Proyecto Luna de Miel 2
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OLIVIA

Son las nueve de la mañana y estoy en la sala de espera de una empresa de viajes —bastante importante en la isla— para hacer una entrevista de trabajo.

He venido con mi amiga Carla; seguimos siendo amigas y, si no es por ella, ni me entero de esta oportunidad.

Hemos acudido juntas, bien arregladas y con la esperanza de que nos cojan a las dos y volver a trabajar codo con codo, como hacíamos en la heladería, reviviendo algo que, en su momento, nos hizo sentir invencibles.

Me he vestido con un traje azul celeste y una blusa lencera blanca que asoma un poco, lo justo, por la chaqueta, buscando un equilibrio entre discreción y confianza. Mis zapatos blancos, con poco tacón, y el bolso a juego completan el conjunto.

Estoy más nerviosa de lo que esperaba, será porque nunca he hecho una entrevista en una empresa tan importante como esta.

Al temblor de mis largas piernas se une el sudor de mis manos, que aumenta cada vez que llega otra persona más a la sala donde esperamos.

Por lo que veo, hay mucha competencia y no creo que yo dé la talla.

Y no me refiero al físico —de eso estoy segura— y no es porque me lo tenga creído, sino porque me lo han hecho saber a lo largo de los años.

Ser rubia, alta y de ojos azules no es habitual en la isla; quizá por eso siempre he llamado la atención .

A veces para bien… y otras no tanto, dependiendo de quién mire y con qué intención.

Lo que me da miedo es meter la pata o no tener la experiencia suficiente para contestar con soltura a todo lo que me pregunten. O incluso quedarme en blanco.

En este momento, se abre la puerta de lo que parece ser un despacho, y de ahí sale la misma señora que nos ha recibido antes, una mujer que rondará los cincuenta y pocos años.

Lleva un folio en la mano y llama a Carla.

Mi amiga se pone rápidamente de pie, me mira sonriente y entra en esa sala, que debe de ser donde hacen las entrevistas.

Quince interminables minutos después, aparece por la puerta con una sonrisa brillante. Está contenta.

—Te espero abajo, en la cafetería —dice apretándome la mano—. Necesito un café.

—Sí, vete. Espero que no tarden mucho en llamarme, porque me va a dar algo.

—Tranquila, el que hace la entrevista es un viejo verde. Le gustarás, ya lo verás —me comenta al oído y se ríe . Aunque, en realidad, no sé si eso es una ventaja o un problema.

Pasada casi media hora más, por fin es mi turno.

Me levanto, intentando que no se note que me tiemblan las manos, me estiro un poco la chaqueta y entro en el despacho que me indica la señora.

Es espacioso y con muebles oscuros, demasiado sobrio para mi gusto; pero bueno, no he ido hasta allí para dar mi opinión sobre la decoración.

—Buenos días, señorita Klein. ¿Está bien si la llamo señorita ?

«¡Zas! Menuda entrada triunfal ha tenido el viejo verde», pienso incómoda.

—Buenos días. Señorita Klein está bien. ¿Y usted es? —pregunto sin achicarme; no quiero que se piense que lo siguiente que voy a hacer es quitarme la chaqueta, ni que me va a intimidar con ese tono.

—Soy Rodrigo Millán, el dueño de esta empresa y quien se encarga de las contrataciones. —El segundo ¡zas!; resulta que es el jefe.

—Encantada, señor Millán. —Le estrecho la mano que antes me he limpiado discretamente pasándola por el pantalón, aún la tengo sudada por los nervios.

—Le aseguro que el placer es mío, señorita Klein. —Su sonrisa es demasiado lobuna como para pasar desapercibida y su mirada de pronto se pierde entre una pila de folios que hay sobre la mesa—. Imagino que, antes de venir, se habrá puesto un poco al día sobre mi empresa y sabrá a qué nos dedicamos.

No me gusta esa forma de mirarme, pero sonrío igua l porque sé que mostrar incomodidad solo le daría más poder del que ya tiene.

—Por supuesto, señor Millán. Se ded…

—Puedes llamarme Rodrigo —me corta el discurso que tenía preparado para ese momento.

