Proyecto Luna de Miel 6
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OLIVIA

Hoy es viernes y estoy en el aeropuerto.

El señor Millán aún no ha llegado, pero yo he venido con demasiada antelación; será mejor que me tome una tila, a ver si me calmo un poco.

No quiero empezar el día con la sensación de que todo me queda grande, aunque por dentro me tiemble hasta el pensamiento.

Desde la cafetería lo veo aparecer, así que termino de un trago mi infusión y me acerco hasta él.

—Has llegado temprano, así me gusta, veo que tienes interés —dice mostrando su conformidad—. Aún tenemos tiempo de tomar un café.

—Yo acabo de tomar uno —miento; sería incapaz de tomar cafeína con lo nerviosa que estoy—. Pero le acompaño.

Mientras se toma su café y una tostada, me cuenta cosas de su empresa, se ve que vive por y para ella.

Habla con entusiasmo, se nota que es feliz con lo que hace.

Debe de ser un hombre afortunado, porque la mayoría de la gente que conozco se pasa el día criticando su trabajo.

Yo tampoco me quejo, la verdad, hasta hoy estoy muy contenta con lo que hago en GranCanTour.

En cuanto subimos al avión, empiezan a sudarme las manos, el corazón me palpita de una manera desbocada y me cuesta respirar. Mi jefe me mira y se da cuenta.

—¿No me digas que te asusta volar? —pregunta, levantando mucho las cejas.

—En realidad no lo sé, es la primera vez que viajo en avión y estoy un poco nerviosa —digo con un hilo de voz.

—Tranquila. —Me coge del brazo y me da un apretón que casi me deja los dedos marcados—. Lo que más impresión da es cuando despega, por la velocidad que coge y eso, pero una vez que estemos en el aire, es como ir en tren.

Sus palabras no me tranquilizan en absoluto, prefiero comprobarlo por mí misma.

Una azafata revisa que todos tengamos puestos el cinturón de seguridad y, en pocos minutos, el avión comienza a acelerar hasta que se eleva y siento algo en el estómago que no sé muy bien qué es.

Enseguida me siento un poco mejor; tenía razón mi jefe, no es para tanto. Aun así, prefiero la guagua .

En menos de cuarenta minutos el avión aterriza dando unos cuantos botes que hacen que me sobresalte. El señor Millán me mira con disimulo y sonríe, pero no me dice nada esta vez.

Cogemos un taxi desde el aeropuerto hasta el hotel donde vamos a «hacer negocios», como dice él.

Cuando llegamos, me maravillo ante lo que veo: la recepción del hotel es impresionante, con techos tan altos que hacen que el espacio parezca aún mayor, y sillones con pinta de ser bastante cómodos .

Por un segundo me pregunto qué pinta alguien como yo en un sitio así.

Nos acercamos al mostrador donde un hombre muy sonriente nos recibe con amabilidad.

Mi jefe se identifica mostrando su cartera; a continuación, yo hago lo mismo y nos asignan dos habitaciones.

No sé por qué me había metido en la cabeza el miedo de que sería solo una habitación y que la tendríamos que compartir.

Bueno, sí que lo sé, es por Carla, que me lo insinuó para hacerme rabiar .

De todas formas, no puedo evitar sentir alivio cuando escucho «dos habitaciones».

No sabía cuánto aire estaba conteniendo hasta que lo suelto sin querer.

—Si te parece bien, descansaremos un rato y después nos vemos para comer. De momento no quiero que sepa el personal del hotel para lo que hemos venido. Prefiero que actúen como si fuéramos unos clientes normales, a ver si se ganan nuestro beneplácito.

Asiento con la cabeza y cogemos el ascensor, que nos lleva directamente a la tercera planta; su habitación y la mía están una al lado de la otra. Bueno, eso no se lo puedo reprochar, al fin y al cabo, hemos venido juntos y trabajamos en la misma empresa.

Nos despedimos y abro mi puerta con la tarjeta electrónica que me han dado en la recepción.

Es la primera vez que estoy en la habitación de un hotel y puedo decir que es casi tan grande como la casa de mi abuela; bueno, tal vez exagere un poco.

Lo primero que hago es llamarla para decirle que ya he llegado y que estoy bien; luego me descalzo y abro el balcón.

¡No me puedo creer lo bien que se ve el mar!

