrigo, rompiendo el hielo, parece como si lo hubiéramos atraído con nuestra conversación de antes.

—He venido a felicitarte, sé que hoy es tu cumpleaños. —Le estrecha la mano y termina dándole en un abrazo.

—Pasa, pasa, no te quedes en la puerta. ¿Quieres una copa?

—Sí, no estaría mal. Hasta las diez de la noche no sale mi avión, así que tengo tiempo de sobra.

—¿Y qué te trae por Las Palmas? No me vayas a hacer creer que has venido solo por felicitarme.

—Sí y no. He venido a ver a unos amigos y, de paso, quería aprovechar para verte, bueno, para veros. Marta, no pasan los años por ti —dice en un tono empalagoso y arrogante, el mismo que usa cuando quiere caer bien—. Eres como los buenos vinos, que cuantos más años tienen, mejor están.

—Ten cuidado, Jaime, que los vinos también pueden hacer mucho daño, sobre todo cuando se beben en exceso o te manchan la camisa. —Toso, tratando de contener una carcajada. Marta ha estado brillante con la comparación—. Si me disculpáis, tengo que recoger la cocina.

—No pensaba encontrarte aquí, compañero. —Me mira por encima del hombro—. Creí que estarías con tu nueva conquista, ya sabes, la rubita cañón.

—Habla de ella con más respeto si no quieres que te parta la cara, imbécil. —Cojo el pomo de la puerta, intentando controlar los nervios que me acaban de entrar, y pongo un pie en la calle—. Rodrigo, me marcho, gracias por todo.

—¿Es que ya ha dejado de sentarse en tu regazo para mirar el atardecer? —pregunta con inquina, saboreando cada palabra, y después mira a Rodrigo, como si estuviera descubriéndole mi relación con Olivia—. Os vi juntos, no lo puedes negar.

—A ver, Jaime, lo que Mauro haga o deje de hacer con su vida privada no es asunto ni tuyo ni mío. ¡Deja de comportarte como un crío envidioso! —le espeta con furia, defendiéndome.

Me voy, no quiero seguir respirando el mismo aire que ese tío.

Cada palabra suya es veneno, y hoy no tengo fuerzas para intoxicarme más.

¿Cómo puede ser tan rastrero? Sé que esto no es solo envidia profesional.

Jaime lleva tiempo acumulando rencor, y hoy lo ha dejado claro.

Nunca me ha gustado, pero tampoco creía que sería capaz de meter tanta cizaña.

Siempre hemos tenido nuestros más y nuestro menos, pero esto ya roza lo personal.

¿Qué pretende conseguir ahora con esto? Sabe de sobra que Rodrigo no me va a echar de la empresa por algo así, sin embargo, no pierde la esperanza de ocupar mi lugar en GranCanTour.