7
OLIVIA
En cuanto llego a la habitación, lo primero que hago es coger el móvil y llamar a mi abuela.
Nunca he estado tanto tiempo separada de ella y la echo mucho de menos, pero no quiero que note en mi voz lo revuelto que ha sido mi día.
Me quedo más tranquila cuando me asegura que se encuentra bien y que está preparando un bizcocho para cuando regrese mañana a casa.
Aun así, no le cuento nada de lo ocurrido con el señor Millán.
No quiero preocuparla… ni admitir en voz alta que algo de lo que ha pasado me ha dejado más inquieta de lo que pensaba. Después llamo a Carla.
—¿Me estás llamando para darme envidia otra vez o porque al final has sucumbido al encanto del Sapo Verde? —pregunta nada más descolgar el teléfono.
—Ni lo uno ni lo otro. Sobre mi jefe, mejor dejamos el tema, ya le he parado los pies.
O eso quiero creer, porque su última mirada no ha sido precisamente de rendición.
—Ay, mi niña, ¡pero qué estrechas te estás volviendo! —bromea y me hace reír.
—Solo te llamo para saber cómo estás, y qué tal te fue con tu novio tinerfeño —aseguro, quitándole importancia a mi conversación con aquel desconocido tan guapo en la playa.
—Sí, ya, y yo me lo creo. Venga, ¡desembucha! Soy toda oídos. —A veces pienso que me conoce mejor que yo misma—. ¿No te habrá hecho nada indecente ese anfibio?
—Que no, pesada, eso ya lo tengo controlado. En realidad es una tontería...
Aunque no lo es porque, por primera vez desde que empecé en la empresa, he sentido que mi trabajo podía depender de algo más que de mí.
—O me lo dices ya o cojo un avión y en una hora me tienes allí. Tú verás —amenaza, aunque, conociéndola, sé que es muy capaz de hacerlo.
—Pues resulta que estaba dando un paseo por la playa y…
—¿Pero el viaje no era de trabajo? Ya sabía yo que algo raro había —añade, cortándome.
—¡Calla y déjame contarte! —le riño—. Bueno, pues iba paseando y me he sentado en una de las hamacas del hotel y…
—¿Tumbada en una hamaca? Vaya viaje de trabajo. —Se ríe.
—Un hombre se ha puesto a decirme cosas en inglés pensando que yo era extranjera, ya sabes, mi cruz de siempre. Hemos hablado un rato y, por un instante, me he olvidado por completo de dónde estaba y de con quién había venido.
—¿Otro viejo verde? —pregunta muy seria.
—No, es el tío más guapo que he visto en mi vida. —Se lo describo con todo lujo de detalles mientras revivo el momento.
—¿Y los ojos? Mira que es muy importante el color de ojos, porque cuando tengáis hijos deberían salir con tu color de ojos o parecido, así serán más guapos.
—¡Qué cosas tienes! Aunque, si te digo la verdad, no se los he visto bien, llevaba gafas de sol.
—Ten cuidado, que los de Tenerife son un poco peligrosos. —Ríe—. ¿Le volverás a ver?
—No creo. Además, me vuelvo mañana, así que no tendré otra ocasión de verle. Bueno, te dejo que voy a darme un baño de espuma —digo para hacerla rabiar un poco— y después tengo una cena de trabajo.
—Vale, Oli, que te lo pases bien y ¡cuidado con tu jefe! No vaya a ser que te meta mano por debajo de la mesa.
En cuanto dejamos de reír, nos despedimos y me voy directa a llenar la bañera otra vez.
No voy a dejar pasar la oportunidad de estar en un sitio así y no aprovechar todas las comodidades.
Aunque, mientras el agua caliente me cubre, no puedo evitar repasar una y otra vez la conversación con el señor Millán…
y preguntarme si en realidad he hecho bien plantándole cara .
No sé si he sido valiente o imprudente, o si ese tipo de decisiones se pagan después, aunque en el momento parezcan lo correcto.
Cuando termino, me maquillo un poco, me pongo un vestido camisero color vino con el escote en V y cruzado en la cintura, y unas sandalias negras. Espero que la cena no sea muy formal. Ni demasiado incómoda.
Me miro al espejo antes de salir de la habitación y bajo al restaurante.
—Agradezco tu puntualidad —dice el señor Millán en cuanto llego a la mesa—. Siento de veras mi comportamiento de este mediodía, pero créeme si te digo que estás muy guapa.
—Gracias por el cumplido y acepto sus disculpas, espero no tenerle que perdonar más por el mismo motivo. —Ya salió otra vez mi carácter, pero quiero que se lo grabe a fuego en la mente, si es preciso—. ¿Seremos cinco para cenar? —pregunto contando las sillas que están libres junto a la mesa.
—Sí, cenaremos con tres personas bastante imprescindibles en mi empresa. Ahora los conocerás . Y espero que estés a la altura —añade, casi en un susurro, antes de llevarse la copa a los labios.
En menos de cinco minutos aparecen dos hombres, ambos de unos cuarenta años aproximadamente. Me los presenta como Jonay, responsable de la empresa en Lanzarote, y Jaime, responsable en Fuerteventura. Nos damos la mano y se sientan enfrente de mí, a la izquierda del jefe.
