Proyecto Luna de Miel 21
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OLIVIA

—No hace falta ni que te pregunte, por tu cara sé que en la cama debe ser un tigre —comenta Carla, haciéndome reír; ella y sus comparaciones.

—Así es, no hace falta que me preguntes.

Y solo de recordarlo me sube el calor a las mejillas.

—¿Entonces qué te pasa? Te noto triste.

—No es nada —miento, porque si lo digo en voz alta, sé que me voy a romper un poquito.

—Desembucha, mi niña, no me vayas a dejar así.

—Creo que estoy enamorada, pero enamorada de verdad, hasta las trancas y por primera vez en mi vida —reconozco en voz alta.

—Lo sé, no hay más que verte para darse cuenta.

—¿Tanto se nota?

Carla me observa de arriba abajo con esa sonrisa que mezcla picardía y cariño. Cruza las piernas y me apunta con el dedo, como si fuera capaz de leerme la mente . Pensaba que lo estaba disimulando mejor… pero claro, a Carla no se le escapa nada.

—Oli, que nos conocemos desde hace miles de años —asegura, riendo—. ¿Y se puede saber dónde está el problema?

—Yo vivo aquí y él en Tenerife. Esto que estamos viviendo es producto del momento, pero cuando acabe mi proyecto, todo se terminará.

—No pienses en eso ahora y disfruta del momento, acuérdate del famoso carpe diem . ¡Cuántas quisiéramos estar con semejante espécimen masculino!

—¡Qué bruta eres! Además, Mauro no es solo lo que se ve por fuera, es un hombre estupendo, con un montón de cualidades que podrían enamorar a cualquiera.

—Sí, pero has sido tú la elegida. —Escuchamos el aviso de la salida de mi vuelo—.

Además recuerda que Diego también es de Tenerife y lo nuestro sigue, aunque sea en la distancia.

¿Te imaginas qué divertido va a ser cuando vayamos juntas a verlos o cuando ellos vengan a Las Palmas? ¡Ya verás lo bien que lo vamos a pasar!

Ojalá todo fuera tan sencillo como ella lo pinta.

Nos despedimos con un abrazo muy fuerte.

En dos días volveremos a vernos y le pido de nuevo que no deje de visitar a mi abuela en mi ausencia.

Por los altavoces dan el último aviso para embarcar y voy corriendo.

Mauro no se ha subido, me está esperando.

Otro detalle más para sentirme bien a su lado y, como dice Carla, tengo que disfrutar .

Aunque, en el fondo, una parte de mí teme que disfrutar tanto tenga un precio después.

Hacemos todo el viaje hasta Fuerteventura cogidos de la mano y besándonos cada dos por tres; apenas si me he enterado del vuelo. Decir en voz alta lo que me preocupa me ha servido para deshacer el malestar que tenía dentro.

—Estoy deseando llegar al hotel —dice Mauro, mirándome con picardía justo cuando salimos del aeropuerto.

—¿Por qué? ¿Tienes hambre? —pregunto, haciéndome la tonta.

—Sí, de ti —susurra en mi oído y consigue ponerme el vello de punta.

El tono con el que me lo ha dicho hace que mi temperatura corporal suba varios grados. Si no fuera porque estamos donde estamos…

En cuanto llegamos al hotel, hacemos la rutina de siempre: coger dos habitaciones aunque solo usemos una, pero las facturas deben ser así a ojos del señor Millán.

En este tiempo de «convivencia» con él he descubierto otra cualidad más: es muy ordenado, no suele dejar la ropa tirada y coloca las prendas de la maleta que se va a poner en perchas para que no se arrugue; no como yo, que voy sacando de la maleta según voy necesitando.

Se nota que vive solo y está acostumbrado a hacerse las cosas él mismo.

—Sé que tienes ya preparadas las excursiones, pero deberíamos quedarnos un rato más en la habitación para explicarte un par de asuntos de vital importancia —comenta muy cerca de mí, cogiéndome de la cintura y con el mismo tono que cuando bajamos del avión; pero esta vez no tengo que detener mis ganas de hacer el amor, pues estamos solos y en el sitio adecuado.

—Si son tan importantes… —digo, sensual.

—No te imaginas cuanto…

Comienza quitándome la camiseta y dedica toda su atención a mis pechos, que reciben gratamente sus caricias.

De pronto, una oleada de excitación me recorre el cuerpo y empiezo a quitarle toda la ropa muy deprisa.

Necesito sentirle dentro de mí y no tengo tiempo que perder.

Entre beso y caricia, siento que no solo me toca la piel, sino también algo más profundo, como si su contacto me anclara a él.

Y yo, que siempre he sido tan libre, no sé si quiero soltarme.

Me mira sorprendido y sonriente a la vez, sé que le gusta que tome la iniciativa y sea la que mande entre las sábanas.

Sin haberlo hablado, nos repartimos los roles de manera natural, como si lleváramos toda la vida haciéndolo.

Nos compenetramos a la perfección, tanto dentro como fuera de la cama .

Nunca había sentido una conexión así con nadie, es como si no me hiciera falta nada más en este mundo que su presencia a mi lado.

Se incorpora un poco en la cama hasta quedarse a mi altura y me atrae hacia él con un beso que resulta ser bastante más largo de lo pretendido por ambas partes, con el resultado obvio de volver a amarnos una vez más.

—¿Trabajamos un poco? —me pregunta, levantándose de la cama después de darme un beso de lo más dulce, y me río por dentro, porque, si por mí fuera, trabajaría en seguir memorizando cada rincón de su piel.

—No te voy a negar que me quedaría un rato más, pero ¡el deber nos llama! —exclamo, escurriéndome entre las sábanas con una sonrisa que delata que, en realidad, no quiero irme.