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OLIVIA
Solo hemos necesitado unas gafas de buceo y un esnórquel para poder respirar bajo el agua.
Mauro me ha dicho que él suele hacerlo con botella de oxígeno porque desciende a más profundidad.
La verdad que yo no pensaba que esto me iba a gustar tanto.
Se ve todo muy diferente a como piensas que puede ser cuando estás fuera del agua.
Toda la vegetación, e incluso los peces, parecen moverse a cámara lenta por cómo se contonean.
Y qué decir de las texturas, no he tocado nada porque Mauro me dijo que había que respetar todo para no alterar su…
no me acuerdo cómo lo llamó, pero la sensación es que todo parece muy esponjoso ahí abajo.
Ha sido una de las experiencias más bonitas que he tenido desde que estamos aquí, quizá porque ha sido diferente a las otras.
Y también porque he sentido que él me estaba enseñando algo que forma parte de su mundo, no del mío, y eso me ha tocado más de lo que esperaba.
Comemos en la playa. Estamos tan a gusto aquí que no tenemos ganas de volver al hotel.
Este restaurante lo apunto también en mi libreta, ya lo pasaré todo a limpio cuando volvamos mañana.
No deja de venir a mi cabeza que en unas horas vuelvo a casa y nos tendremos que separar .
Y ese pensamiento, por más que intento apartarlo, me aprieta el pecho como si me faltara aire .
Es ese miedo tonto que aparece justo cuando eres feliz, como si algo dentro de ti no se fiara del destino.
—¿En qué piensas que te ha cambiado la cara? Pareces triste —observa Mauro, cogiéndome de la mano.
—Pues que el tiempo pasa demasiado deprisa y ya mañana tengo que volver a Gran Canaria… y lo que más me apetece es seguir aquí contigo.
—Yo tampoco quiero separarme de ti, estos días han sido muy especiales y no quiero que terminen.
—¿Lo dices de verdad? —pregunto con el corazón latiendo más fuerte de lo que me esperaba—. Porque si lo dices en serio, no sé cómo voy a sobrevivir a echarte de menos.
—Te quiero, Olivia.
—Pero tú estarás en Tenerife y yo en Las Palmas… No sé si voy a poder llevar bien eso de estar separados por tantos kilómetros —susurro, pensando en no verle a diario y no poder sentir sus besos.
—Pero la distancia no va a hacer que mis sentimientos por ti cambien.
Además, quizá si hablo con Rodrigo pueda arreglar un cambio de destino.
No nos preocupemos ahora por eso, lo importante es que los dos tengamos claro lo que queremos de esta relación y naveguemos juntos en el mismo barco.
—Sonríe. Ha tratado de quitarle seriedad al tema, cosa que agradezco porque no quiero que se me corte el buen rollo que tengo.
—Yo no tengo dudas, Mauro, yo te quiero, pero tengo miedo de que vivir en diferentes islas nos distancie también el corazón.
—¿Pero por qué piensas eso? ¿No crees que mis sentimientos hacia ti son reales? —inquiere con preocupación, y sé que es sincero.
—No es eso…
—Olivia, yo no quiero que esto termine jamás, aunque no estemos en la misma isla.
No voy a dejar de llamarte y de hacerte videollamadas todas las veces que podamos.
No quiero que te olvides de mí durante el día, ni que te vayas a la cama sin darte las buenas noches y un beso, aunque sea virtual.
Déjame que hable con Rodrigo, veremos qué se puede hacer.
—Sonríe y hace que me sienta un poco mejor.
En ese preciso instante comienza a sonar una canción de Elvis a través de los altavoces de la terraza del restaurante.
—Como buen admirador suyo, imagino que sabrás el nombre de esta canción —digo cambiando de tema, no quiero ponerme triste.
—Es de mis favoritas, se titula Always on my mind , que traducida al español viene a ser…
—Siempre en mi mente —suelto antes de que termine la frase—. Algo de inglés sí que aprendí en mis anteriores trabajos.
—Así es como tú estás: siempre en mi mente, y también aquí. —Se señala el pecho y creo que me voy a morir de amor, jamás me habían dicho algo tan romántico.
Me levanto de la silla y me acomodo en su regazo para besarle y abrazarle como si fuera la última vez que lo vamos a hacer.
El camarero intenta acercarse a la mesa un par de veces, pero nos ve y desiste en su empeño.
También noto que más pares de ojos nos está mirando, pero imagino que el espectáculo que estamos dando no es para menos.
