17
OLIVIA
La excursión en ferry a La Gomera ha marcado un antes y un después en lo que respecta a Mauro y a mí, al menos por mi parte.
Aún tengo grabado en mi cabeza la sensación de sus brazos rodeándome desde atrás cuando estábamos en el mirador.
¿Por qué no se quedó un ratito más así? Si él hubiera sabido lo que me estaba pasando por dentro, quizá no habría soltado tan pronto.
Puedo asegurar que me sentí más segura que nunca y, al mismo tiempo, algo explotó dentro de mi pecho, dejándome sin palabras.
Sus manos, el contacto de su pecho contra mi espalda, su aliento en mi pelo, su perfume…
—¿Cuánto se tarda de La Palma a Lanzarote? —pregunto en cuanto regresamos al hotel.
—Según el vuelo que hemos cogido, casi dos horas. ¿Nos vemos después para cenar?
—Sí, claro.
Nos despedimos y cada uno se va a su habitación.
Después de darme un largo baño de espuma —algo que ya se está convirtiendo en costumbre en los hoteles—, me tiro en la cama y me pongo a ver cosas de Lanzarote.
Al igual que las otras islas, parece un lugar con mucho encanto.
Al rato llaman a la puerta, me levanto y voy a abrir.
—Perdona —dice Mauro, mirándome con el albornoz puesto. Y, por un segundo, me olvido de cómo se respira—, venía a buscarte para bajar a cenar, pero veo que aún es temprano.
—¡Ay, Dios mío! Estaba tan entretenida descubriendo Lanzarote que se me ha pasado el tiempo sin darme cuenta. Dame cinco minutos y bajo.
Nerviosa perdida, abro la maleta y saco la ropa que pensaba ponerme para cenar. Después entro en el cuarto de baño, me maquillo un poco y bajo corriendo al restaurante. Está guapísimo con esa camisa gris, su piel bronceada destaca aún más.
—Han sido más de cinco minutos, pero ha merecido la pena —comenta haciéndome un cumplido que recibo con agrado. En otro momento no me habría hecho ni la más mínima gracia, pero hoy me siento diferente.
—Gracias —digo en un hilo de voz. Creo que hasta me he sonrojado un poco.
—¿Entonces ya tienes todo organizado en Lanzarote?
Empiezo a comentarle lo que traía preparado de Las Palmas y todo lo que he visto hace un rato.
Pero uno de los hoteles que menciono lo descarta enseguida, diciendo que ya lo conoce y que no es lo que parece; por lo visto, su cocina no es tan elaborada como promocionan y los clientes no salen satisfechos.
Así que tacho ese hotel de mi libreta, confiando totalmente en su criterio.
No paramos de hablar, yo le cuento mis ideas y él me da su opinión. Casi hemos terminado de cenar.
—Olivia, si ves que me paso hablando, dímelo. Me apasiona tanto tu proyecto que a veces no me doy cuenta de que es tuyo —dice sincero.
—No te preocupes, lo haces muy bien. Además, después de todo, parece tanto tuyo como mío. —Sonrío.
—Hacemos un buen tándem. —Ojalá no me gustara tanto cómo suena eso en su voz—. ¿De verdad que no habías trabajado antes en esto? —pregunta con curiosidad.
—No, es la primera vez. —Sigo poniéndome nerviosa si lo miro mucho rato a los ojos—. El último trabajo que he tenido ha sido en una heladería, entenderás que no tiene nada que ver.
—Desde luego que no, pero la forma en la que te diriges a las personas demuestra que has trabajado mucho de cara al público y eso facilita las negociaciones —explica, y después mira su reloj—. ¿Quieres que demos un paseo antes de ir a dormir?
Caminamos despacio, sintiendo la brisa en nuestra cara, y me cuenta que, por circunstancias de la vida, tuvo que aprender a buscarse la vida desde muy joven.
El señor Millán le dio una oportunidad y él supo aprovecharla hasta llevarle a donde está hoy.
