Proyecto Luna de Miel 4
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OLIVIA

Abro los ojos antes de que suene el despertador. He tenido pesadillas con ranas y sapos; seguro que es por la comparación que hizo Carla de mi jefe. Y lo peor es que, al despertar, la sensación incómoda no desaparece del todo.

Desayuno junto a mi abuela, que hoy se ha levantado con más dolor de la artrosis.

—Cualquier día me corto las manos —comenta malhumorada.

—Abuela, ¡pero qué cosas dices! —digo mientras le cojo las manos entre las mías y las noto rígidas, más frías de lo normal.

—Ay, mi niña, es que hay días que me levanto y no las puedo ni mover.

Me muerdo la lengua para no decirle que me asusta verla así, porque sé que no le gusta que la trate como frágil.

—¿Sigues haciendo los ejercicios que te recomendó el médico?

—Claro, si no fuera por esa pelotita… —Señala una pequeña bola de espuma de color azul que siempre tiene en el lado del sofá donde se sienta.

Después de ducharme y vestirme, me encamino hasta el edificio donde ayer me explicaron todos sobre mi trabajo, mi horario y mi sueldo.

Se podría decir que hoy es oficialmente mi primer día y estoy bastante nerviosa, aunque en el contrato figure que estoy a prueba.

Aún faltan quince minutos para las nueve de la mañana y, como tengo la manía de llegar siempre con demasiada antelación a los sitios, pues me toca esperar un rato hasta que se haga la hora, observando más de la cuenta todo lo que me rodea.

En frente hay un aparcamiento al aire libre y, mientras espero, veo cómo entran y salen los coches.

Me llama bastante la atención cómo estacionan los hombres y cómo lo hacen las mujeres.

Ellos llegan y dejan el coche como quede, nada de hacer muchas maniobras o fijarse si pisan la línea blanca que delimita una plaza con otra.

En cambio, ellas aparcan marcha atrás, dejando el coche listo para salir después y no complicarse mucho; sus vehículos quedan colocados de tal forma que no molestan ni a un lado ni a otro y casi justo en el medio de las dos líneas blancas.

Me resulta muy curioso. ¡Somos diferentes hasta para eso!

O quizá solo estamos más acostumbradas a pensar en lo que viene después, a prever las salidas antes incluso de haber entrado.

Supongo que yo también hago eso: buscar siempre la vía de escape antes de saber si la voy a necesitar.

Sin darme apenas cuenta, se han pasado diez minutos, así que creo que ya puedo subir, por cinco minutos…

Entro, saludo a la misma mujer que me puso al día de todo lo referente a mi contrato y me informa de que en media hora hay una reunión.

Me indica en qué sala es y yo me limito a esperar sentada en una silla del recibidor, igual que el día de la entrevista.

El mismo sitio, pero no la misma sensación.

Toda la empresa está en una misma planta; es un noveno piso de un gran edificio de oficinas.

Desde donde estoy, que podría llamarse sala de espera, aunque está unida a la recepción, puedo ver tres despachos más, si no cuento el del jefazo, que es donde me entrevistó el otro día; más allá está el cuarto de baño y ya no hay más.

Me sorprende que algo tan «importante» sea, en realidad, tan pequeño.

—Disculpa —le digo a Salomé, que así se llama la secretaria-recepcionista del señor Millán—. ¿Tenéis máquina de café?

—¡Ojalá! —exclama levantando las cejas—. Llevo años diciéndoselo al jefe, pero no hay manera; dice que tomar café entretiene demasiado... Ahí donde le ves, es un hombre muy trabajador y con mucha disciplina.

—¿Trabajáis muchos aquí? —pregunto señalando a mi alrededor.

—Aquí no, aquí se trabaja online , aunque sí que tenemos varios locales de venta minorista, directamente al cliente.

Pero eso es otro asunto. En este piso se preparan los paquetes turísticos que después las agencias de viajes ofrecerán a los clientes, ya sabes, el hotel, las excursiones, los traslados…

—explica como si fuera lo más natural del mundo—.

Tranquila, no te agobies, que hoy es el primer día.

Ahora, en la reunión, ya te informará el jefe de cuál es tu cometido exactamente.

Entramos las dos juntas en una sala que sirve para las reuniones del personal.

Tiene una mesa ovalada de madera en el centro y a su alrededor hay colocadas ocho sillas.

También un par de cuadros de lo que parece ser Nueva York de día y de noche, y una planta bastante alta que tiene toda la pinta de ser artificial.

