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MAURO
He hecho la reserva en un hotel de La Palma que está en la lista del proyecto de Olivia y que, además, conozco por haber estado allí algunas veces y sé que le va a gustar.
Después de dejar las maletas en nuestras respectivas habitaciones, bajamos para vernos con el promotor turístico, para que nos detalle un par de excursiones que a ella le parecen interesantes para unos recién casados.
Mientras hablamos con él, no dejo de observarla; tiene una manera de expresarse y negociar que me impresiona bastante.
En un par de ocasiones me ha pillado mirándola, y he tenido que disimular metiéndome en la conversación, algo que sé que no le ha sentado demasiado bien.
—De acuerdo con que seas mi niñera y mi chófer, pero ¿también te tienes que inmiscuir en mi trabajo? —pregunta algo molesta.
—Solo te estaba ayudando —digo en mi defensa, haciéndome el sorprendido por su reacción . No entiendo por qué conmigo siempre está a la defensiva. A veces siento que cualquier cosa que diga va a caerle mal.
—Cuando necesite de tu ayuda, ya te avisaré, puedes estar tranquilo —habla más seria de lo que esperaba, y me muerdo la lengua para no contestarle algo de lo que luego me arrepienta.
Tiene un tono que me enciende, y no precisamente para bien—.
Una cosa es que opines cuando estamos solos y otra muy diferente es que lo hagas mientras hablo con un tercero.
—Lo siento, la próxima vez me mantendré al margen. —La miro durante unos largos segundos y cambio de expresión—. ¿Comemos?
Nos sentamos en el restaurante del hotel y degustamos todo lo que nos sirven casi en completo silencio.
Yo, porque tengo miedo a decir algo que le siente mal a «la princesa de las islas» y ella, porque está enfadada conmigo por mi pequeña intervención.
No hay que ser muy listo para darse cuenta.
Después de comer, vuelve a releer la carta, con tanta atención que parece que quisiera aprendérsela de memoria.
Cuando termina, coge los folletos del hotel y me los pone delante.
—¿Qué te parece esta excursión? —pregunta, mostrándome algo sobre hacer senderismo por la zona volcánica.
—Como curiosidad puede ser interesante, aunque, según creo haber entendido, tu proyecto está dirigido a recién casados, ¿verdad? —Asiente con la cabeza—. ¿Entonces no sería mejor hacer algo más romántico?
—¿Por ejemplo?
—Ver las estrellas a través de un telescopio en una visita guiada nocturna —propongo, consiguiendo llamar su atención.
—Eso no viene aquí, pero encaja perfectamente en lo que quiero ofrecer.
Creo que he conseguido que se le pase un poco el enfado. Es el tipo de mujer que quiere hacer las cosas por su cuenta, sin la ayuda de nadie, y me parece perfecto. Pero yo tampoco sirvo para ser una marioneta y que ella me lleve de aquí para allí sin que pueda colaborar en algo.
Enciende su ordenador portátil cuando salimos del restaurante y nos sentamos en los mullidos sofás de la recepción, desde aquí hace todo tipo de averiguaciones sobre la excursión que le he propuesto.
Ahora mismo siento que no pinto nada. Ella está a sus cosas y yo ya he contado todos y cada uno de los halógenos que hay en el hall del hotel .
No sé si me está apartando por orgullo o porque de verdad no me necesita. Y ninguna de las dos opciones me gusta.
—Si no te importa, subiré un rato a mi habitación, tengo un par de llamadas que hacer —anuncio, levantándome con algo de esfuerzo porque se me ha quedado dormido un pie.
—Sí, vete, a mí me queda terminar de anotar un par de cosas —dice sin apenas mirarme.
Cojo el ascensor y subo hasta mi habitación.
Y yo que pensaba que la misión que me había encomendado Rodrigo iba a ser más divertida…
y es todo lo contrario. Olivia se basta y se sobra ella sola para todo y no parece que le haga falta mi compañía, bueno, ni la mía ni la de nadie.
Pero eso tampoco le da derecho a tratarme como si fuera un estorbo.
Me dejo caer sobre la cama y, sin darme cuenta, me quedo dormido.