Rápidamente cojo el móvil y le hago una videollamada a Carla, esto tiene que verlo con sus propios ojos.

—¿Pero no era un viaje de trabajo? ¡Qué zorrón! ¡¿Estás en una suite de lujo con el Sapo verde?! —grita después de ver en la pantalla de su teléfono todo lo que le voy mostrando.

—Tengo mi propia habitación y, aunque no creo que sea de lujo, está bastante bien, sobre todo las vistas.

—Sí, bueno, ten cuidado, que lo mismo se te mete por la noche el anfibio de tu jefe y te pone mirando pa' Cuenca.

—¡Qué grosera eres! —exclamo riéndome.

—Ya sabes que no tengo remedio. Lo dicho, pásatelo muy bien y ten cuidado. Te tengo que dejar que he quedado con Diego, ya sabes, el de Tenerife.

—¿Todavía sigue allí? —pregunto extrañada, ya que mi amiga me dijo que solo se quedaría unos días.

—Sí, es que no se quiere ir. —Se ríe y me pone una cara tan explícita que no hace falta que me dé más detalles sobre el porqué de su decisión.

Tras colgar, entro en el cuarto de baño.

¡Madre del amor hermoso! La bañera es espectacular.

Antes de darme un baño de espuma, hago un par de fotos al baño para enseñárselas a mi abuela.

¡Qué placer! Cuando el agua se queda fría, me envuelvo en un suave albornoz que hay colgado en el toallero y me tumbo en la cama, no sin antes ponerme el despertador en el móvil, no vaya a ser que me quede dormida de lo a gusto que esto y y termine llegando tarde justo el día en que más necesito tener la cabeza fría.

La comida transcurre mejor de lo que esperaba, aunque he tenido que «torear» alguna indirecta de mi jefe refiriéndose a mi pelo ; de esas que te obligan a sonreír por educación mientras por dentro te encoges un poco.

No ha sido maleducado, pero tampoco me parece muy correcto que digamos.

Después del postre, me pide que observe todo con atención y que después le dé mi opinión sobre el hotel y sus comodidades.

—Si le soy sincera, tengo poca experiencia en esto de ir a hoteles —confieso, removiendo el café que nos acaba de traer el camarero.

—A tu edad y con tu belleza me resulta un tanto extraño —comenta con esa mirada que tan poco me agrada.

—¿Qué está usted insinuando? —pregunto enfadada, dejando la cucharilla en el plato, y noto que él está incómodo—.

Si me permite decirlo, el comentario que me acaba de hacer me parece lo más inapropiado.

Creo que le he demostrado que mi cabeza está a la altura de mi trabajo, y eso es lo único que debería importarle.

El señor Millán no aparta la mirada, pero tampoco sonríe. Apoya lentamente la espalda en la silla y entrelaza los dedos sobre la mesa, como si estuviera valorando algo más que mi respuesta.

—No te equivoques, Olivia —dice con un tono mucho más serio—. En este sector, la imagen también vende. Y tú… —hace una pausa, recorriéndome con la mirada sin disimulo— tienes una imagen muy rentable.

Me arde la cara, no de vergüenza, sino de rabia contenida, y siento un golpe seco en el estómago.

—Entonces ¿para eso me ha traído? —pregunto, bajando la voz—. ¿Para… decorar reuniones?

Su expresión cambia apenas un segundo, lo justo para dejar ver que no esperaba esa pregunta directa.

—Te he traído porque tienes talento —responde tras un minuto demasiado tenso—. Pero no voy a fingir que eso es lo único que he visto en ti.

—Pues le voy a dejar algo claro. —Me inclino ligeramente hacia delante—. No pienso quedarme callada solo porque usted tenga un cargo más alto. Si quiere que siga trabajando para usted, va a tener que tratarme como a una profesional. Porque si no, este viaje no habrá servido para nada.

Durante unos segundos, no dice nada, solo me mira, aunque no como antes. Esta vez es como si estuviera recalculando.

—Cuidado, Olivia —advierte con una media sonrisa—. Estás en periodo de prueba.

Ahí está la amenaza. Suave, elegante… pero clara. Trago saliva. Podría callarme, sonreír y hacer como si nada, pero algo dentro de mí se niega.

—Y usted necesita a alguien que haga este trabajo como yo —respondo, sosteniéndole la mirada—. O no me habría traído hasta aquí. —Me levanto de la mesa con la clara intención de marcharme—. Si me disculpa, iré a tomar el aire.