Salomé se sienta y me indica dónde debo hacerlo yo.

A los pocos minutos hace aparición el jefe, Rodrigo Millán, con su aire de autosuficiencia y una forma de caminar que delata un cansancio prematuro —debe ser por los kilos que tiene de más—. Toma asiento, me mira y me sonríe.

—Bienvenida, señorita Klein —saluda sin quitarme la vista de encima.

—Buenos días, señor Millán —digo con un ligero movimiento de cabeza—. Por favor, llámeme Olivia.

—De acuerdo. —Sonríe de una forma un tanto arrogante y saca un puñado de folios de una carpeta que traía consigo—. Imagino que Salomé te ha puesto al día de lo que hacemos aquí.

—Sí, algo me ha explicado. Pero aún no sé exactamente cuál será mi cometido aquí —matizo con sutileza . Prefiero que quede claro desde el principio.

Se recoloca en su asiento y comienza a explicarme, paso por paso, cómo funciona GranCanTour.

Por si acaso, voy tomando notas de todo lo que voy oyendo para que no se me pase nada, y también para no tener que sostenerle la mirada más de dos segundos seguidos.

Es una excusa perfecta para no cruzar la mirada más de lo necesario.

Mi jefe es de las típicas personas que, cuando te miran, intimidan demasiado y eso me incomoda, pero parece que no es un trabajo duro en exceso y voy a tener un sueldo con el que nunca había soñado.

Aun así, no puedo evitar preguntarme qué espera exactamente de mí, más allá de lo que dice.

Cuando termina la reunión, en la cual solo hemos estado Salomé, el señor Millán y yo, salimos los tres y mi nueva compañera me acompaña al pequeño despacho que me han adjudicado.

Es luminoso, con una silla de oficina y una mesa rectangular donde descansan un ordenador portátil, folios y un teléfono.

Justo detrás, un ventanal sin cortinas deja ver un trocito de mar.

Rodeo la mesa, me siento en la silla y giro sobre ella mirando a mi alrededor.

No está nada mal, aunque quizá le dé mi toque personal para darle otro aire a mi despacho.

¡Cómo suena de bien eso de «mi despacho»!

Nunca había tenido un espacio que fuera solo mío en un trabajo .

Pienso en todos los sitios donde ni siquiera tenía una taquilla propia y me entra una mezcla rara de orgullo y vértigo.

Al rato entra Salomé para ver si me falta algo o si necesito su ayuda.

Le agradezco el interés y le hago un par de preguntas, sobre todo quiero saber por dónde empiezo.

Ella se ríe, comprendiendo que estoy un poco perdida por ser el primer día, y me trae una fotocopia con un esquema bastante simple.

—Esto es básicamente lo que deberías hacer.

No le des al OK a nada sin supervisión de Rodrigo —advierte con simpatía y me doy cuenta de que tutea al jefe; imagino que llevarán muchos años trabajando juntos.

Yo prefiero llamarle de usted, al menos eso marcará una distancia entre nosotros y no dará lugar a confianzas por su parte—.

Seguro que lo haces bien, además no es tan difícil, solo es tener buen ojo y buena labia al teléfono.

Dos cosas que, por suerte, creo que tengo.

Después de agradecerle la ayuda, sale por la puerta dejándome sola.

Hoy es el primer día y quiero empezar bien, así que enciendo el ordenador y, junto con el papel que me ha traído Salomé, comienzo a moverme por Internet.

Aprovecho el momento para buscar mi apellido, pero la verdad es que no me sirve de mucho. No sé por dónde empezar.

A las seis y media de la tarde llego a casa. Mi abuela acaba de preparar café y su aroma inunda toda la estancia.

—¡Ya estoy en casa! —grito nada más cerrar la puerta.

—Hola, hija, ¿qué tal ha ido tu primer día?

—Muy bien, abuela, más fácil de lo que pensaba. Tengo mi propio despacho y veo un trocito de mar desde la ventana —le cuento ilusionada.

—Me alegro, ojalá sean todos tus días iguales.

Sé perfectamente a qué se refiere, pero es mejor hacerme la tonta y no seguirle el juego.

Cada vez que he empezado un trabajo, siempre me ha dicho lo mismo.

Es desconfiada por naturaleza o, como dice ella, «soy realista, ya que todos los principios son bonitos hasta que se tuercen».

Y, aunque no quiera admitirlo, algo dentro de mí teme que tenga razón.