Proyecto Luna de Miel 10
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OLIVIA

Nada más entrar en mi despacho, suena el teléfono y, sin quitarme ni siquiera el bolso, lo cojo.

—Olivia, qué bien que ya estés allí —dice mi jefe con una voz rara.

—¿Señor Millán? ¿Qué ocurre?

—Hoy no voy a ir a trabajar. Me encuentro fatal, me duele mucho la cabeza, tengo taponada la nariz y creo que hasta unas décimas de fiebre.

—Vaya… Tenía que enseñarle un par de detalles más sobre el proyecto que le comenté ayer, pero…

—Sin verlo, ya te doy luz verde. Sé que lo estás haciendo bien, así que sigue adelante con eso. No pongo pegas. Eso sí, intenta ajustar un poco más el precio, ya sabes que esos viajes tan exclusivos se salen un poco del presupuesto de los clientes.

—He pensado que el viaje no recorra todas las islas, así abarataría el coste —explico rápidamente—. Gracias por su confianza y que se mejore.

Nos despedimos y sonrío. Mi jefe confía a ciegas en mí y eso es algo que me empodera y me hace sentir pletórica.

Aunque, por un instante, me pregunto si tanta libertad no será también una forma de ponerme a prueba.

Así que, con el subidón, paso el día trabajando sin parar en el nuevo proyecto.

Si no fuera porque entra Salomé para decirme que se va a comer, ni me entero de la hora que es.

Los días en los que tengo la cabeza en plena ebullición no voy a casa a comer, llamo a mi abuela para avisarla y me compro un sándwich en la cafetería de abajo; así aprovecho más el tiempo.

A los tres días, en cuanto enciendo el ordenador, veo un correo del señor Millán informándome de que no va a poder venir en lo que queda de semana porque sigue encontrándose mal.

—¿Quedamos para cenar? —me pregunta Carla por teléfono justo cuando estoy a punto de salir de la agencia—. Desde que Diego se marchó, me siento muy sola…

—No puedo, hoy tampoco he ido a comer a casa y tengo que estar con mi abuela.

—¿Pero por qué trabajas tanto? ¿Crees que vas a heredar la empresa o qué?

—Ojalá heredara, aunque solo fuera la grapadora, pero no —respondo riéndome—. Es que estoy terminando de ultimar unos detalles de algo importante y quiero hacerlo todo bien.

—Vale… Cuando la señora ejecutiva tenga un rato, me gustaría disfrutar con ella de unas ricas papas con mojo en nuestro sitio preferido —comenta riéndose.

—Este fin de semana te prometo que vamos a cenar juntas —aseguro con una sonrisa que ella no ve, pero sí sé que nota.

Cuelgo el teléfono y entro en el ascensor. Aunque estoy un poco cansada, voy a ir andando hasta casa, pues hace muy buena temperatura y llevo todo el día metida en el despacho sin que me dé el aire.

El olor a bizcocho recién hecho me recibe en cuanto abro la puerta de casa.

Mi abuela siempre dice que el azúcar arregla los días, y hoy le doy la razón sin rechistar.

La abrazo y ella se deja querer. Últimamente la noto más cariñosa, será porque nos vemos menos que antes y me echa de menos.

Aunque a mí también me pasa, se me hace raro pasar tantas horas sin verla.

Sin embargo, la llamo dos veces al día, y eso que a ella no le gusta hablar por teléfono, pero así me aseguro de que está bien.

Ya es miércoles y se está pasando la semana demasiado rápido, será porque estoy muy entretenida con mi Proyecto Luna de Miel; este es el nombre que le he puesto.

Justo cuando me termino el café acompañada de Salomé, suena el teléfono.

Mi compañera me mira como si supiera quién es y me deja a solas para que responda la llamada.

—Olivia, ¿cómo vas con lo que tienes entre manos? —pregunta mi jefe con voz congestionada. Al segundo, estornuda.

—¡Salud! ¿Sigue usted mal? —pregunto con interés.

—Sí, el médico dice que es gripe. Ya ves, estamos en pleno mes de marzo y yo así.

Pero bueno, cuéntame. —Le pongo un poco al día de todos mis avances mientras me dejo caer en la silla, y se queda unos segundos pensativo—.

Se me está ocurriendo una cosa: tienes que ir a cada una de las islas del itinerario que me has propuesto para ver in situ si puede ser factible todo lo que se te ha ocurrido.

Ten en cuenta que una cosa es verlo de forma virtual, donde todo nos parece estupendo, y otra es personarse en la zona y darse cuenta de que es una auténtica locura.

Ya sabes, como si fuera un fam trip , vete a las islas y haz el trabajo de campo.

—¿Cree que es buena idea? —Mi cabeza va ahora mismo a mil por hora imaginándome allí sola, donde no conozco a nadie. Y, aun así, hay una parte de mí que se enciende con la idea. La parte que quiere demostrar que puedo hacer esto sin que nadie me lleve de la mano.

—Ya sabes lo que tienes que hacer, es parecido a cuando fuimos a Tenerife. Eso sí, necesito facturas de todo: vuelos, estancias, restaurantes…

—De acuerdo, cuando lo tenga todo preparado le avisaré.

Me pongo de pie un tanto nerviosa, lo que me ha propuesto es una auténtica maravilla.

Va a ser vivir en primera persona todo lo que creo que sería un buen viaje para unos recién casados.

¡La idea me entusiasma! Después de pensar durante unos minutos en todos los contras —porque las ventajas son innumerables—, llamo a Carla para contárselo y proponerle que me acompañe.

—¿Pero tú estás loca? ¿Sabes lo que eso supondría económicamente para mí?

—Compartiríamos habitación e incluso la comida; solo tendrías que pagar el transporte—digo animándola.

—¿Me estás diciendo que me vaya contigo a descubrir todas las islas en plan okupa ? ¡Estás loca, Oli! No puedo hacer eso. Además, me ha salido una especie de trabajo.

—¿Ah, sí? No me habías dicho nada…

—Bueno, es que no es un trabajo propiamente dicho… Me han propuesto en la universidad de Bellas Artes que pose desnuda para que me dibujen, ya sabes, modelo de esas que usan los universitarios en sus clases.

—¡¿Que vas a hacer qué?! —No puedo evitar reírme ante lo que me acaba de contar. Con Carla nunca hay término medio: o se mete en un lío o se mete en otro. Y aun así, siempre cae de pie.

—A ver, sería algo temporal, no pagan mal y la verdad es que hasta que me salga algo, necesito el dinero.

Pero a ver, que no es nada porno ni por el estilo; simplemente es posar desnuda y no moverme —explica con soltura—.

Además, alguien tendrá que ir a visitar a tu abuela mientras tú estés por ahí viviendo la vida, ¿no?

—¡Mi abuela! Estaba tan ilusionada con todo esto que ni siquiera he pensado que ella se va a quedar aquí sola.

—Tranquila, la dejas en buenas manos —asegura con chulería.

Cuando llego a casa, le propongo que se venga conmigo.

Yo correré con los gastos e incluso plantearé el tema al señor Millán, seguro que no le parece mal que ella me acompañe.

Pero mi abuela se niega en redondo, dice que está demasiado mayor para estar para arriba y para abajo y que solo sería un estorbo para mí y mi trabajo.

Además, asegura que nunca se ha subido en un avión y que tampoco lo va a hacer ahora, con su edad.

Pero me alienta a que vaya y disfrute de esa oportunidad.