Proyecto Luna de Miel 11
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OLIVIA

Me despido con miles de besos y abrazos de mi abuela; será la primera vez que estemos tanto tiempo separadas y ya la echo de menos.

Lo único que tengo seguro es la fecha en la que salgo hacia Tenerife, que es hoy; lo demás lo iré haciendo sobre la marcha, porque en realidad no sé cuánto tiempo me va a llevar hacer todas las gestiones.

Lo peor de este viaje va a ser la cantidad de aviones que voy a tener que coger.

No termina de gustarme la idea de volar, pero va a ser necesario.

Llevo una maleta grande, otra de mano y un neceser.

No sé si me habré pasado de ropa o me habré quedado corta, espero haber acertado al meter un poco de todo.

En cuanto el avión aterriza, llamo a mi abuela para avisarle de que el vuelo ha ido bien, así se queda tranquila, y le mando un mensaje rápido a Carla. Recojo mi maleta y, justo antes de salir por las puertas giratorias del aeropuerto, oigo gritar mi nombre detrás de mí.

—¡Olivia! ¡Espera! —Me giro y veo a un morenazo llamándome mientras agita los brazos, que viene hacia mí. Me detengo y me doy cuenta de que he dejado de respirar por unos instantes.

—¿Mauro? —pregunto bastante sorprendida . No sé si me alegra verlo o si me fastidia que aparezca justo ahora, cuando quería demostrar que puedo con todo sola.

—¡Bienvenida de nuevo a Tenerife! Rodrigo me dijo que vendrías en el siguiente vuelo, menos mal que he llegado con tiempo.

—¿El señor Millán te dijo que yo venía?

—Sí, claro, me ha contado por encima tu proyecto y quiere que te acompañe.

—¿Que me acompañes? Te aseguro que no necesito niñera —suelto de malas formas—. Pensaba que mi jefe confiaba en mí.

—Y lo hace, ¡ya lo creo que sí lo hace! Además, solo tiene palabras de halago para tu trabajo.

—Ya… Disculpa, voy a hacer una llamada. —Salgo de la terminal hacia la calle y marco el número de mi jefe, que contesta al segundo tono—.

¿De verdad es necesario que alguien me acompañe en esto?

—le pregunto, muy molesta. Me siento como si me hubieran quitado el volante del coche justo cuando empezaba a conducir bien—. Creía que usted confiaba en mí.

—Y lo hago, pero es tu primer trabajo de campo y quiero que te acompañe mi mano derecha. De hecho, si yo no hubiera tenido esta maldita gripe, hubiera ido contigo. No te preocupes, Mauro es un profesional y sabrá asesorarte en todo lo que necesites. Piensa que es como si fuera yo.

Guardo el móvil en el bolso y me río. ¿Estar con Mauro como si fuera Rodrigo? ¡Menuda comparación ! La sola idea me provoca un rechazo inmediato y, al mismo tiempo, un extraño alivio que no sé cómo justificar.

—¿Todo solucionado? —pregunta a mis espaldas.

—Sí, bueno, pues tú dirás.

—Si te parece, vamos a tu hotel, así dejas el equipaje.

Durante el trayecto me va contando cosas de Tenerife, yo solo hago movimientos con la cabeza como para darle a entender que sigo la conversación, pero mi mente está a varios kilómetros de allí, justo en casa de mi abuela, pensando en si estará bien o no.

Menos mal que Carla me ha prometido que va a ir cada día a visitarla .

La voz de Mauro me llega como desde lejos, como si estuviera bajo el agua.

No sé si es por los nervios o porque me niego a admitir que su presencia me descoloca más de lo que debería.

Llegamos a un hotel diferente al de la otra vez.

Aunque no es tan lujoso, tiene una pinta estupenda; de hecho, me suena de haberlo visto en Internet estos días.

Pensaba que mi jefe era el que había hecho la reserva, pero me sorprendo al saber que ha sido Mauro quien ha reservado una habitación para mí, según me acaba de contar.

—Bueno, este es mi número de teléfono —indica, entregándome una tarjeta de visita—. Cualquier cosa que necesites, solo tienes que llamarme.

—Pero ¿no te quedas en el hotel? —pregunto un tanto confundida.

—Yo llevo varios años viviendo aquí, tengo mi casa en Tenerife —dice, dando por hecho que yo ya lo sabía—. Imagino que hoy querrás tomártelo libre, así que, si te parece bien, vendré a recogerte mañana a primera hora.

—A ver… Yo he venido a trabajar, no a relajarme, por lo tanto, después de comer, me pondré manos a la obra. Tengo un par de hoteles que me gustaría visitar y…

—Perfecto. A las cuatro de la tarde te paso a buscar y te llevo donde me digas —asegura sin darme ninguna otra opción.

—¿Además de mi niñera, vas a ser mi chófer también? —pregunto, algo molesta . No sé por qué me sale este tono, pero cada vez que él decide algo por mí, me hierve la sangre. Me da la sensación de que no se fían de mí en la empresa.

—No soy ni lo uno ni lo otro, simplemente cumplo órdenes. —Me mira con gesto serio—. Nos vemos a las cuatro.