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OLIVIA
Mi trabajo en GranCanTour cada vez me apasiona más.
Cada día descubro algo nuevo que me hace sentir que, por fin, estoy en un lugar que encaja conmigo.
Y lo que más me gusta es que puedo aportar mis ideas y hacer los paquetes turísticos un poco a mi manera.
No es que se estén haciendo las cosas como yo quiera, ya que el señor Millán supervisa cada una de mis propuestas, pero acepta casi todo lo que le digo sin ponerme objeciones.
Estoy muy a gusto aquí. Además, no tengo que aguantar clientes pesados como me pasaba en la discoteca o en algunas cafeterías donde he trabajado, y eso añade un plus a este trabajo.
También puedo decir que me siento muy valorada e incluso tengo las llaves de la oficina, imagino que eso es porque soy digna de su confianza .
Y, aunque me alegra, también me hace sentir una responsabilidad nueva que no sé si sabré manejar del todo.
Mi despacho ya tiene mi toque personal. He puesto un par de cactus, algunos cuadros de mi amiga Carla —que es toda una artista— y una pequeña cafetera eléctrica con la que me hago el café a diario.
—Buenos días, Olivia, has llegado temprano hoy —saluda Salomé entrando en mi despacho para tomarse un café conmigo, como casi todas las mañanas.
—Buenos días. Sí, he venido antes porque tenía algo en la cabeza que necesitaba consultar en el ordenador.
—¿Otra idea de esas tuyas que tanto le gustan a Rodrigo? —pregunta, dando un pequeño trago a su café recién hecho.
Me mira con ese brillo de orgullo ajeno que solo tienen las personas que de verdad te aprecian.
—Pues espero que le guste, la verdad es que llevo dándole vueltas todo el fin de semana —confieso con una sonrisa.
Nos tomamos el café y, en cuanto se va, me siento frente al ordenador y me pongo a buscar. He pensado hacer un paquete turístico para las lunas de miel, quizá porque, después de Tenerife, tengo la cabeza llena de historias que podrían ser bonitas.
Después de un par de horas entre llamadas telefónicas y búsquedas por la red, me dirijo al despacho de mi jefe para contarle mis ideas.
—¿Está muy ocupado, señor Millán? —pregunto, abriendo la puerta después de golpear con los nudillos un par de veces.
—Pasa, pasa. —Respiro hondo antes de entrar, porque nunca sé qué versión suya me voy a encontrar—. No sé cuántas veces más tengo que decirte que me tutees. Llevas ya muchos meses trabajando aquí, ¿no crees que ya es hora de que me trates de tú?
—Lo siento, pero es algo a lo que no me acostumbro —miento, porque mi plan desde el primer día es llamarle de usted para que vea la jerarquía que nos separa y que no la sobrepase ni un milímetro—. Vengo con algunas ideas nuevas.
—Tú dirás —dice ofreciéndome asiento. No tiene hoy muy buen aspecto.
—¿Es imposible que unos novios recién casados hagan una ruta por todas las Islas Canarias? Me refiero a hacer un tour con estancia de un par de días en cada isla, en el mejor hotel de cada una y con excursiones románticas dentro del mismo paquete.
—Eso implica un alto coste para el cliente…
—Lo sé, pero muchas bodas cubren el viaje con el convite, ¿no?
—Puede ser, pero piensa que no todas las bodas son idénticas.
—Lo sé, pero esta promoción podría ser algo diferente, algo más…
¿especial? No sé, la mayoría de los novios se van de crucero a islas caribeñas, ¿por qué no hacerlo por nuestras islas, pero de una forma diferente?
He buscado información y he visto excursiones que seguramente hagan las delicias de los recién casados.
—La idea me parece muy original. Pásame los detalles por correo electrónico y les echaré un vistazo. —Me levanto para salir y, justo en la puerta, oigo—: Buen trabajo, Olivia. Buen trabajo.
Me quedo un segundo quieta, disfrutando de esas palabras como quien guarda un pequeño tesoro, y con una sonrisa triunfal regreso a mi despacho.
Me siento en la silla y le mando un mensaje a Carla para ver cómo le ha ido en la entrevista de trabajo que tenía hoy.
Me dice que nada bien y que, como siga así, va a tener que trabajar de nuevo en un restaurante, algo que no le apetece en absoluto.
Y la entiendo. No quiere encasillarse en la hostelería el resto de su vida, pero es en lo único que tenemos experiencia las dos, así que todo lo que sale apunta hacia ese sector. Reconozco que he tenido suerte.
—Olivia, voy a marcharme ya. Rodrigo se ha ido hace diez minutos, no se encontraba bien —comenta Salomé, abriendo la puerta de mi despacho.
—Sí, antes me ha parecido que tenía mala cara —opino y levanto la vista del ordenador.
—Parece que se ha resfriado. Así que aprovecho que no está para marcharme un poco más temprano, que para un día que puedo… ¿Te vienes? —propone con sonrisa cómplice.
—Tengo algo a medias y no puedo dejarlo así.
—Como quieras. Hasta mañana.
Regreso a casa a la misma hora de siempre y me encuentro a mi abuela también medio resfriada.
Espero que ni ella ni mi jefe me contagien.
Después de cenar, me meto en la cama y sigo dándole vueltas a las ideas nupciales que se me han ido ocurriendo desde que salí de trabajar .
Y, sin querer, también pienso en Mauro… en si volveré a cruzármelo y en qué significaría eso para mí.