20
MAURO
Anoche, mientras la acariciaba, apenas podía creer que aquello estuviera sucediendo, que la estuviera haciendo mía, que se estuviera entregando a mí…
Iba con cautela por si notaba su rechazo.
Olivia es diferente a aquella chica, pero anoche tuve que andarme con cuidado por si acaso la historia volvía a repetirse, algo por lo que no estoy muy por la labor .
Y aun así, mientras la tenía entre mis brazos, sentí miedo, pero no a equivocarme yo, sino a que ella pueda arrepentirse después.
Ha sido una pena no poder bucear en La Graciosa, me hubiera encantado enseñarle toda la belleza que hay bajo esas aguas cristalinas; pero seguro que encontramos otra ocasión para hacerlo.
Según ha ido pasando el día, su actitud ha cambiado un poco.
Algo ha ocurrido sin que yo lo notara, pero sé que hay algo que la preocupada.
Me ha dicho que su abuela está bien, por tanto, debe de ser por otra razón .
Y esa razón, sea cual sea, me afecta más de lo que debería.
No soporto verla inquieta sin saber por qué .
Me hace sentir fuera de su mundo, y eso es lo último que quiero.
Hemos quedado con Jonay para cenar en un restaurante del centro.
Llegamos bastante puntuales. Durante la cena, que transcurre entre risas y anécdotas, hablamos del proyecto de Olivia y de lo que hace él en esta isla, que es, más o menos, lo mismo que hago yo en Tenerife.
No puedo dejar de mirarla, desde fuera debo parecer un colegial enamorado de su compañera de pupitre; pero es que es inevitable.
Solo espero que nuestro acompañante no se dé cuenta.
Cada vez que sonríe, me pregunto cómo he podido vivir sin esa luz antes.
Nos despedimos de él, ya que mañana vamos a Fuerteventura, la última isla del Proyecto Luna de miel.
—¡Qué agradable es Jonay! —dice Olivia de camino de vuelta al hotel.
—Es un buen tío y, además, buen compañero. Lleva más tiempo que yo trabajando con Rodrigo y es un profesional como la copa de un pino.
—Me he sentido muy cómoda mientras cenábamos —añade, pero su mirada se pierde en algún punto del suelo, y vuelve a aparecer en su cara esa expresión que tanto me inquieta.
Es como si se apagara un segundo, y yo no sé dónde está el interruptor para encenderla otra vez.
Menos mal que ya hemos llegado al hotel.
—Creo que me estoy poniendo un poco celoso… Ven, dame un beso.
Me acerco a ella y la beso con pasión. Quiero quitarle de la cabeza lo que sea que, por momentos, le borra la sonrisa, y no consigo adivinar qué es.
En cuanto encuentre el momento propicio, le preguntaré.
No quiero presionarla, pero tampoco quiero quedarme fuera de lo que siente.
Me aterra que algo la esté alejando y yo no lo vea venir.
Entramos en la habitación. Hemos resuelto utilizar solo una, aunque debemos reservar dos para que Rodrigo no sepa nada.
De momento, hemos decidido no contárselo a nadie, por muy a gusto que estemos los dos.
Los besos y caricias nos llevan de nuevo a amarnos sin censura hasta casi el amanecer .
Y mientras la abrazo, me sorprendo pensando que, si esto se rompe, no sé si voy a saber recomponerme .
Nunca había puesto tanto de mí en alguien. Nunca.
—¿Todo bien? —le pregunto durante el vuelo.
—Sí, todo muy bien —miente, sé que aún no se acostumbra a esto de volar—. Como hacemos escala en Gran Canaria, he avisado a mi amiga Carla para que venga un rato al aeropuerto. Aun no entiendo por qué, para ir de Lanzarote a Fuerteventura, hay que pasar primero por mi isla.
—No sé, eso son cosas de las líneas aéreas, imagino que será por aprovechar el cupo de turistas a bordo —digo encogiéndome de hombros.
En cuanto el avión aterriza y Olivia recupera el color en sus mejillas, nos dirigimos hasta una zona donde tendremos que esper media hora antes de coger nuestro siguiente vuelo.
Lo que menos me gusta de Fuerteventura es tener que ver a Jaime y soportar sus puyas tontas; no es trigo limpio, a diferencia de Jonay. En cualquier caso, es un compañero más.
—Carla, te presento a Mauro, es mi… compañero, ya sabes, el que me está ayudando con mi proyecto —dice Olivia, presentándome a su amiga.
—¡Ay, mi niña! Me habías dicho que era guapo, pero no me imaginaba hasta qué punto…
—¡Carla! —la regaña dándole una pequeña patada que, aunque trata de pasar inadvertida, no lo ha sido.
—Encantado. Olivia me ha hablado mucho de ti —afirmo, haciéndome el que no se ha dado cuenta de su gesto espontáneo.
—Espero que solo sean cosas buenas —advierte con un gesto divertido en su cara.
—Desde luego —admito con una sonrisa cómplice—. Si me disculpas, tengo un par de cosas que hacer antes de volver a coger el avión. Olivia, te espero en la sala de embarque.
Mi intención de dejarlas a solas es para que pueda contarle a su amiga esa preocupación que asoma a veces en su cara y que tan preocupado me tiene.
Espero que no sea nada grave y pueda solucionarlo desahogándose con su amiga, porque si no lo hace con ella, no sé si lo hará conmigo.
Y me aterra que se quede algo dentro que luego nos explote en la cara.
Llevo en la maleta el regalo que compré ayer en Lanzarote sin que se diera cuenta. No sé si dárselo hoy o esperar a que esa sombra que lleva en los ojos desaparezca, puesto que no quiero que piense que intento tapar algo con un detalle.