Proyecto Luna de Miel 19
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OLIVIA

Me despierto llena de ilusión. Siento por Mauro algo totalmente diferente a lo que he sentido antes, no sé si me estaré enamorando, pero estoy segura de que lo que más me apetece es estar con él todo el tiempo.

Me hace sentir especial y, sobre todo, respetada; y eso, para mí, vale más que cualquier gesto bonito.

Tampoco es que pueda compararlo con otros hombres; en realidad, todo lo anterior han sido rollos de una noche o de dos días, a lo sumo.

Luego ya iba viendo lo que había y se acababa lo que ni siquiera había comenzado.

Muchas veces me he sentido como un mero objeto de decoración, como si mi cuerpo hablara más alto que mi voz.

Sobre todo al principio, cuando empecé a trabajar en la discoteca y veía que los chicos se acercaban a mí con la única y clara intención de llevarme a la cama; ni siquiera se molestaban en conocerme un poco.

La mayoría de las veces hablaban conmigo atraídos por mi cara o por mi cuerpo, no por tener una conversación normal sobre otros temas.

Reconozco que, cuando tenía quince años, eso me divertía; sentir que los atraía me hacía creerme importante —cosas de la edad—, pero después ha sido un lastre en mi vida.

En cambio, con Mauro no es así. Siento que me mira por dentro, no por fuera.

Puedo hablar con él de cualquier cosa y creo que le gusto de verdad, y no me refiero solo a mi físico.

Aunque a mí me pasa igual con él. Sí, tiene un cuerpo de infarto; sin embargo, lo que más me atrae es su personalidad.

Tiene muchas cualidades que me encantan, pero lo que me seduce especialmente es su seguridad en sí mismo.

—¿Puedo saber en qué estás pensando mientras pones esa sonrisa? —pregunta, haciendo que me sobresalte y que casi se me caiga el plato que llevo con bollitos de chocolate en la mano.

—Pensaba en nosotros. —Y en lo fácil que es imaginarme a su lado sin que me dé miedo, pero esto no se lo digo—. Me gustaría estar besándote todo el día.

—No me parece mala idea, pero hoy, según tu planning , tenemos varios sitios donde ir.

—Tienes razón —admito, sentándome a la mesa—, hemos venido a trabajar.

Después de desayunar y telefonear a mi abuela, hacemos la excursión que tenía prevista: ir hasta La Graciosa en velero.

Es una pequeña isla situada al noroeste y tiene unos paisajes maravillosos, con un montón de colores mezclados entre sí.

Nada más montar en el catamarán nos han dado una copa de champán y unos cuantos aperitivos.

Nos acompaña más gente de lo que pensaba, creía que esto iba a ser en plan parejitas de enamorados, pero veo que hay grupos de amigos e incluso familias.

El recorrido hasta llegar a la isla es de una hora aproximadamente, pero merece la pena por las aguas cristalinas.

—¿Te apetece montar otra vez en kayak? —le pregunto al tomar tierra y ver las posibilidades que ofrece la excursión.

—Por mí, bien, pero quizá deberíamos hacer esnórquel, creo que eso aún no lo has probado.

—¡Buena idea! Voy a preguntar dónde podemos conseguir dos equipos. —Nos acercamos al responsable de la excursión y nos comenta que eso es lo único que no entra en el precio y que deberíamos haber traído el equipo nosotros—. Pero claro, sin saberlo… Tal vez debería haber leído mejor el folleto.

—No te preocupes —dice Mauro al ver mi cara de desilusión—, antes de que volvamos a casa te prometo que te llevaré a bucear entre los jardines de coral.

Sus palabras resuenan en mi cabeza. Ni siquiera he pensado en qué pasará cuando regrese a Gran Canaria y él se quede en Tenerife.

Cada uno tenemos nuestra vida en una isla distinta, así que doy por hecho que lo nuestro va a durar hasta que yo termine mi proyecto.

Me he dejado llevar y he disfrutado de él sin pensar en el después…

y ahora que lo pienso, ese «después» empieza a doler incluso antes de llegar .

No sabía que echar de menos a alguien podía empezar antes de perderlo.

A la hora de comer volvemos al catamarán, allí hay suficiente comida y bebida para todos.

El ambiente es festivo y me hace olvidar lo que, desde hace unas horas, me tiene intranquila.

Mauro está pendiente de mí en todo momento y yo me dejo querer.

¿Para qué martirizarme si aún es pronto?

¿Por qué no me relajo y me dejo llevar por toda la belleza y el buen rollo que hay a mi alrededor?

Mi abuela está bien y Carla va a diario a visitarla, ¿así que por qué no me limito a vivir el momento y me olvido de mi vuelta a casa?

—La pena es que se necesite tanto dinero para poder disfrutar de estas cosas —comento distraída cuando ya estamos de regreso al hotel.

