Proyecto Luna de Miel 25
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OLIVIA

Carla viene a recogerme al aeropuerto. Sé que la he hecho madrugar, pero necesitaba hablar con ella lo antes posible o iba a volverme loca.

—¿De verdad te viniste de allí sin ni siquiera despedirte? —me pregunta Carla, con los ojos abiertos como platos, tras escucharme relatar lo que había pasado en Fuerteventura.

—Me levanté mucho antes de lo que habíamos acordado y he tenido la suerte de poder cambiar mi vuelo por uno anterior. No podía seguir allí.

—Sabes que no suelo meterme en tus cosas, pero… ¿en serio crees que ese morenazo es un violador? Después de haberle conocido y por todo lo que me has contado sobre él, su perfil no encaja con ese tipo de personas.

—Y si es mentira, ¿para qué iba a decirlo nuestro compañero? ¿Qué sentido tiene? No entiendo nada, Carla, y cuando no entiendo algo, me asusto —admito, levantando la voz.

—No lo sé, Oli, pero todo esto me parece demasiado raro —responde mi amiga, provocándome aún más malestar del que ya tengo.

Me deja en casa y le doy mil achuchones a mi abuela, no sabía que podría echarla tanto de menos.

Su abrazo es el único sitio donde ahora mismo no me duele nada.

Como bienvenida, me ha preparado un guiso de los suyos.

¡Qué ganas tenía de comer comida casera!

Le cuento todo lo que he hecho estos días por las islas, pero omito, claro está, hablar de Mauro; no quiero preocuparla con algo que no ha llegado a ser nada.

Aunque, mientras estábamos allí, soñaba con el momento de presentarle a mi abuela y que ella viera de quién me había enamorado.

Pero todo eso ya pertenece al pasado, sí, uno muy reciente, pero pasado, al fin y al cabo.

Debo olvidarme de él, continuar con mi vida y aferrarme a mi trabajo que tanto me está aportando.

Sin embargo, Mauro se ha metido en mi cabeza y en mi piel de una manera tan fuerte que es difícil sacarlo de un plumazo.

Como dice mi abuela: «Paciencia, que el tiempo lo cura casi todo».

Ojalá la paciencia sirviera para arrancar a alguien del pecho.

Intentar no pensar en él habría sido más fácil si dejara de llamarme por teléfono.

No sé cuántas llamadas perdidas y mensajes tengo, aunque estos últimos los he borrado sin leerlos.

De hecho, le acabo de bloquear en WhatsApp, que ya está bien.

Aun así, miro el móvil cada dos minutos, como si esperase que encontrara otra forma de llegar a mí.

—¿Se podría decir que esto es acoso? Si continúa así, debería ir a la policía, ¿no? —le pregunto a Carla por teléfono.

—¡Menuda película te estás haciendo! —Se ríe—. Has cambiado toda tu opinión sobre él únicamente por el comentario de un tío al que apenas conoces.

—Ya, pero es que ese comentario, como tú dices, no es otra cosa que una acusación bien grave. ¿Qué hago, Carla?

—Relajarte, mi cielo —dice con un exagerado acento canario, haciéndome reír por fin.

Sé que, en parte, tiene razón, pero ella no es yo y no ha disfrutado con Mauro los momentos que yo sí, ni tampoco siente lo que aún siento por él.

Sin embargo, mi cabeza va por un lado y mi corazón por otro, y ninguno de los dos sabe dónde frenar.

Y ese es el problema. Cuando mis sentimientos comiencen a evaporarse, veré todo de una manera diferente; solo es cuestión de tiempo para olvidarme de él y de todo este disgusto.

Además, tampoco pasa nada porque no le vuelva a ver, pues he vivido toda mi vida sin él, pero el caso es que ha removido por dentro tantas emociones y sensaciones que sé que nada volverá a ser igual.

Estoy deseando llegar a la oficina y contarle al señor Millán todo lo concerniente al viaje; bueno, todo no, solo lo que atañe exclusivamente a mi proyecto.

Una brisa cálida me acompaña durante el camino y, sin querer, mi cabeza revive instantes en el barranco de los Enamorados, en Fuerteventura, cuando lo besé convencida por completo de que estaba enamorada, mientras el aire agitaba mi pelo y se enredaba entre sus dedos.

Y me odio un poco por seguir sintiendo lo mismo después de todo.

La melancolía aparece para fastidiarme la mañana, recordándome solo los buenos momentos, para después darme una patada diciéndome que el hombre que yo estaba empezando a querer abusó de una mujer.

Sacudo la cabeza para apartar todos esos pensamientos y entro por la puerta de mi despacho dispuesta a centrarme solo en mi proyecto.

Enciendo el ordenador, preparo todo lo que tengo que enseñarle a mi jefe y voy a su despacho.

—Buenos días, señor Millán —saludo tras llamar a su puerta.

—¿Cuándo me vas a llamar Rodrigo? —pregunta, resoplando.

—Vengo a explicarle todo el viaje de estos días —comento, ignorando su pregunta—. Se llama Proyecto Luna de miel y tengo todo organizado.

—Me lo imagino, ya me ha contado Mauro lo mucho que te preocupas por tu trabajo y lo bien que te manejas en este sector. —Escuchar su nombre hace que pierda parte de la sonrisa que llevaba.

—Trato de cumplir con las expectativas; además, me considero muy afortunada de poder haber vivido en primera persona todas las experiencias que he disfrutado allí. Ha sido fantástico.

—Me alegro mucho. Esta noche vamos a cenar y lo celebramos —propone de una forma que no me gusta.

—Lo siento, ya tengo planes. Además, no creo que haya que celebrar nada todavía; deberíamos esperar a ver cómo funciona y cómo es la acogida por parte de los recién casados.

Sin darle tiempo a una réplica, me levanto y me marcho de allí. No tengo ganas de decirle cuatro cosas a mi jefe o discutir con él, bastante sufrimiento tengo ya como para sumar otro.