Proyecto Luna de Miel 27
67%

27

OLIVIA

Contra todo pronóstico, la semana se me ha pasado volando. He ultimado todos los pequeños detalles que faltaban de mi Proyecto Luna de miel y el señor Millán ya lo ha puesto en marcha. Estoy muy orgullosa de lo que he conseguido y, también, deseando que me dé otra responsabilidad similar.

Mauro, por fin, ha dejado de llamarme y de mandarme mensajes.

Aunque al principio me aliviaba, después me ha invadido la tristeza.

Que haya dejado de hacerlo significa que ya no le importo y que todas las cosas que me dijo no eran verdad.

Tal vez la culpa sea mía por enamorarme de un hombre del que no sé nada de su pasado, nunca le he preguntado por su niñez o por la relación que tiene con sus padres.

¿Y por qué pienso tanto en él después de lo que descubrí por boca de Jaime?

Pensé que sería más fácil olvidarle si lo odiaba, pero reconozco que soy incapaz de sentir algo por él que no sea amor.

Tres golpes en mi puerta hacen que vuelva a la realidad de mi despacho.

—¿Olivia? —pregunta una mujer morena, guapa, de unos cincuenta años, asomando la cabeza.

—Sí, soy yo. Pase.

—Hola, soy Marta, la mujer de Rodrigo —se presenta con una sonrisa resplandeciente. Su presencia me descoloca más de lo que esperaba; no sé si viene a traer paz o a abrir otra herida—. Encantada de conocerte.

—Igualmente. —Me levanto de mi asiento y, al hacerlo, noto un ligero temblor en las piernas—. ¿Puedo ayudarla en algo?

—Solo quería conocerte, me han hablado mucho de ti.

—Su marido es un hombre muy amable, pero…

—No, no ha sido Rodrigo. —Por cómo lo dice, intuyo a quién se refiere—. No sé si sabes lo unidos que estamos a Mauro y la buena relación que hay entre nosotros.

—Sí, algo me ha contado, aunque tampoco sé mucho del tema.

—Mauro creció en un orfanato y, cuando cumplió la edad en la que no podía seguir estando allí, digamos que se juntó con compañías nada recomendables.

Eso hizo que un día lo pilláramos entrando en nuestra casa junto con otros dos muchachos algo más mayores que él.

Estos salieron corriendo y él se quedó clavado en el sitio, pasmado de miedo.

Fue mirarlo a los ojos y saber que ese chico nada tenía que ver con los que lo acompañaban.

Rodrigo y yo hablamos con él y le ofrecimos un trabajo de jardinero.

No me preguntes por qué, quizá fue intuición, pero sentí que ese muchacho valía la pena, que no era mala gente y que merecía una oportunidad.

Mi marido, al principio, se sorprendió de cómo trataba yo a Mauro porque, en el fondo, desconfiaba un poco; y tenía sus razones, claro está, aunque después reconoció que yo estaba en lo cierto.

»Un año más tarde, le incorporó a la plantilla y fue creciendo tanto a nivel personal como profesional, hasta convertirse en el hombre que es hoy por hoy.

Alguien que merece todo mi respeto, comprensión y cariño.

—Me mira esperando una reacción por mi parte, y creo que se da cuenta de que tengo los ojos un poco brillantes; ha conseguido emocionarme con sus palabras—.

Me ha contado que se ha enamorado de ti y que ha pasado los mejores días de su vida a tu lado.

—Me conmueve la historia que me acaba de contar, pero no puedo estar con una persona que ha cometido un delito semejante, ¿usted lo haría? Porque yo no sé si estoy hecha para perdonar algo así… —La reto con la mirada.

—Mauro jamás abusaría de nadie, y menos de una mujer.

Puedo poner la mano en el fuego por él y te aseguro que no me voy a quemar.

—Me mira muy seria, como si habláramos de su propio hijo—.

Hace unos cuantos años, mi marido contrató a una joven que creía que se iba a comer el mundo acostándose con quien fuera.

Primero lo intentó con mi marido y la verdad es que pensé que Rodrigo había caído en sus redes.

Pensarás que soy tonta, sí, yo también lo pienso, pero a veces mi cabeza me juega malas pasadas.

—Yo no pienso nada sobre usted… apenas la conozco —me defiendo con un hilo de voz. Estoy alucinando con todo lo que me cuenta.