Creció sin padres, pero no me da más detalles al respecto, y prefiero no preguntar, no vaya a pisar terreno pantanoso.
Sé perfectamente lo incómodo que es cuando te preguntan cosas que no quieres responder.
Esa circunstancia le obligó a madurar antes de tiempo y a crecerse ante las adversidades.
Parece mentira todo lo que me cuenta. Yo también crecí sin padres, pero esa ausencia la suplió mi abuela, así que no estamos hablando de la misma situación.
Hoy por hoy es un hombre muy seguro de sí mismo, con una educación exquisita y un saber estar impresionante.
Sí, me gusta; no lo puedo evitar. Y cuanto más lo conozco, más miedo me da que él no sienta lo mismo.
—¿Te has tumbado alguna vez en una cama balinesa? —me pregunta sonriendo.
—¿En una qué?
—¡Vamos!
Me coge de la mano, igual que cuando salimos del mirador, y el suave roce de su piel me provoca un escalofrío que trato de disimular.
Es un gesto sencillo, pero me acaba de desarmar por completo.
Me lleva hasta una zona de la playa que está rodeada de farolas con una luz muy tenue y me señala una cama; en realidad, se trata de una estructura metálica blanca con un techo hecho de tela que cubre un colchón.
Coloca unos cuantos cojines a modo de almohada, y se tumba boca arriba; después da unos golpecitos a su lado, invitándome a imitarle.
—¿Te gusta?
—Sí, aunque tiene un fallo —contesto mirando hacia arriba—. No se ven las estrellas.
—Eso tiene solución.
Se incorpora hasta alcanzar una cuerda que hay a su derecha y, al tirar de ella, la tela se descorre poco a poco, dejando ver un firmamento salpicado de puntitos luminosos.
—Gracias, Mauro.
No sé si le doy las gracias por esto o por hacerme sentir vista de una forma que nadie había conseguido antes.
—No tienes por qué darlas, ha sido fácil —dice señalando la cuerda y volviéndose a tumbar.
—No me refiero solo a esto, me refiero a todo. Me estás ayudando mucho y yo he sido una desagradecida contigo.
—Olvídate de eso ahora y disfruta de las estrellas. Quizá no se vean igual que en la excursión que no hicimos —añade, refiriéndose a la visita guiada nocturna—, pero te aseguro que son las mismas.
Nos quedamos mirando el cielo y, de repente, noto que se gira.
Yo también vuelvo mi cara hacia él y nos miramos durante unos segundos.
Sus ojos parecen traspasar los míos y, sin poder evitarlo, mi mirada desciende hasta su boca.
Mi respiración se acelera; el aire fresco de la noche no alivia el calor que me sube por el pecho.
Instintivamente me acerco hasta tenerle casi pegado a mi cuerpo.
Sus manos buscan mi cintura mientras las mías se enredan en su cuello.
Un escalofrío me recorre la espalda y, por un instante, siento que el tiempo se detiene.
Me mira con cara de sorprendido, aunque solo dura un breve instante, después mis labios atrapan los suyos con tranquilidad, como si el tiempo se hubiera detenido.
Mauro responde a mis besos sin dudar de si lo que estamos haciendo está bien o no y, en ese instante, entiendo que no hay marcha atrás.
Que lo que siento ya no cabe en ningún sitio donde pueda esconderlo.
Mil sensaciones recorren mi estómago y mi pecho, y me dejo llevar.
Ahora mismo no me importa nada que nosotros y todo lo que estoy sintiendo.
Nuestras respiraciones se agitan. Cada beso parece una declaración silenciosa, y los latidos de mi corazón retumban en mis oídos.
Los besos se vuelven urgentes y nuestros cuerpos arden en deseo. Lo noto. Lo nota.
—Creo que deberíamos irnos ya —dice con la voz medio ronca, y yo tengo la sensación de que no quiero que nada termine.