—En eso te equivocas. Hay muchas cosas que se pueden hacer y son gratis —responde, apretando el botón del ascensor.

—¿Ah, sí? Pues díselo a las personas que viven con lo justo —le reprocho cuando las puertas se abren y dejamos salir a un par de personas que vienen de algún piso superior—. Crecí sabiendo que no hay nada gratis y que todo vale dinero; no es que haya pasado hambre, pero sí ciertas limitaciones.

—Sé a lo que te refieres, pero ¿qué me dices de pasear con la persona a la que amas, o darte un baño en la playa, o contemplar un atardecer? —No le dejo continuar y me lanzo a sus labios.

—¿Me invitas a tu habitación? —propongo, atrevida, sabiendo que la respuesta ya está escrita en sus ojos. Pero prefiero que sea así, porque en cuanto me apetezca, podré irme a la mía sin tener que dar explicaciones. Además, he decidido disfrutar el momento y eso mismo voy a hacer.

Mientras subimos en el ascensor, seguimos besándonos.

La atracción que siento por él se escapa a mi entendimiento, es como si llevara toda la vida esperando besar a alguien así.

En cuanto entramos en su habitación, tengo la sensación de que voy a volverme loca.

Me atrapa entre su cuerpo y la puerta por donde acabamos de entrar, siento su erección bajo mi ombligo, y sus labios descienden desde mi cuello hasta el inicio del escote.

Si viera esto mi amiga Carla, diría que tengo los pezones tan duros que, en cualquier momento, podrían hacer saltar los botones de la blusa que llevo puesta.

Pensar en ella me distrae durante unos segundos, pero vuelvo a tener el control de mis actos y le acaricio por encima de la ropa, notando sus duros músculos bajo mis manos.

Con delicadeza, me desabrocha uno a uno los botones sin dejar de mirarme, como si estuviera pidiéndome permiso para seguir haciéndolo; pero no puedo decir nada coherente, estoy muy excitada y solo necesito seguir sintiendo sus manos sobre mi cuerpo.

—¿Quieres que siga? —pregunta al verme tan callada, y me derrito solo con oír su voz tan cerca. Le beso por respuesta. No sale ninguna palabra por mi boca, Mauro tiene ese efecto en mí.

Me bajo los pantalones cortos que me puse a la vuelta del catamarán; después, hago lo mismo con su camiseta.

No me sorprendo cuando veo su torso desnudo, ya me imaginaba este cuerpo cuando le vi con el traje de neopreno.

Pero tocarlo sin ropa es diferente, está duro y suave a la vez, y mis manos comienzan a recorrerlo hasta terminar en su espalda, mientras su boca está entretenida entre mis pechos.

Dejo de tocarlo y termino de quitarme la blusa —aunque ya no esté abrochada—, y me deshago de sus pantalones.

Necesito sentir su piel con la mía, sin nada que se interponga.

Me sujeta por la cintura y me eleva. Engancho mis piernas en sus caderas, y así camina hasta llegar a la cama, donde me deja con cuidado y me observa, buscando mi reacción.

Tengo la sensación de que quiere que apruebe cada uno de sus movimientos, parece que tiene miedo a excederse, y no puedo evitar sonreír.

Nos besamos hasta la extenuación. Creo que no deja ni un solo rincón de mi cuerpo sin recorrer, como si quisiera aprendérselo de memoria.

Solo nos separamos para coger un preservativo de su cartera.

Hacemos el amor hasta casi el amanecer, jamás me habían hecho sentir tantas sensaciones juntas.

Llegar con él al clímax ha sido una experiencia como nunca la he tenido.

Además de todas las cualidades que le he otorgado estos días, ahora puedo añadir que es muy buen amante, aunque no voy a decírselo, no vaya a ser que se le suba a la cabeza.

—No me apetece en absoluto, pero creo que deberíamos ducharnos ya si no queremos llegar tarde a la cena con Jonay—comenta, mientras me acaricia el cuello.

—Tienes razón, me voy a mi habitación. En cuanto esté lista, te aviso.

—Te puedes duchar aquí —dice con una mirada de lo más pícara, que hace que dude si irme o quedarme.

—Te aseguro que si me quedo más rato aquí, llegaremos tarde.

Le doy un beso en los labios, recojo mis prendas que están tirada por toda la habitación y me dirijo a la puerta.

Espero que, al abrirla, no haya nadie en el pasillo.

Nuestras habitaciones están juntas, así que mucho camino no tengo que recorrer para llegar, pero nunca se sabe si puedo cruzarme con alguien y no es plan de que me vea en ropa interior.

Si no fuera porque tengo prisa, llamaba ahora mismo a Carla y le contaría lo que acaba de pasar, pero no tengo tiempo de entretenerme por teléfono.