—A lo que iba: esta chica, cuyo nombre no recuerdo, al ver que no podía camelarse al pez gordo, o sea, al jefe, lo intentó con su mano derecha, que era y es Mauro.

Una mañana entró en su despacho, empezó a insinuarse y él la rechazó como en ocasiones anteriores.

Entonces ella, por despecho, se rompió la camisa que llevaba y salió gritando, diciendo que Mauro había abusado de ella.

Incluso llegó a denunciarlo, pero todo quedó en agua de borrajas, porque no se pudo probar nada; ni siquiera había una sola huella de él sobre su cuerpo.

Nuestro abogado se ocupó de todo y fin de la historia —afirma, levantándose de la silla donde estaba sentada.

—Pero Jaime dijo que…

—Jaime es de la misma calaña que esa chica.

La diferencia es que él no puede insinuarse a su jefe, aunque le tiene camelado por el buen trabajo que hace, y eso, para Rodrigo, es válido.

En su defensa debo decir que siempre ha querido tener hijos y, por ese motivo, a veces se pasa de protector.

—Suspira y continúa—: Además, desde que pasó aquello, mi marido se ha negado a volver a contratar a mujeres.

Por eso me extrañó tanto cuando Salomé me dijo que tenía una compañera nueva, y no te voy a negar que, cuando me enteré, me puse celosa; pero, en fin, sé que esa es una cruz con la que tengo que cargar.

—Se acerca despacio a la puerta y, antes de abrirla, se gira hacia mí—.

Ahora ya sabes la historia, está en tus manos tomar la decisión correcta.

Y de pronto me doy cuenta de que no tengo ni idea de cuál es.

Tardo un buen rato en asimilar todo lo que acabo de escuchar.

Las palabras de la mujer del señor Millán resuenan una y otra vez en mi cabeza.

¿Por qué debería creerla a ella en vez de a Jaime?

¿Por qué me lo cuenta a mí? ¿Qué sabe ella de nuestra relación?

Sin pensar bien lo que hago, cojo mi teléfono móvil y desbloqueo el número de Mauro, pero no me atrevo a llamarlo .

Tengo el corazón en la garganta y el orgullo agarrándome del brazo para que no marque .

Mi dedo tiembla sobre la pantalla. No sé si tengo miedo de escuchar su voz… o de que no lo coja.

Al llegar a casa, mi abuela enseguida nota que me pasa algo. Trata de sonsacarme con los viejos trucos que usaba cuando era niña, pero ya no cuelan y, entre risas, se lo hago ver. Sé que está preocupada y quizá, si le cuento todo, me haga ver otro punto de vista. Y así hago.

Después de varios minutos contándole a mi abuela lo que ha pasado, me siento mucho mejor.

A veces es suficiente con decir las cosas en voz alta.

Va a ser verdad eso de que no hay que guardarse nada dentro porque, si no, se enquista.

Lo único que me asegura es que soy igual de orgullosa que el abuelo, que lo llevo en los genes.

Aprovechando el momento, voy a preguntarle algo que lleva rondándome muchos años por la cabeza y que, por miedo a abrir viejas heridas, nunca me he atrevido a sacar el tema.

—Abuela, ¿por qué mi padre no se encargó de mí después de que muriera mi madre? Necesito saberlo, aunque me duela. Necesito entender de dónde vengo para saber hacia dónde voy.

En cuanto me escucha, se queda paralizada durante unos segundos, tratando de asimilar mis palabras, y comienza a tocarse los dedos de las manos con ansiedad.

—Tu padre vino de vacaciones a la isla y conoció a tu madre. Imagino que no contaba con que sus noches impetuosas darían fruto… —me explica, sin muchas ganas de hablar del tema.

—¿Entonces su historia es parecida a la tuya con el abuelo? —pregunto con inocencia, quiero que me siga contando.

—¡Ni parecida! —exclama, molesta. Su reacción me confirma que he tocado una herida que nunca terminó de cerrar—. Tu abuelo vino desde Italia a trabajar, tu padre vino de turismo. ¡No es comparable!

El teléfono suena interrumpiendo la conversación, seguro que mi abuela hasta ha agradecido que esto pase. Sé que nunca le gusta hablar de mis padres, pero tengo curiosidad por saber qué fue de mi padre y por qué se olvidó de mí.

Últimamente siento que me falta una pieza. No quiero vivir con la sensación de que hay una parte en mi historia a la que no le he puesto suficiente interés.