Carla y yo estuvimos buscando toda la información posible para sorprender el día de la entrevista, así que aprovecho para explayarme todo lo que puedo sobre GranCanTour. En cuanto me quedo callada, se levanta, dándome a entender que hemos terminado.

—¿Ya hemos terminado? —pregunto, incrédula.

—¿Disponibilidad para viajar? —quiere saber con algo de desgana, a lo que yo le contesto con un «sí» rotundo—. Ha sido un placer conocerte. En unos días te llamará mi secretaria para darte unas instrucciones. Nos veremos pronto, señorita Klein.

Salgo de allí con la sensación de haber conseguido el empleo sin apenas haber abierto la boca, y eso me deja un sabor raro, como si hubiera ganado algo que no he tenido oportunidad de demostrar que merezco.

Y, aun así, no puedo evitar sentir un pequeño alivio.

Después, entro en la cafetería donde está Carla.

—¡Menos mal que ya estás aquí! Si llegas a tardar un poco más, me habría tomado todo el café del mundo, y a mí no es que me siente muy bien la cafeína que digamos…

—He tardado más esperando a que me llamaran para entrar que dentro del despacho —aseguro y pido un té al camarero.

—¿Has visto como era un viejo verde? —pregunta riéndose, mientras apoya los codos en la mesa.

—Pues es el jefazo de la empresa —afirmo, consiguiendo que se le abran los ojos como platos—. Sí, no me mires así, él mismo me lo ha confirmado.

—¡¿Que ese tipo es Rodrigo Millán?! Para nada me lo imaginaba así. —Da un último trago a su café y vuelve a mirarme—. ¿Y qué te ha preguntado?

—Poca cosa. —Me sabe mal contarle la simple conversación que hemos mantenido—: si conocía la empresa y poco más.

—El rato que yo he estado dentro me ha preguntado varias cosas de mi currículum y sobre su empresa también. Aun así, creo que estaba más interesado en mirarme el escote que en lo que yo le tuviera que decir. —Se encoge de hombros y sonríe.

—Oye, ya que hablamos de cosas que incomodan… —Bajo un poco la voz—. Hay algo que llevo días queriendo contarte.

Deja la taza sobre la mesa y me mira con atención.

—¿Qué ocurre?

—Últimamente no dejo de pensar en mi padre.

No sé qué me pasa, pero cada vez que intento concentrarme en otra cosa, me vuelve la sensación de que me falta una pieza.

No lo conozco, no sé nada de él más allá del apellido y que se marchó a Alemania antes de que yo naciera, pero siento que no quiero seguir viviendo con ese vacío sin intentar llenarlo. Creo que debería buscarlo.

—¿A estas alturas de tu vida?

—No dejo de darle vueltas. Me gustaría saber quién es y por qué se fue sin más.

Mi amiga me mira de un modo distinto al de otras veces, quizá porque este tema siempre ha sido un poco tabú para mí.

—Cuenta conmigo.

Sabía que esa sería su respuesta.

Salimos de la cafetería y nos despedimos a mitad del camino; ella ha decidido coger la guagua porque dice que le duelen los pies de andar con los tacones.

Al llegar a casa, me recibe un olor a bizcocho recién horneado.

Mi abuela dice que hoy es un día importante porque me van a dar ese trabajo y tenemos que celebrarlo.

Ojalá tuviera yo su seguridad. Siempre tiene una excusa para festejar, sea lo que sea y como sea; aunque su especialidad es hacerlo con bizcocho y un chupito de ron miel.

Mientras devoramos unos trozos de bizcocho, le cuento con todo detalle cómo ha ido la entrevista, y a ella no termina de gustarle mucho lo que oye.

—Creo que ese tipo tiene otras intenciones contigo, mi niña —dice convencida y algo molesta.

—Tranquila, que en caso de que me admitan sabré mantenerle a raya. Recuerda que he trabajado muchos años en una discoteca y sé cómo quitarme a los moscones de encima. —Gesticulo como si estuviera espantando moscas de mi alrededor y nos reímos.