8
OLIVIA
A la hora indicada entro en la cafetería y no veo al señor Millán por ninguna parte. Al cabo de veinte minutos aparece con cara de haber dormido poco.
—Buenos días, Olivia, pídeme un café bien cargado.
Más que una petición parece una orden, y eso hace que algo dentro de mí vuelva a tensarse. Estoy por dejarle claro que yo no soy su asistenta y que él tiene boca también para hacerlo, pero por una vez voy a dejarlo pasar, además viene con cara de haberle aplastado un tren.
—Buenos días. Parece que no ha pasado buena noche.
—¿Tanto se nota? —Suelta una carcajada—. Ya sabes, los chicos me liaron y terminamos en un… bar de copas.
El tono con el que lo ha dicho y el gesto de su cabeza dejan claro el tipo de local al que acudieron.
A mí, la verdad, que me da igual lo que haga cada uno con su vida, pero si soy sincera conmigo misma, me repatea el hecho de saber que Mauro también es un hombre de esos.
Y me molesta más de lo que debería, teniendo en cuenta que apenas lo conozco y que no tengo ningún derecho a que me moleste.
En cuanto mi jefe se toma el café y un cruasán y empiezo a notarle más despierto, saco mi cuaderno, lo abro sobre la mesa y comienzo a explicarle todo lo que se me ocurrió anoche en la piscina y que puede servirnos para negociar con el hotel.
A todas mis propuestas asiente con los ojos abiertos como platos.
—Ya sabía yo que no me equivocaba contigo… Llegarás lejos, Olivia, ya lo verás . Siempre y cuando sepas moverte bien —añade después, bajando ligeramente la voz.
Le agradezco el cumplido. La verdad, sienta de maravilla que se valore el trabajo de uno, y yo, en este, voy a poner todo de mi parte por mantenerlo. Aunque esa última frase se me queda clavada. No sé exactamente a qué se refiere… y eso me inquieta.
Después de desayunar, mi jefe regresa a su habitación a descansar un rato y me dice que nos veremos a la hora de comer; así que subo a mi habitación, me pongo de nuevo el bikini y bajo a la piscina a tumbarme un rato al sol y, seguramente, a seguir tomando notas de las ideas que se me vayan ocurriendo.
Aunque estoy muy contenta de que las propuestas le hayan gustado al señor Millán, no dejo de sentirme malhumorada al pensar en Mauro y en dónde estuvo anoche. ¡Ni que a mí me importara! De hecho, debería ser así, pero, inexplicablemente, me molesta.
—¿Puedo invitarte a un café? —pregunta el culpable de mis pensamientos, poniéndose entre mi cuerpo y el sol.
Lleva puesto un traje de neopreno. ¿Qué demonios hace vestido así ? El corazón me da un pequeño salto, pero me obligo a mantener la compostura.
—No, gracias —contesto demasiado rápido.
—¿Tal vez un vino? —insiste, sonriendo.
—Gracias, pero no —repito, aunque en realidad sí que me apetece tomar algo con él . Pero aceptarlo sería dar un paso que no estoy segura de querer dar.
—De acuerdo, cojo la indirecta. Perdona si te he molestado. —Se gira y se marcha.
Me inclino en la hamaca, siguiendo su silueta sin saber si quiero que se aleje o que vuelva.
¡Madre mía! El neopreno se le ajusta a la espalda y al culo de una manera perfecta...
y yo no debería estar mirando, pero no puedo evitarlo.
Continuo observándolo, como si estuviera hipnotizada, hasta que se gira, pillándome desprevenida y, lo que es mejor, sin opción de disimular.
Y durante un segundo, en lugar de apartar la mirada, la sostiene.
Como si supiera exactamente lo que estoy pensando.
Enseguida vuelvo a mi posición anterior y, aunque no me veo, sé que estoy roja como un tomate y no precisamente por haber estado tomando tanto rato el sol .
No recuerdo la última vez que alguien me descolocó así con una sola mirada.
