Proyecto Luna de Miel 15
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OLIVIA

No me ha hecho ni pizca de gracia que se haya metido en mi negociación; sin embargo, creo que me he pasado con él. Reconozco que soy un poco rencorosa y me cuesta perdonar. Sé que no ha sido tan grave —además, se ha disculpado—, pero no entiendo por qué reacciono así cuando lo tengo tan cerca.

Después de pasar la noche casi en vela, dándole vueltas al asunto, he llegado a una conclusión: me da miedo que me guste.

No es un miedo grande, de esos que te paralizan; es uno pequeño, insistente, que se te mete bajo la piel y te obliga a mirarte de frente.

Me levanto y miro por la ventana, todavía está oscuro.

Quizá mi carácter borde no sea más que una defensa torpe y una estrategia de mi cerebro para mantenerle lejos de mí.

De hecho, creo que ya me gusta. Tiene un montón de cualidades para que me fije en él.

¿Pero qué culpa tiene? Debería intentar cambiar de actitud y tratar de ser menos estúpida.

Bajo al restaurante a desayunar, no tengo nada concreto que hacer por la mañana, así que ni me molesto en avisarle.

Me tomo el café con calma, aunque llevo todo el rato mirando el reloj, como si eso fuera a acelerar el momento de verle entrar por la puerta.

Navego por internet buscando una excursión más para que puedan hacer unos enamorados en esta isla.

Después de un rato, doy con lo que creo que puede ser interesante, pero, claro, antes debería hacerla yo para saber hasta qué punto debo incluirla.

Cuando me estoy levantando para ir a la habitación a cambiarme de ropa, veo a Mauro entrando en el restaurante.

¡Qué guapo es! Me acerco y su perfume me envuelve antes de que pueda saludarlo, un aroma limpio, cálido, que me deja flotando un par de segundos más de la cuenta.

Además de atractivo, huele de maravilla .

Ese olor debería estar prohibido a estas horas de la mañana; así, una no puede pensar con claridad.

—Buenos días, Mauro —saludo un tanto nerviosa, no sé si después de lo de ayer, tendrá ganas de hablarme.

—Buenos días —responde seco, aunque ya me lo esperaba.

—¿Sabes algo de un tour en kayak por la Cueva Bonita? —pregunto por lo que acabo de encontrar en Internet.

—Sí.

—¿Solo «sí»? ¿Es interesante? ¿Merece la pena? —lo bombardeo a preguntas.

—He ido una vez y me pareció espectacular.

—De acuerdo. Pues en diez minutos salimos para allí —ordeno y camino en dirección a los ascensores.

—¿Estás segura de que quieres que te acompañe? —Su voz suena distinta, como si dudara de su lugar a mi lado.

Me giro y veo que me mira con una expresión diferente a la que tenía hace unos segundos . Sus cejas se arquean y siento un leve escalofrío en los brazos.

—Sí, además, no tengo ni idea de cómo llegar, así que te necesito.

—En quince minutos nos vemos en la recepción —dice dando por zanjada la conversación y aumentando en cinco el tiempo que yo había dicho al principio, mientras sus ojos se posan un instante más de lo habitual sobre mí.

La ruta en kayak ha sido espectacular, jamás pensé que yo haría algo así, y ha sido maravilloso.

Estar allí, envuelta por esa naturaleza tan salvaje y majestuosa, me ha dejado sin aliento.

Todo parecía enorme y yo, diminuta. Nunca había montado en kayak y, aunque al principio parecía que se va a volcar en cualquier momento, Mauro ha sabido mantenernos a flote durante las casi dos horas del recorrido.

Hay tantas cosas que estoy descubriendo estos días y que ni siquiera sabía que existían…

He intentado mantener las distancias y acortar nuestras conversaciones, pero es imposible, y menos en una barca de seis metros y medio que se bambolea con cada movimiento.

Nuestros remos se movían casi al unísono, como si el agua nos marcara el ritmo, y por un momento pensé que, si existiera un ritmo para nosotros dos, sería exactamente ese.

En algún momento nuestras manos se rozaron, pero fingí que no lo había notado.

Mauro es divertido y no he podido dejar de reírme por las ocurrencias que tiene .

Tiene esa forma de hablar que te baja las defensas sin que te des cuenta .

Su presencia me arranca una sonrisa tras otra y siento que, por primera vez hoy, no quiero mantenerme distante.

Sin embargo, allí, flotando sobre el agua y en medio de la cueva, me he sentido desprotegida imaginando que si ocurre una desgracia, nadie se iba a enterar.

De pronto, he pensado en mi abuela, en lo sola que se quedaría si me pasara algo, y eso me ha cortado el rollo un poco.

Mauro se ha debido de dar cuenta, porque enseguida me ha hecho olvidar lo que pasaba por mi cabeza contándome historias de la zona que quizás haya oído alguna vez, o puede que se las haya inventado.

El guía también nos ha contado batallitas de esas que se cuentan a los turistas para darle más emoción al momento, y estoy convencida de que esta excursión también la voy a añadir en mi proyecto.

—El ferry de La Palma a La Gomera sale a las seis de la mañana. Sé que es temprano, pero se tarda cuatro horas en llegar —explica Mauro mientras cenamos.

—Por madrugar no tengo problema.

—Y el de vuelta —añade consultando su teléfono móvil— es a las cinco y media de la tarde, y es el último que sale de allí. La isla no es muy grande, así que podremos hacer lo que quieras sin problema de quedarnos cortos de tiempo.

—De acuerdo, gracias por darme la idea de que a esa isla se vaya como si fuera una excursión.

—De nada, ya te dije que conozco las islas. —Sonríe y, sin querer, le devuelvo la sonrisa. Toso un poco para disimular mi turbación por cómo me está mirando. Pero cuando levanto la vista, aún sigue sonriendo.