Salgo más deprisa que despacio hasta la zona ajardinada del hotel, donde hay una inmensa piscina y un pequeño acceso hasta la playa.

Me quito las sandalias y camino hasta allí para hundir mis pies en la arena.

Hace una temperatura excepcional para esta época del año, aunque el agua del mar está todavía fría para mi gusto.

Después de un corto paseo por la orilla, me siento en una de las hamacas del hotel.

No dejo de darle vueltas a lo que me dijo mi abuela sobre que no le gustaba este trabajo por lo que le había contado del señor Millán, y quizá tenga razón.

¡No sé ni para qué he venido! Bueno, sí, lo sé, es un trabajo donde estoy bien y, encima, el sueldo es muy bueno.

Pero no puedo aguantar que mi jefe esté con insinuaciones continuamente o terminaré mandándole a la m…

— I don't know what's going through your head, but you shouldn't give it too much importance... I'm sure there's a solution .

Oigo una profunda voz masculina a mi lado, parece que se está dirigiendo a mí.

—¿Perdona? —Me giro para ver quién es y me encuentro con un hombre guapo, de pelo castaño y con un bonito tono de piel tostada.

Lleva un bañador azul marino, una camiseta blanca, gafas de sol y está tomándose una cerveza en la hamaca contigua a la mía.

Ni siquiera me había fijado que había alguien cerca de mí cuando me he sentado.

—Disculpa, eres de aquí… creí que eras alemana —dice sonriendo, algo avergonzado.

—Me pasa a menudo —comento con timidez. El tipo es tremendamente atractivo.

—Me llamo Mauro, soy de aquí. Bueno, de Tenerife no, de Gran Canaria. —Acerca su mano a la mía y las estrechamos—. Encantado.

—Igualmente —respondo al saludo—. ¡Qué casualidad, yo también soy canariona ! Por cierto, ¿qué me decías antes en inglés? —pregunto con mucha curiosidad. De ese idioma sé lo que aprendí en el colegio y en el instituto, y lo más básico que he tenido que usar en los trabajos anteriores.

—Que no deberías darle tantas vueltas a eso que te preocupa, que seguro que tiene solución. —Vuelve a sonreír—. Es que te he visto tan pensativa…

—Sí, es que he tenido una pequeña desavenencia con mi jefe y me he puesto de mal humor.

—Ay, los jefes… Yo estoy aquí porque esta noche tengo una reunión con él. —Me mira con complicidad y baja el tono de voz—. Y, entre tú y yo, no me apetece nada.

—Parece un buen sitio para tratar asuntos de trabajo —comento mirando a mi alrededor.

—Estoy totalmente de acuerdo. —Cambia de postura y se queda girado hacia mí. La sonrisa no le abandona.

Me sorprende lo fácil que me resulta hablar con él, justo hoy, que estoy enfadada. A veces me pregunto si no soy demasiado rápida confiando en la gente cuando me siento vulnerable.

—Pues nada —digo levantándome para marcharme a mi habitación, este hombre es demasiado guapo y me estoy poniendo nerviosa—, espero que no tengas los mismos problemas que yo con el mío. ¡Suerte, Mauro!

—Por cierto, no me has dicho tu nombre. —Él también se pone de pie y su sonrisa aún parece más amplia.

Me marcho casi corriendo, sin contestarle y con las sandalias en la mano, pero no me importa ir descalza; lo que sea con tal de no pararme y mantenerme alejada de ese morenazo. Tengo que llamar con urgencia a Carla y decirle que acabo de conocer al hombre más guapo de todas las islas.

De camino a la habitación me topo con el señor Millán y trato de evitarlo, aunque viene directo hacia mí y es imposible esquivarlo sin que se dé cuenta . Me preparo por dentro para no volver a perder los nervios.

—Creo que debo pedirte disculpas. Mi intención era ser simpático y veo que no todas las mujeres tenéis la misma vara para medir los piropos.

—En eso estamos de acuerdo. Solo quiero trabajar y que se tome en serio mis funciones.

Me sorprende mi tono, pero quiero dejarlo claro y así no tener más momentos tensos como ese entre los dos.

—A las nueve nos vemos en el restaurante, tendremos una especie de reunión con otros miembros de la empresa que aún no conoces —informa, un poco serio, tal vez no le han sentado demasiado bien mis formas.