Cuando regreso a la habitación, me doy una ducha rápida y recojo en la maleta las pocas cosas que he traído a Tenerife. Nuestro vuelo sale a las cinco de la tarde, e iremos al aeropuerto seguramente después de comer.
Bajo al restaurante donde he quedado con mi jefe y, para mi sorpresa, Mauro está sentado a su lado.
Los observo antes de aproximarme y veo que charlan y se ríen, seguro que están recordando las batallitas de anoche.
¿Pero a mí qué me importa? Pues nada, que me he vuelto a poner de mal humor.
Me acerco, los saludo con una sonrisa fingida —aunque no se me nota, ya que la tengo bien practicada de cuando trabajaba en la discoteca— y me siento.
—Le estaba contando a Mauro lo bien que lo pasamos anoche —comenta mi jefe como si fuera lo más natural del mundo.
—Sí, no lo dudo —digo con ironía.
—La pena que él no se apuntara.
—¿Ah, no? —pregunto con más interés del que debería, me he dejado llevar por un instante de alegría, aunque espero que no se me haya notado mucho . Por dentro, sin embargo, algo se afloja sin poder evitarlo.
—Yo no soy de trasnochar, prefiero levantarme temprano. Así tengo tiempo de meterme en el mar. Es mi pasión.
¡Claro! Por eso esta mañana iba vestido así, porque venía de bucear. ¡Y no salió con los demás! Mi yo interior empieza a dar palmas de alegría, a la vez que respiro más relajada. Sigo sin saber realmente por qué, pero me ha aliviado saber que él no comparte esas «aficiones».
Me comentan que los otros dos compañeros están ya de vuelta a sus respectivas islas y que no nos acompañarán a la comida.
Veo que mi jefe está más que orgulloso de Mauro y también percibo que le tiene un cariño especial, distinto al que noté ayer con Jaime y Jonay.
Terminamos de comer y el señor Millán se despide y se marcha a su habitación, casi corriendo, porque dice que tiene una «urgencia física», evito reírme ante la ocurrencia de necesitar ir al baño y me quedo a solas con él.
—Bueno, pues yo también tengo que irme y terminar de recoger la maleta; en menos de una hora debemos estar en el aeropuerto —digo de la manera más formal que encuentro.
—Sí, mejor no hacerle esperar. —Hace un gesto refiriéndose al señor Millán y sonríe—. No le gusta nada la impuntualidad.
—Lo sé, a mí me pasa igual.
—Entonces no sería ese el problema que tuviste con él ayer cuando te vi en la playa… —Su tono cambia, ya no es casual, está preguntando de verdad.
—No, era otra cosa. —Dudo un segundo en si contarle la verdad, pero decido que mejor callarme al respecto—. Bueno, Mauro, encantada de haberte conocido.
Le tiendo la mano y, cuando me roza con la suya, siento que no me quiero mover de aquí . Me quedo atrapada en un segundo que dura más de lo que debería.
—Ha sido un auténtico placer. —Esa palabra suena diferente en su boca, diría que hasta tiene connotaciones eróticas… O eso o soy yo…—. Espero que nos veamos pronto.
Nos soltamos las manos y me pierdo unos instantes en sus ojos, como esperando que diga algo más o dé un paso y rompa esta distancia absurda que acabo de crear yo sola.
Después, me giro, camino y llamo al ascensor que me evitará seguir aquí haciendo el ridículo.
¿Se habrá dado cuenta de cómo le he mirado? ¿O de que acabo de salir huyendo?
—Ay, abuela, no te imaginas qué hotel, ¡mira, mira! —Suspiro mientras le enseño todas las fotos en el móvil.
—Ay, mi niña, cuánto me alegro de que te lo hayas pasado tan bien y que no haya habido ningún problema. Estaba muy preocupada.
