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OLIVIA
Mi siguiente trabajo fue en una cafetería.
Jamás había servido desayunos, pero eso no me frenó.
En realidad, lo que me daba miedo no era equivocarme, sino que no hubiera otra oportunidad y quedarme estancada en ese punto en el que nadie vuelve a llamarte.
Supongo que siempre he tenido ese temor a no ser suficiente, a que alguien decida que ya no valgo y pase página sin más.
En ese trabajo conocí a Carla y con ella empecé a saber lo que era tener amigos de verdad, de los que no te juzgan por vivir con tu abuela o por no ir a la universidad.
Era la primera vez que sentía que encajaba en un lugar sin tener que dar explicaciones, sin sentirme fuera de lugar por ser quien era.
En pocas semanas, nos convertimos en amigas íntimas.
Con el tiempo, acabamos formando una buena pandilla y, al terminar la jornada, solíamos ir a bailar a alguna discoteca de moda .
A mi abuela le preocupaban mis horarios.
«Algún día me vas a dar un disgusto, mi niña.
Solo espero que no vengas como tu madre», me decía cuando me oía llegar de madrugada.
«Tranquila, solo he ido a bailar con Carla.
¿Quieres que te enseñe?», proponía yo con una gran sonrisa, la que siempre aparecía cuando conseguía apartarla de sus preocupaciones.
La cogía por las manos y la hacía moverse a mi compás mientras tarareaba alguna canción pegadiza .
Esos momentos valían más que cualquier noche de risas fuera de casa.
Tras cuatro años, la cafetería cerró porque el negocio dejó de ser rentable. Los dueños intentaron aguantar un tiempo más, pero las deudas eran cada vez mayores y no les quedó más remedio que traspasarla . En ese momento entendí que, por mucho que te esfuerces, hay cosas que simplemente se caen.
Después empecé a encadenar trabajos: panadera, limpiadora, dependienta, camarera en una discoteca y profesora particular.
Mi currículum parecía más una lista de supervivencia que una historia laboral.
No había ningún glamour en nada de eso, pero sí muchas horas y pocas quejas, y una necesidad constante de seguir adelante.
Las clases particulares empezaron casi por casualidad, ayudando al hijo de una vecina.
El boca a boca hizo el resto. En la panadería me contrataron porque conocían a mi abuela, y de allí pasé a la limpieza del colegio nuevo, tras escuchar por casualidad que necesitaban gente.
Nunca fui de esperar a que las oportunidades llamaran a la puerta, más bien aprendí a perseguirlas antes de que desaparecieran.
El trabajo de limpieza fue temporal, «hasta fin de obra».
Cuando el colegio quedó terminado, el contrato acabó y no pude volver a la panadería donde, por cierto, hice quedar mal a mi abuela, ya que fue ella quien me recomendó para el puesto .
Eso me dolió más que perder el trabajo porque sentí que le había fallado.
Más tarde trabajé como dependienta en una tienda de ropa. Allí aprendí a cuidar la imagen, entendí que la primera impresión abre puertas que el currículum ni roza y que la apariencia puede pesar más de lo que nos gustaría admitir.
A mi abuela le daba casi todo el dinero que ganaba.
Ella me enseñó a ahorrar y a valorar el dinero.
Digamos que quería inculcarme todo lo que no había podido con mi madre, y siempre lo he visto como un acto de amor incondicional.
¿No queremos lo mejor para las personas que amamos?
Pues mi abuela hacía todo lo posible en ese sentido .
Y yo intentaba no estropearlo, aunque no siempre supiera muy bien cómo hacerlo.
Mis años en la discoteca fueron los mejores, aunque ahora sé que no todo era tan brillante.
La música me hacía olvidar, pero también me alejaba de mí misma, de la persona que quería ser.
Cuando vi hacia dónde iban algunos de mis amigos, supe que no era el camino que yo quería.
Y por eso lo dejé. No quería arruinar mi futuro ni arrastrar a mi abuela conmigo .
Alguien tenía que poner un límite, aunque me costara alejarme de ese ritmo que parecía tragarse a todos.
Después volví a trabajar en una heladería, en pleno paseo marítimo. Fue una etapa tranquila y duró hasta que los dueños se jubilaron. Cuando cerraron el local, sentí que una parte de mí también bajaba la persiana.