18
MAURO
Esta mujer es una auténtica locura. Si ya me atrapó nada más conocerla, ahora estoy casi seguro de que me estoy enamorando, y eso me da un vértigo que no sentía desde hace años ni creía que volvería a vivir.
Aunque me moría de ganas por besarla cuando estábamos mirando las estrellas, dejé que fuera ella quien diera el primer paso; sobre todo porque, después de lo que pasó hace tiempo, ya no me fío de que pueda volver a pasar y arruinarme la vida.
Una acusación basta para destrozarte, aunque seas inocente.
Y yo ya sé lo que es que te miren como si fueras culpable.
No voy a negar que anoche me quedé con ganas de entrar en su habitación y hacerle el amor hasta el amanecer; sin embargo, prefiero ir con calma.
Al fin y al cabo, estamos trabajando y no quiero que lo que pueda pasar entre nosotros se nos vaya de las manos y acabe afectando a la empresa .
Ni a ella. Lo último que quiero es que piense que me aprovecho de la situación.
Después de ducharme, recojo las cosas que están fuera de la maleta, reviso que no se me olvide nada y salgo al pasillo.
Llamo con cuidado a su puerta y oigo que dice que ya casi está.
A los pocos minutos sale, está deslumbrante también con esos pantalones vaqueros.
Apenas lleva maquillaje, pero sus labios tienen un ligero tono rojizo.
—Me cuesta separar mis labios de los tuyos —digo, atreviéndome a darle un beso. Que no me acostara con ella no quiere decir que no pueda besarla.
—Pues no lo hagas. —Me dedica una sonrisa de lo más provocadora, y hace que me sienta más tranquilo, sabiendo que a ella le apetece igual que a mí.
—Deja de mirarme así o te aseguro que perderemos el vuelo.
El avión sale a la hora prevista; menos mal, odio los retrasos, sobre todo cuando están tan cerca las islas.
En menos de dos horas llegamos al aeropuerto de Lanzarote y allí alquilamos un coche para ir hasta el hotel que Olivia lleva apuntado.
Este alojamiento no lo conocía, pero parece que mi preciosa rubia sabe manejarse bien .
Cada día me sorprende más, y cada día me cuesta más no decírselo.
Lo primero que hacemos es desayunar, apenas hemos tomado un café en el aeropuerto y estamos muertos de hambre. Mientras disfrutamos de unas tostadas y un café con leche, me cuenta lo que quiere ver hoy.
—He leído que esta isla es demasiado volcánica, aquí no sé si encontraré cosas muy románticas para unos recién casados —explica, pensativa.
—Yo también he hecho los deberes y he encontrado un par de cosas que quizá te sirvan —comento, sacando el móvil del bolsillo para mostrarle mis ideas.
—Mejor llévame y me lo enseñas in situ —replica con naturalidad.
Conduzco hasta una zona volcánica conocida como los Hervideros.
Allí, las olas rompen con fuerza contra el acantilado y ascienden entre los huecos de las piedras, dando la sensación de ser agua hirviendo; de ahí su nombre.
También vamos a un paisaje natural que parece un anfiteatro, en cuyo interior se ve una laguna de agua marina y de color verde esmeralda, llamada el Charco Verde.
A la vez que lo contempla, no deja de sonreír.
—Pensarás que soy un poco cría, ¿verdad? —pregunta en el coche, ya de vuelta, mientras estoy aparcando en el hotel.
Si supiera lo que me gusta verla así, sin filtros, sin defensas…
—¿Por qué lo iba a pensar?
—Por mi forma de disfrutar de las cosas que veo. —Sonrío y la miro embobado—. No te rías de mí —dice tras soltar una carcajada—. Nunca he salido de Gran Canaria y, para mí, ver todo esto es una auténtica maravilla.
—Me alegro de ser yo el afortunado que esté aquí contigo.
Nos bajamos del coche y me besa de manera impulsiva, cogiéndome desprevenido.
Ese beso me confirma lo que llevo días intentando negar: estoy perdido por ella y también convencido de que es la mujer de mi vida, sí, no creo que me esté equivocando.
Solo espero que ella sienta lo mismo por mí .
Y ahí aparece el miedo: ¿y si para ella esto es solo el momento?
¿Y si soy yo el único que está cayendo tan hondo?
—Esta noche voy a llevarte a cenar a un sitio muy romántico —comento antes de que entremos cada uno en su habitación.
—Me vendrá bien para mi proyecto —dice, haciéndose la desinteresada, y después se acerca y me besa con tanta pasión que acabamos contra la pared del pasillo.
Lo prometido es deuda y cenamos en los Jameos del Agua, una cueva formada por la erupción del volcán de La Corona, que se produjo al hundirse el techo del tubo volcánico.
Le cuento a Olivia que, aparte de ser un sitio turístico por su gran belleza, también se utiliza en algunas ocasiones como auditorio por su perfecta acústica.
Al terminar, volvemos hasta donde hemos aparcado.
—¿Te parece lo suficientemente romántico como para incluirlo? —pregunto observando su cara de felicidad.
—Espero que en el mismo paquete no tenga que incluirte a ti…
—¿A qué te refieres? —Mi cara de extrañeza da a entender que no sé por dónde va.
—Pues que creo que tú eres el que de verdad hace que todo esto sea tan especial.
Se sonroja después de decirlo y me deja sin palabras, pues no estoy acostumbrado a que alguien me vea así.
Si tenía alguna pequeña duda, se acaba de disipar: estoy completamente enamorado de esta mujer.
La abrazo con fuerza y noto cómo su pecho se ajusta al mío.
Si esto no es amor, no sé qué demonios es.