—Pero abuela, sé cuidarme solita, tengo casi treinta años…
—Aún te faltan tres —corrige con desdén—, apenas tienes experiencia con los hombres y allí sola…
—No tienes de qué preocuparte. —Le cojo las manos y le doy un beso—. Ha sido un viaje de trabajo, únicamente hemos hablado de cosas de la empresa y mi jefe ha vuelto muy contento porque ha cerrado un buen trato.
Omito todo lo demás. Demasiadas cosas que ni yo misma sé cómo encajar.
Parece que mi abuela se queda más tranquila. Para ella sigo siendo la niña de siempre, y lo entiendo, pero no soy tan mojigata como cree. Seguro que sigue convencida de que aún soy virgen...
Aunque Carla insiste en quedar para comer y ponernos al día, al final decido quedarme con mi abuela, que sé que le hace falta mi compañía después de casi dos días sin mí.
Con mi amiga quedo luego para tomar café.
Le cuento de nuevo mi encuentro en la playa con Mauro y la sorprendo diciéndole que trabaja en la misma empresa que yo, aunque en distinta isla.
También le detallo su aparición en traje de neopreno y cómo se ajustaba a cada una de las partes de su cuerpo de aquella manera tan…
indecente y perfecta que todavía me da calor.
—No puede ser que exista un hombre así —dice riéndose—. Eso te lo has inventado para darme envidia.
—Igual que el hotel donde me he alojado, ¿no? Que también es mentira. —Apoyo mis codos en la mesa de la cafetería y la miro desafiante.
—Del hotel tienes fotos, del morenazo, no.
La forma de decirlo me hace estallar en carcajadas, a las que mi amiga se une, llamando la atención de todos los clientes que están en la cafetería.
Pero incluso mientras me río, su imagen vuelve una y otra vez.
Y eso empieza a ser un problema porque no sé si estoy preparada para que alguien tenga ese efecto en mí. Ni para admitir que ya lo tiene.
—Por cierto… —digo bajando un poco la voz, aprovechando que seguimos solas—. ¿Te acuerdas de lo que te conté el otro día sobre mi padre?
—Claro que me acuerdo. ¿Has averiguado algo?
—He vuelto a buscar —admito, sintiendo un nudo en el pecho—. Entré en varias páginas, incluso en registros públicos, pero no encontré nada que me diera una pista real. Solo listas interminables de hombres con el mismo apellido y ningún dato que encajara con lo poco que sé.
—Es normal que no sea fácil —responde con calma—. Pero ya empezaste, Oli. Eso es lo importante.
Asiento, aunque por dentro tengo la sensación de estar avanzando a ciegas. No quiero rendirme, pero tampoco sé qué más hacer. Y ahora, con todo lo que ha pasado en Tenerife, tengo la cabeza hecha un lío.
—No lo dejes —añade ella, tocándome la mano—. Cuando estés más tranquila, seguimos buscando juntas.
Después me cuenta más cosas de Diego; por lo visto, pasado mañana regresa a Tenerife y dice que no me imagino lo que le va a echar de menos.
Terminamos el café, entre risas y confidencias, y regreso a casa con mi abuela.
Siento que, desde que trabajo en la agencia, la tengo un poco abandonada, aunque procuro aprovechar todo el tiempo libre que tengo con ella.
Cuando me encierro en mi habitación, dejo el bolso en la silla y me siento en la cama con el móvil entre las manos.
No debería estar pensando en esto ahora, pero no puedo evitarlo.
Abro de nuevo la página donde estuve buscando hace días y vuelvo a escribir «Klein Alemania» en el buscador.
Esta vez intento afinar más y pruebo con combinaciones del nombre, con rangos de edad...
Nada. Todo son nombres que no me dicen nada, hombres que podrían ser cualquiera. Me arde la garganta de la frustración.
Me quedo un rato mirando la pantalla, sin mover un dedo. No sé si estoy buscando a un desconocido… o esa parte de mí que nunca he tenido.
Apago el móvil y lo dejo boca abajo. No quiero rendirme, pero tampoco sé por dónde seguir. Mañana será otro día.