—El niño bonito se retrasa, ¿eh, Rodrigo? —Jaime se dirige al señor Millán tuteándole; se nota que hay confianza . Aunque su tono no es solo de broma; hay algo afilado, parece que cada palabra fuera una pulla envuelta en humor.
—Le habrá surgido algo importante de última hora. Y no empieces, que quiero una cena tranquila y más hoy, que tenemos una nueva invitada —comenta el jefe dando un trago a su copa de vino.
—Y muy guapa, por cierto —vuelve a intervenir Jaime, haciendo que yo finja una sonrisa que no me sale.
No es que no acepte cumplidos, pero creo que no es lugar ni momento, ¡es una cena de trabajo!
—. ¿Y experiencia? —añade, buscando una reacción por mi parte.
Creo que su intención es que me sienta incómoda—.
Porque aquí no basta con una cara bonita.
Su mirada no es descarada como la de mi jefe, es peor. Para mi sorpresa, el señor Millán sale en mi defensa.
—Cuidado, Jaime, que Olivia, aparte de lo que salta a la vista, también es una mujer de carácter.
—Noto cómo el aludido tensa la mandíbula, parece que no se esperaba esa respuesta del jefe—.
Además, será una gran profesional; está haciendo un progreso tremendo, y eso que lleva poco tiempo en la empresa.
No sé por qué me defiende. No somos ni siquiera familia.
La conversación sigue fluyendo en torno a mi persona, aunque enseguida gira hacia otros temas que no son mis ojos o mi pelo y, poco a poco, comienzo a sentirme un poco menos incómoda en su compañía.
O eso intento aparentar, porque tengo la sensación constante de estar siendo evaluada, como si cada gesto mío estuviera pasando por un filtro que no sé bien quién controla.
A los diez minutos aproximadamente, llega la quinta persona que estaba invitada a la cena.
Levanto la mirada en cuanto escucho los aplausos —un tanto irónicos— por parte de Jonay y Jaime.
En el caso de este último, la ironía es más amarga que divertida.
Me quedo paralizada al ver a quién tengo delante de mí.
—Disculpa, Rodrigo, he tenido una llamada importante y no he podido desatenderla.
—Disculpado. —Asiente con la cabeza y me mira—. Mauro, te presento a Olivia, es mi nuevo fichaje para la empresa.
—Encantado… otra vez —dice, dedicándome una sonrisa que casi consigue derretirme.
—Encantada. —No hablo más porque, en realidad, lo que me apetece decirle es que tiene unos ojos color miel impresionantes y que debería volver a ponerse las gafas de sol para dejar de deslumbrarme.
—Parece que ya os conocíais —indica el jefe, mirándonos de manera alternativa, pero los dos permanecemos en silencio—. Mauro es el responsable de toda la isla de Tenerife.
—Rodrigo, decir «toda la isla» creo que es exagerar un poco —le corrige con modestia.
—Tonterías, sé bien lo que digo. Bueno, Olivia, quería que estuviéramos hoy aquí con ellos para que conocieras a mis tres manos derechas.
Jaime, con una mezcla de burla y recelo que vuelvo a descubrir, lo sigue con la mirada hasta que se sienta a mi lado, en la única silla libre que hay. Estoy tan nerviosa que temo hacer un ridículo monumental . Aunque no sé si él me pone nerviosa… o la forma en la que me ha mirado al sentarse.
La cena transcurre de manera distendida.
Hablo poco, prefiero escuchar y aprender de los que saben.
Utilizan términos nuevos para mí, como CRS y GDS, y mencionan los workshops , que sé que son jornadas profesionales de turismo donde los proveedores contactan con los distribuidores.
Les hago un par de preguntas al respecto —excepto a Mauro, con quien no puedo sostener la mirada— y damos por finalizada la cena.
El señor Millán propone tomar una copa en el bar de la piscina y yo, educadamente, rechazo la invitación con la excusa de un inminente dolor de cabeza.
Mi jefe me cita a las nueve de la mañana en la cafetería del hotel.
Me despido de todos y regreso a mi habitación.
Al alejarme, tengo la sensación de que no solo dejo atrás una cena…
sino un examen que no sé si he aprobado.
En cuanto me quito el vestido y me desmaquillo, me meto en la cama, pero, por más que lo intento, no me puedo dormir.
La conversación con Jaime, la advertencia del jefe y la mirada de Mauro se mezclan sin darme tregua.
Sobre todo Jaime. Hay algo en él que no sé qué es, pero me pone en alerta.
Doy una vuelta sobre el colchón, otra, una más…
Y, al final, decido ir a la piscina cubierta del hotel a nadar un rato, a ver si el cansancio me hace conciliar el sueño.
De camino allí voy observando todo y tomo notas mentales para hablar mañana con mi jefe.
Este hotel ofrece muchas opciones para disfrutar en familia; quizá podría proponerle unas cuantas cosas.
Si algo tengo claro es que, a partir de ahora, voy a tener que demostrar —y mucho— que estoy aquí por algo más que lo que ellos creen.
Y también que puedo con esto, aunque ahora mismo no esté tan segura.
Me tiro al agua y dejo la mente en blanco. En la piscina solo estoy yo, así que voy a aprovechar el momento.