28
OLIVIA
Cuando llego a la oficina, Salomé me recibe con una gran sonrisa .
Antes de que apareciera, estuve buscando el apellido Klein en el ordenador.
No esperaba encontrar nada, pero necesitaba intentarlo.
Algo se debe traer entre manos; ya la conozco y, aunque la aprecio, sé que es un poquito cotilla.
Sin preguntarle, me tiene al día de todo lo que sucede en la vida de los famosos y en la de sus vecinos del bloque.
—Veo que ayer conociste a Marta —dice, cogiendo una carpeta que tiene en su escritorio.
—¿Marta? Ah, sí, la esposa del señor Millán —comento distraída, apenas he dormido y estoy muerta de sueño.
—Somos amigas casi de la infancia y, gracias a ella, estoy trabajando aquí. Le habló de mí a su marido cuando quiso montar la empresa y me contrató. Le estoy muy agradecida, la verdad.
—Como dice mi abuela, «la vida está llena de oportunidades, pero hay que saber escoger cuál es la que más nos conviene» —cito con melancolía, pensando en Mauro y en lo que vivimos esos días. Y en lo fácil que era todo cuando aún no sabía que podía romperme así.
—Por el tono de tu voz, parece que no estás bien trabajando aquí.
—Al contrario, estoy muy contenta por la oportunidad que me dio el señor Millán, aun sabiendo que no tenía experiencia —admito con un ligero movimiento de cabeza.
Imagino que lo ha dicho para ver qué respondía yo—.
Voy a ver si trabajo un poco, no vaya a ser que el jefe se arrepienta de haberme contratado.
Le dedico una sonrisa antes de marcharme a mi despacho.
En realidad, Salomé es buena persona y, en ningún momento, la he visto hacer o decir algo inapropiado sobre su trabajo o sobre su jefe.
Ella es más de criticar a los famosos que salen en las revistas del corazón que compra asiduamente, y hasta se escandaliza cuando alguno hace algo que ella no considera adecuado.
A media mañana, el señor Millán me llama a su despacho y yo acudo con celeridad, aunque no tengo mucho que contarle respecto a mi trabajo. Desde que hablé con su mujer, no he logrado concentrarme; mi cabeza anda por otros sitios.
—Ayer me dijo Marta que estuvo por aquí y que te conoció —comenta después de que haya tomado asiento frente a él.
—Así es, tiene usted una mujer muy agradable.
«Y una intuición que asusta», pienso.
—Lo sé, pero no te he llamado para hablar de ella, sino de ti.
—Mi cara cambia de expresión y me temo que va a empezar otra vez a tirarme los tejos; la verdad es que hoy no estoy de humor para capear la situación—.
Marta me contó la conversación que tuvisteis y, aunque reconozco que me quedé bastante sorprendido al saber que entre Mauro y tú…
ya sabes…, agradezco que ella te haya contado la verdad.
Sin embargo, creo que eso debería haberlo hecho yo, pero claro ¿cómo iba a hacerlo si no sabía que os habíais enamorado?
También debo decirte que Mauro es el hombre más íntegro que he conocido en toda mi vida y que jamás haría algo como lo que Jaime insinúa.
—Más que insinuar, yo diría que fue prácticamente una afirmación —añado con cara de circunstancias.
—Me lo imagino, conozco a Jaime. Sé que es buen profesional, pero quiere ser el primero en esta empresa y compite con Mauro siempre que puede. El caso es fastidiarle, pero Mauro ya sabe cómo es su compañero, lleva años así y procura no hacerle mucho caso.
—Yo debería haber hecho lo mismo y no haber escuchado nada de lo que dijo. Reaccioné antes de pensar —aseguro, poniéndome de pie y dando por terminada la conversación.
—Una última cosa: ni se te ocurra decirle a nadie que hemos tenido esta conversación, o mi mujer me matará por meterme donde no me llaman.
—Me guiña un ojo y me dedica una sonrisa de lo más paternal.
Se podría decir que es la primera vez que veo a mi jefe con otros ojos, y eso me descoloca, pues no esperaba encontrar comprensión precisamente aquí.
El sonido de la alarma del móvil me despierta, pero me doy cuenta de que es sábado y no tengo que ir a trabajar.
Me doy la vuelta en la cama y trato de dormirme de nuevo, aunque ya es difícil porque Mauro ocupa todos mis pensamientos.
No sé qué hacer con respecto a nuestra relación.
Me avergüenza pensar que he sido tonta al creer a Jaime sin ni siquiera contrastar lo que decía, pero pudo más el daño que me hicieron sus palabras que la posibilidad de que fueran mentira.
Quiero dedicarle el fin de semana entero a mi abuela. La llevaré a comer por el puerto, que sé que le encanta ver los barcos, y así, de paso, intentaré distraerme, que falta me hace.
—Recuerdo cuando conocí a tu abuelo como si fuera ayer —me cuenta mirando al horizonte, mientras toma un granizado de limón—.
Era tan alto y apuesto que me llamó la atención nada más verle.
Por aquel entonces, yo trabajaba aquí, ayudando a mi madre a coser las redes de pesca rotas que nos traían los marineros, y él llegó en un barco.
Todavía puedo ver su cara de cansancio al descender de uno de ellos, pero, aun así, me quedé prendada de él.
Ojalá el amor fuera tan sencillo como ella lo recuerda.
—¡Qué melancólica estás hoy, abuela! —exclamo riéndome, no quiero que se ponga triste con esos pensamientos.
—A tu abuelo siempre le recordaré con una sonrisa en la cara. Fue un buen hombre y fuimos muy felices hasta el final.
—¡Qué suerte la vuestra! No todas las parejas pueden decir lo mismo.
—Lo que pasa es que los jóvenes de hoy en día hacéis las cosas de otra manera. Sois más impetuosos y os movéis más por instinto que por sentimientos. No dejáis que el corazón os guíe y solo os fijáis en lo práctico de las relaciones.
No sé exactamente a qué se refiere con lo de «lo práctico de las relaciones», pero prefiero no ahondar en el tema, que sé que vamos a terminar hablando de Mauro y no tengo ganas de discutir. Ella habla del amor como si fuera una promesa eterna y yo como si fuera una herida reciente.
Nos quedamos calladas y volvemos a mirar al horizonte, ella con la mente en su pasado y yo con el corazón a muchos kilómetros de aquí, pensando que le echo de menos con una intensidad que me asusta.