Proyecto Luna de Miel 13
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OLIVIA

Lo que me pasa con Mauro nunca me había pasado.

Compartir coche con un hombre tan guapo y que no haya ni siquiera un beso…

¿En qué demonios estoy pensando? Olivia, céntrate, que estás trabajando y él es un compañero, no un ligue de la discoteca.

Me cuesta mantenerle la mirada cuando le estoy hablando; que me mire con esos ojos me desarma y no sé por qué me afecta tanto.

Cada vez que lo hace, algo en mí se queda sin defensas. Y eso no me había pasado jamás.

Hemos quedado a las nueve, así que o me doy prisa o no me dará tiempo a desayunar.

Me entretengo más de la cuenta en escoger la ropa que voy a ponerme.

No quiero impresionarlo… pero tampoco quiero pasar desapercibida.

Y esa contradicción me trae de cabeza. Tampoco es que vaya de fiesta, pero tengo que dar buena imagen en los sitios a los que voy.

Una buena presencia abre más puertas de las que parece.

Y no me estoy refiriendo a mi físico, sino a ir vestida de forma adecuada y transmitir seguridad.

Mauro llega antes de la hora en la que habíamos quedado; creo que es aún más puntual que yo, y eso me gusta.

Ese tipo de puntualidad dice más de él que cualquier conversación.

Nos saludamos y me pide, con una impresionante sonrisa, que le cuente el plan del día, y así hago.

Parece que se conoce todos los hoteles que le voy mencionando, incluso hoy me ha dicho que sería mejor ir, en primer lugar, al tercero que tengo anotado en mi libreta porque está más lejos y, así, después la vuelta la hacemos por el otro lado de la isla.

A mí me da igual, no conozco nada, con lo cual, el orden que él decida me parece perfecto.

—Al final no va a ser tan mala idea tenerte de chófer —bromeo, guiñándole el ojo con complicidad.

—¿Ves? Y eso que ayer casi me echas a los leones. —Se ríe y me sorprende escuchar sus carcajadas. Aún está más guapo así.

—De veras que lo siento, creo que no estuve muy acertada con mis palabras...

—Olvídalo, yo ya lo he hecho. Por cierto, tus apellidos no son muy canarios que digamos, ¿de dónde son? —pregunta con curiosidad.

—¿Y tú cómo sabes mis apellidos? No recuerdo habértelo dicho —aseguro, y trato de acordarme del momento en el que pudo ocurrir, aunque me extraña; siempre procuro no dar ese dato por toda la historia que arrastra detrás.

—Cuando hice la reserva del hotel tuve que dar tu nombre completo —explica, dando por hecho un asunto tan obvio.

—Claro, es verdad. ¡Qué tonta soy! —exclamo, dándome un ligero golpe en la cabeza—. Klein es un apellido alemán, o al menos mi padre era alemán y Marino es por mi abuelo materno, que era italiano.

—Vaya mezcla más curiosa e interesante.

Me sonrojo levemente, y no por lo que me dice, sino por cómo lo dice; ojalá no lo notara, pero con él todo se me nota más de la cuenta.

No debería fijarme en él, somos compañeros de trabajo y, según tengo entendido, no es bueno mezclar los negocios con el placer.

Pero cada vez que intento recordármelo, aparece su voz, su sonrisa… y me desmonta cualquier argumento.

A los pocos minutos aparca en la entrada de otro hotel que llevo en mi lista. Hablamos con el director que, aunque al principio parece un hueso duro de roer, al final termina interesándose por mi propuesta.

Mauro me ha comentado que podía ser interesante hacer vuelo en parapente, que tal vez es algo que pueda interesar a unos recién casados, pero le he dicho que, si ya montar en avión me da miedo, no me imagino montada en un cacharro semejante.

Solo de pensar lo insegura que me sentiría ahí arriba me da escalofríos.

Y como mi idea es ir probando todo lo que voy a ofrecer después, declino su idea muy a su pesar; parece que a él le hacía especial ilusión.

—¿A qué hora has reservado el spa? —me pregunta mientras no quita la vista de la carretera.

—En una hora debemos estar allí —anuncio, mirando mi reloj de pulsera.

—¿Te importa que pasemos por mi casa y así me cambio de ropa? Nos coge de camino a tu hotel.

—Sí, no hay problema.

En menos de cinco minutos me encuentro en una urbanización de chalés adosados.

Desde el coche se distingue el brillo del mar al fondo, filtrado entre las palmeras que bordean la calle.

Todos parecen igual desde fuera, pero esa luz cálida del Atlántico les da un aire casi de postal.

Mauro abre la puerta y hace un gesto para que pase antes que él.

Dentro, el salón es pequeño, pero bastante acogedor, y los muebles son blancos y grises en perfecta armonía.

Según me va enseñando Mauro, en la planta baja está el salón, la cocina, un aseo y unas escaleras que dan acceso a la parte superior.

Aquí hay tres habitaciones; una de ellas parece que la usa de despacho por los muebles que veo, también hay otro del mismo tamaño con una cama individual y una cajonera alta.

Y en la que me enseña como su habitación hay un cuarto de baño completo dentro, tras una puerta.

Pero lo que más me llama la atención es que todo está limpio y ordenado; imagino que no pasa mucho tiempo aquí.

Es la típica casa que a mi amiga Carla le encantaría, siempre ha soñado con tener una casa de dos plantas .

No sé por qué esperaba algo más caótico, quizá porque él me desordena a mí.

Lo que me sorprende es que no haya ni una sola fotografía. Ni en las estanterías, ni en las paredes, ni en las mesitas. Es una casa bonita, sí, pero no parece una casa con recuerdos. No le doy más vueltas; cada persona vive como quiere.

—Pon música si quieres —dice señalando su colección de vinilos. Es curioso que hoy en día la gente siga teniendo ese tipo de discos en vez de compactos.

—No te preocupes, estoy bien así.

Me acerco con curiosidad y veo que Elvis Presley es el «rey» de su colección.

Aquí hay más discos de él que en una discoteca.

Mientras Mauro se cambia de ropa, le espero sentada en el sofá del salón y aprovecho para repasar todas las notas que he tomado hoy sobre los hoteles que hemos visitado.

Ya sé cuál voy a elegir de todos, aunque bueno, me falta probar el spa, y eso lo haré esta misma tarde.

Después de pasar por el hotel donde estoy alojada y cambiarme de ropa también, nos dirigimos a disfrutar de un rato en el balneario.

No es la primera vez que veo a Mauro en bañador, ya le vi el día que nos conocimos, pero, aun así, no dejo de admirar todos y cada uno de los músculos que completan su anatomía; sin que él se percate, claro.

Imagino que sabrá que es muy atractivo, pero no le he visto aprovecharse de ello en ningún momento.

En el jacuzzi nuestros pies se rozan levemente y los separo con la rapidez de un cohete.

Como dice mi abuela, «cuanto más roce, más cariño», y lo que menos me conviene ahora es encariñarme con él.

He venido a trabajar en mi Proyecto Luna de miel y así va a ser.

Después de probar y disfrutar del circuito que nos han propuesto, y darle el visto bueno, Mauro me lleva a una cafetería que él conoce desde hace mucho tiempo donde dice que hacen el mejor sándwich mixto de todo Tenerife.

La verdad es que está de muerte, como bien he podido comprobar.

Seguidamente, me acerca hasta mi hotel, que mañana tenemos que ir a la isla de La Palma y el vuelo sale temprano.

No sé si me ilusiona más el viaje… o volver a verle .

Y esa duda, tan simple y tan peligrosa, me acompaña hasta la puerta de mi habitación.