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MAURO
Después de ducharme, Olivia me enseña en su portátil las excursiones que ha ido planeando para estos casi dos días aquí. Es poco tiempo para ver la isla entera, pero sé que ha intentado ceñirse a lo que considera lo más romántico para que una pareja en su luna de miel pueda disfrutar.
Me resulta curioso que lleve todo apuntado en una libreta.
Generalmente esas cosas las hacemos en el móvil o directamente en el ordenador, pero veo que se organiza muy bien así.
Primero toma notas a mano y luego las pasa al portátil.
Imagino que cada uno tenemos nuestros trucos o manías a la hora de planificar .
Y en su caso, cada pequeño gesto suyo me confirma que no solo es brillante, sino meticulosa, constante… y eso me atrae más de lo que debería.
—¿Qué escuchas? —me pregunta saliendo del cuarto de baño, envuelta en una toalla.
—¿No conoces a Elvis Presley? —No me puedo creer que haya alguien en la faz de la tierra que no sepa quién es.
—Ah, bueno, sí. Pero no lo había reconocido —dice, encogiéndose de brazos.
Sonríe con timidez mientras se seca el pelo con la toalla, y la veo tan natural que me cuesta no mirarla más de la cuenta.
—Es mi cantante favorito, tengo todos sus discos y no me canso nunca de escucharlo —explico, moviéndome al ritmo de la música.
—La verdad que no está nada mal —añade e imita mis movimientos sin dejar de reír.
Es la primera vez que la veo bailar y no sabía que también se le da bien esto.
Olivia es una caja de sorpresas que poco a poco voy descubriendo.
Mientras nos vestimos, seguimos escuchando al rey del rock and roll a través del pequeño altavoz que conecto al móvil y que siempre me llevo de viaje.
Aunque parezca imposible, me ayuda a desestresarme y a concentrarme.
Estamos a punto de salir de la habitación cuando suena una notificación en mi teléfono.
—Es un mensaje de Jaime. Le ha dicho Rodrigo que estamos por aquí y quiere que comamos los tres juntos.
—Igual que hicimos con Jonay —dice, encogiéndose de hombros. Como si fuera lo mismo...
—Igual, igual, no… Jaime es diferente.
Ese tipo siempre aparece cuando menos conviene y nunca trae nada bueno.
—¿A qué te refieres? —pregunta con curiosidad.
—Ya le irás conociendo.
No quiero preocuparla, pero tampoco quiero que Jaime se acerque demasiado. No me fío de él.
El primer sitio adonde vamos es a las Dunas de Corralejo.
Es la segunda vez que vengo aquí, pero esta, sin duda, es la mejor.
Todo lo que necesito en este momento es ver disfrutar a Olivia contemplando las playas vírgenes mientras nuestros pies se van hundiendo en una fina arena blanca, y sentir cómo sus brazos se agarran a mí por el miedo a caerse y rodar entre las dunas.
El viento levanta pequeñas nubes de arena dorada que se pegan a su piel, y por un instante me parece estar en medio de un sueño del que no quiero despertar.
Hasta me he olvidado de que estamos aquí por trabajo.
En realidad, parecemos una pareja más de enamorados disfrutando de unas vacaciones juntos o de nuestra luna de miel.
Me mira y me sonríe, y siento que jamás volveré a ser el mismo si esos ojos dejan de mirarme como lo están haciendo en estos momentos.
—Qué oportuno… —se queja cuando está a punto de besarme y suena un pitido en mi móvil.
—Es Jaime, le ha surgido algo importante y me pregunta si podemos cambiar la comida de hoy por la cena de mañana —le informo en cuanto leo el mensaje.
—Por mí no hay problema.
—Se lo digo y continuamos por donde estábamos… Por cierto, ¿sabes cómo se llama esto? —Señalo la inmensidad de las dunas.
—El barranco de los Enamorados —responde, atrevida, con un brillo especial en los ojos. Se ve que ha hecho bien los deberes.
Nos besamos como si estuviéramos solos en el mundo, menos mal que no hay mucha gente cerca, así no llamamos tanto la atención. Me siento afortunado de que una mujer como ella se haya fijado en mí y que entre nosotros haya surgido el amor, porque esto que fluye entre nosotros no puede ser otra cosa.
Después regresamos al coche, pero antes tratamos de quitarnos la arena que llevamos en los pies y en parte de nuestras sandalias, sin dejar de darnos muestras de cariño a cada momento.
Ya de regreso a la habitación, y tras una merecida ducha, Olivia me cuenta el plan que tiene para esta tarde, y no es nada más y nada menos que una ruta en jeep por el norte de Fuerteventura.
—¿Te parece algo suficientemente romántico para una luna de miel? —me pregunta cuando regresamos al hotel después de pasar la tarde dando saltos dentro de un todoterreno. ¡A qué hombre no le gusta eso!
—Ha sido divertido, tal vez les puede venir bien a los recién casados para que no resulte tan dulce el viaje de luna de miel —respondo, divertido, y pongo los ojos en blanco.
—¿Crees que todo mi proyecto es demasiado empalagoso? —Me mira con una expresión diferente en la cara.
—Yo no he dicho eso. —La cedo el paso al ascensor.
Si supiera lo orgulloso que estoy de lo que está creando…
—. Al contrario, imagino que eso es lo que le apetece a una pareja cuando se acaban de dar el «sí, quiero».
—Me acerco a ella y la cojo por la cintura—.
Sabes de sobra que todo lo que has organizado me parece fabuloso.
—¿Lo dices en serio? No me gustaría estar perdiendo el tiempo solo por seguir aquí contigo… —Ahora es su turno de bromear—. Aunque, pensándolo bien, hay varias islas que aún podríamos visitar…
Por suerte la habitación está cerca del ascensor, si no, no sé qué hubiera podido pasar.
Es una mujer muy pasional, tanto dentro como fuera de la cama; todo lo que hace, lo vive, lo siente, y eso consigue que todo lo que gira a su alrededor tenga una luz especial.
Reconozco que me estoy acostumbrando demasiado a ser parte de ese todo.
—Quiero hacer una propuesta para lo que estás preparando. Si te parece bien, claro —comento durante la cena.
—Soy toda oídos. —Su sonrisa ilumina el restaurante.
—He pensado que mañana, a primera hora, podríamos bucear. En la excursión que hicimos en catamarán no pudimos, y quiero enseñarte.
—Me parece una idea fantástica. ¿Tendré que ponerme un traje de neopreno?
—No es necesario, para ser la primera vez, no creo que profundicemos mucho. Con el tiempo, y si te gusta, ya iremos viendo.
Su cara de ilusión me demuestra que la idea le ha parecido bien , y en ese instante entiendo que no hay aventura que me apetezca más que seguir descubriéndola . Ojalá nada ni nadie nos estropee esto.