Parecemos una pareja de recién casados en su luna de miel.
No es que me apetezca mucho cenar con Jaime, y más después de lo que me ha dado a entender Mauro sobre él, pero es trabajo y no puedo negarme. El señor Millán ha apostado por él y es un compañero más; además, solo le he visto una vez, así que ¿quién soy yo para juzgarle?
Bajamos por separado al restaurante del hotel, prefiero hacerlo así, como si saliéramos cada uno de su habitación.
Primero llega Mauro y, a los cinco minutos, aparezco yo.
No quiero que Jaime llegue a sus propias conclusiones; que sí, que es verdad que estamos juntos, o al menos estamos empezando algo bonito entre los dos, pero de ahí a que lo vea de primera mano va un abismo.
—Entonces ¿todo bien con tu proyecto? —me pregunta mostrando interés, después de que hayamos pedido al camarero lo que vamos a cenar.
—Mejor de lo que esperaba, Mauro se conoce bien las islas y eso me ha ayudado bastante —contesto y no puedo evitar sonreír al nombrarlo.
—Yo solo la he acompañado. —Me acaricia el muslo con disimulo por debajo de la mesa, haciéndome estremecer ligeramente, y, por unos instantes, pienso en lo que va a ocurrir en la habitación dentro de unas horas.
Espero no haberme sonrojado. Cuando levanto la vista, sorprendo a Jaime mirándonos con demasiada atención, como si estuviera tomando nota de nuestros gestos—.
Olivia es muy profesional y no ha necesitado que intervenga en ningún momento.
—Pero nunca has trabajado en este sector, ¿no es así? —Esta vez la forma de dirigirse a mí no es tan cordial, como si los halagos de Mauro le hubieran molestado y estuviera buscando una grieta por la que hacerme daño.
—No, pero he puesto todo mi esfuerzo y sé que lo estoy haciendo bien.
—Eso tendrá que decirlo Rodrigo, no sé si sabrás que él es quien tiene la última palabra siempre. —Vuelve a la carga y da un trago de vino, ojalá se atragante.
—Por supuesto que lo sé, me lo dejó muy claro el primer día de trabajo —respondo con una sonrisa cínica. No sabe con quién se está metiendo.
—¿También te dejó claro que no puede haber relaciones más allá de las laborales entre los empleados?
—¿A dónde quieres ir a parar, Jaime? —Mauro interviene en un tono que nunca le había oído.
Un escalofrío recorre mi espalda, algo no cuadra entre su sonrisa y la mirada de Mauro.
—A donde tú quieras, niño bonito —dice burlándose, no es la primera vez que le llama así—. ¿También sabe Olivia que una compañera te denunció por abusos sexuales o eso no pensabas contárselo?
La sonrisa de Jaime es de una satisfacción de lo más cruel.
—Eso no ocurrió así y lo sabes perfectamente —se defiende, bastante enfadado.
—Ya lo averiguarás —se dirige Jaime a mí, con aire de autosuficiencia, dejándome destrozada en pocos segundos.
En ese momento mi mundo se para y dejo de respirar por unos instantes.
¿En realidad Jaime ha dicho eso? ¿Mauro ha violado a una mujer?
¿Pero qué está pasando aquí? ¿Es una broma?
Miro a uno y a otro: los ojos de Jaime brillan con una maldad que me revuelve el estómago, y Mauro está a punto de levantarse y pegarle un puñetazo. Mejor me voy, no quiero saber nada.
Antes de levantarme, veo cómo Jaime se recuesta en su silla, satisfecho, como si todo hubiera salido como él esperaba.
Mauro me sujeta el brazo y yo me quito con un gesto algo brusco; no puedo ni mirarle a los ojos.
Si me quedo un segundo más, me rompo delante de él.
Necesito respirar, es como si llevara horas bajo el agua.
Cojo el ascensor y entro deprisa hasta la habitación en común.
Recojo mis cosas a toda prisa y corro hasta la otra contigua, donde me pongo a llorar como una niña pequeña.
¡Vaya ojo que tengo con los hombres! Pero, por más que intento convencerme, hay algo en la mirada de Mauro que no encaja con lo que ha dicho Jaime. Y eso me confunde aún más.
¿Pero por qué me tienen que pasar estas cosas a mí ? Me siento rota y confundida; todo lo que creía seguro se tambalea en segundos . Y, aunque intento convencerme de que debo alejarme, una parte de mí sigue deseando que todo sea mentira.