Cuando me despierto es casi la hora de ir a cenar, no sé cómo he podido echarme una siesta tan larga.
Me doy una ducha rápida y bajo al restaurante.
Olivia ya está aquí, sentada y pendiente del móvil.
No me dedica ni una mirada ni un gesto, como si yo fuera invisible.
Y eso, por alguna razón, me cabrea más que su enfado.
Así que decido ponerme apartado de ella, no tengo ganas de compartir mesa con alguien a quien no le apetece tener una conversación conmigo.
Me levanto, me sirvo un poco de ensalada y me vuelvo a sentar. A los pocos minutos, aparece ella con su plato en la mano.
—¿No se supone que esta noche teníamos que ir a ver de primera mano lo de las estrellas? —Parece que estuviera dándome una orden.
—Como no me habías concretado nada, di por hecho que no te interesaba —contesto sin dejar de comer—. Además, deberíamos haber reservado con antelación.
—¿Te importa que me siente? —pregunta, señalando la silla que hay justo enfrente de mí.
—Toda tuya —respondo más serio de lo que pretendía.
—¿Te pasa algo?
—Nada. —Porque si le digo la verdad terminaremos discutiendo otra vez.
—Pues quién lo diría…
El tintineo del tenedor contra el plato rompe el silencio.
Ella apenas me mira, pero siento su enfado cruzando la mesa.
Intento concentrarme en la comida, pero cada palabra suya me araña un poco más.
Aprieto la mandíbula. Me está empezando a cansar esa forma suya de hablarme, tan fría y tan por encima .
Y lo peor es que, incluso así, me importa demasiado lo que piense de mí.
—Pues sí, mira, me pasa que me siento incómodo contigo.
Que trato de ser un buen compañero y una buena compañía, y parece que todo te molesta.
No sé qué esperas de mí, Olivia. Si hablo, mal; si callo, peor.
Solo trato de ayudarte, no de hacer tu trabajo —suelto a modo de desahogo, pero es que yo soy así, no me gustan las medias tintas.
—Sé que no quieres hacer mi trabajo, pero necesito demostrarle a mi jefe y a mí misma que puedo con un proyecto así.
Mira, quizá para ti es muy fácil, pero nunca he trabajado en esto y quiero hacerlo bien.
Me entusiasma mi trabajo y me gustaría seguir en él durante mucho tiempo.
—Hace una pausa y continúa—: Me he dado cuenta de que en esta empresa solo trabajáis hombres, exceptuando a Salomé, aunque su cometido sea bien distinto, y a lo mejor tener una compañera mujer sea un problema para ti y para tu ego.
Ahí sí que me toca. Y me toca hondo. No tiene ni idea de quién soy, pero habla como si me conociera de toda la vida.
—¡¿Pero se puede saber qué te pasa?! ¿Por qué la tomas conmigo? Que te ayude no quiere decir que lo haga para poderme poner medallitas después. No necesito demostrar nada a nadie.
Me levanto y me voy, no quiero seguir escuchando tonterías. En el pasillo, respiro hondo. Esta mujer no me conoce y no sabe nada de mí para hablarme así. ¿Pero qué se habrá creído? Y aun así, consigue que me importe lo que piensa y eso es lo que más me fastidia.
Entro en mi habitación y salgo al balcón, necesito que el aire fresco de la noche se lleve el malhumor que tengo ahora mismo.
¡Esta mujer es insoportable! No sé qué planes tendrá para mañana, ni siquiera me importa.
Si necesita que la lleve a algún sitio, ya se encargará de decírmelo; de lo contrario, que se busque la vida.
Me desnudo y me meto en la cama. Afuera, el mar no se oye, pero late igual que mi cabeza.
La brisa me trae olor a sal y rabia. Quizá mañana todo parezca distinto…
o quizá no. Debería haber llamado a Rodrigo, aunque mejor espero a mañana, porque ahora mismo seguro que le digo cualquier cosa de la que quizá mañana me arrepienta .
Debería enfadarme más con ella, pero lo único que siento es una maldita curiosidad por verla de nuevo mañana.